Cuando Ridley Scott grabó Blade Runner, logró envolver preguntas fundamentales en un halo de luces de neón y lluvia difusa: cuestiones de identidad, memoria, transhumanismo. Alien Covenant utiliza una fórmula similar a aquel film, cambiando el contenido y el envoltorio, y consigue que planetas y civilizaciones desconocidas sean el escenario para una metáfora de la creación y la evolución del misterio llamado vida.

Echando mano de recursos ya clásicos de la ciencia ficción, tanto visuales como conceptuales, se nos invita con acierto a adentrarnos, una vez más, en el frío hostil del espacio profundo. La humanidad, al borde de la extinción, sigue precipitándose a los confines más recónditos del Universo, en busca de una segunda oportunidad, solo para descubrir la crueldad de la naturaleza.

La estética sigue los cánones de la serie: pasillos angostos llenos de vapor, esclusas, descensos a un planeta desconocido e inhóspito. La fotografía es disfrutable, con unos paisajes bellos y en gran parte naturales, y los diseños de H.R. Giger, entre los que encontramos criaturas nuevas, siguen siendo una delicia incluso tras la muerte de su creador. La sangre, la oscuridad y el sudor frío son también marca de la casa.

En contra de lo que cabría esperar, los efectos digitales se reservan para lo mínimo y en su lugar se introducen las maquetas y la habilidad de los especialistas clásicos, lo que otorga una autenticidad retro que actualmente se echa de menos (ehem, ehem, Ghost in the Shell).

El reparto es variopinto y los personajes caen dentro de los arquetipos de la saga: el Militar, la Científico, el Técnico, el Androide, la Bestia. Para sorpresa, varios de los personajes están implicados en romances homosexuales, pero no como algo morboso -sólo hay una escena de sexo muy parcial en la película-, sino tratado con total naturalidad dentro de la trama.

Excepto Michael Fassbender, que repite en el papel de sintético, y la breve aparición de Noomi Rapace, el resto de actores son caras nuevas, entre las que cabe destacar la de Katherine Waterston, que realiza el grueso del guión. La profundidad de los personajes no es asombrosa, pero si suficiente como para entablar una breve relación con los más relevantes. Nada diferente a lo habitual del género.

Lo que el director no consiguió con Prometheus es dejar a los espectadores con una sensación de completitud al salir de la sala. Se abrieron demasiados frentes y se solucionaron pocos. Alien Covenant sí lo hace. La primera entrega partía de una premisa de carácter místico, la creación de la vida por parte de unos “ingenieros” superiores, para acabar convirtiéndose en un festín de gore espacial al uso. Covenant realiza el giro opuesto: lo que parece una masacre corriente toma un significado más profundo según se desarrolla la película.

Dentro de la saga, esta entrega se sitúa 10 años después de los acontecimientos vistos en Prometheus, y es anterior al terror original de Alien: El Octavo Pasajero. Si había algo que remarcar de la primera secuela, es que nunca apareció algo similar al Alien que conocemos. Scott trató de convertirla en algo más ajeno, independiente, pero no a la altura de la entrega clásica. Covenant es el eslabón entre ambos extremos: la mitología demasiado abierta de Prometheus y la bestialidad xenomorfa del Alien original. Las líneas argumentales se concretan y las piezas empiezan a caer en su sitio.

El rompecabezas aún no queda resuelto del todo, y probablemente dentro de unos años podamos disfrutar del conjunto al completo. Mientras tanto, Alien Covenant no es que sea algo fresco e innovador, el festival de hologramas y colores brillantes al que nos tiene acostumbrados la ciencia ficción contemporánea, sino que es como revisitar las naves oscuras, húmedas y mecánicas de los años 80. Es descubrir un poco más del pasado de esa bestia brutal y precisa que, a falta de saber su verdadero nombre, llamamos Alien.