En el sistema de partidos los votos mandan. El rédito electoral es vital para llegar a las instituciones y tener la posibilidad de ejecutar un cambio. Solo que eso, en ocasiones, implica problemas potenciales. Para empezar, genera debates en torno a qué estrategias se deben adoptar, en torno a qué debe priorizarse: la captación de votantes o la coherencia ideológica.

Íñigo Errejón y Clara Serra | La Vanguardia

Podemos se ha visto de lleno inmerso en las turbulentas aguas que son ecosistema propio de los partidos de izquierda existentes en un mundo normativa e interiorizadamente neoliberal. Y se ha dado de bruces con esta constante e histórica diatriba, haciéndola más palpable y mediática que nunca.

En este sentido, todos los sectores del partido, todas sus áreas, se han visto polarizadas en torno a las dos corrientes principales de la formación. Como no podía ser de otra manera -a pesar de que a casi nadie le importe y su proyección social (y también interna) sea bastante modesta- los círculos feministas de Podemos no han logrado mantenerse apartados del dilema. Yo, que ahora escribo, creía fervientemente en las propuestas del feminismo ganador. Y como adelantaba al principio, en el sistema de partidos los votos mandan.

Para dejar las cosas claras desde ya, como feminista, lanzo el primer axioma del que parte esta reflexión (aunque nunca lo habría enunciado frente a un micrófono por el bien de las urnas): el patriarcado es un sistema hegemónico y de opresión.

Vivimos en esta nuestra sociedad del sentido común, donde lo común es que los hombres existan y nosotras no lo hagamos, donde lo común es lo que no trasgrede demasiado, lo que no da miedo, lo que no es susceptible de que en los medios pueda tildarse de radical, de intolerante, de violento. Aquello a lo que Inda no dedicaría un titular pero con lo que Antena3 y El Mundo abrirían informativo y portada.

Así, desde el feminismo –término que ya de por sí tiene suficientes papeletas de herir sensibilidades como para pensar en no pronunciarlo muy alto-, para construirlo ganador, para aunar al mayor volumen de electorado posible, lo sencillo, lo económico  era plantearse no cuestionar nada.

Pensándolo bien, las mujeres ya estamos acostumbradas a no importar, a no aparecer, a no ver reivindicadas nuestras particularidades, nuestras necesidades, nuestros nombres, nuestros discursos, nuestras comparecencias y voces.

Si adoptábamos una postura que clara y concisamente reivindicara todas esas cosas, probablemente muchas, la mayoría de mujeres, habrían dicho “¡Ey, es cierto, queremos existir!” y nos habrían apoyado e, incluso, llegado a votar.

Pero si no lo hacíamos, como estamos acostumbradas a que nunca se haga, como no supondría cambiar nada, tampoco es que las que iban a votarnos fueran a dejar de hacerlo.

Lo que sí nos arriesgábamos a perder era el apoyo de los hombres. Si cuestionábamos sus privilegios, poníamos en entredicho la mitad del apoyo electoral. Quizá no fueran a tomárselo muy bien. Llámenme hipocondríaca pero, por experiencia, no suelen recibirlo con los brazos muy abiertos: lenguaje inclusivo, cuotas de paridad… propuestas bastante moderaditas y socialdemócratas que el PSOE había iniciado, en un destello de lucidez igualitaria, habían generado ya fuertes tensiones todavía no resueltas. Como para ponernos en plan feministas de las que exigen la reapropiación de los espacios y cosas así de las duras. Já.

Así que no nos arriesgamos.

Las mujeres que estuvieran iban a seguir ahí. Y los hombres más progres, quizá, se adherirían a nuestro discurso feminista, ese discurso que, por pragmatismo electoral, se centraba en que ellos se sintieran mejores personas – y no en que nosotras fuéramos, de una vez, consideradas personas-, en convencerles de que oprimirnos menos les iba a hacer modernos y muy de molar más.

Bolsa de tela | Podemos Oficial

Lo productivo estratégicamente hablando, lo que más votos nos aseguraba, era proponer un cambio estético. Un cambio retórico. “Feminizamos la política”, que suena casi hasta armonioso. Pero nunca, nunca, un cambio sustancial. Nunca despatriarcalizar. Si, además, a los hombres no les molesta tanto que haya mujeres en sitios. Les molesta un poco más que haya mujeres en sitios donde antes había hombres. O donde ahora los hay.

No queríamos dar miedo. Y por eso  dejamos de decir las cosas que pretendíamos decir. Que nos hubiera gustado gritar.  Acabamos sonriéndole a todo el mundo, abrazando a todo el mundo, con la boca cerrada, las muertas a la espalda y las mujeres, tras las bambalinas de todos los escenarios. Con cuidado de no decir nunca que eran los hombres los que guardaban las llaves, los que empuñaban las armas, los que reverenciaban hacia el público al deslizarse el telón.

No queríamos dar miedo y decidimos que lo mejor era ceñirse al españolístico sentido común.

En algún momento de alguna de las campañas electorales de estos últimos y breves tiempos, Izquierda Unida -con su impertinente costumbre de trasgredir lo normativo, porque nunca se han molestado en escoger la opción de ser ganadores- abanderó el primer acto electoralmente suicida de cualquier campaña electoral en lo concerniente a materia de igualdad. Alberto Garzón -¡un candidato a la Presidencia del Gobierno!- se erigió como el primero con valor para pronunciar el vocablo prohibido: patriarcado. La apocalipsis tan temida y augurada por el feminismo ganador, la de la sociedad llevándose las manos a la cabeza y considerándolo un término radical, belicista, para el que no estaba preparada, finalmente no se produjo.

Quizá, y ahora lo pienso, hemos pecado de paternalismo. Quizá hemos considerado a la sociedad lo suficientemente idiota como para asustarse si nos poníamos claras y serias.

Hemos acabado preocupándonos de no resultar violentas hacia los hombres, de defender que “no estábamos contra ellos” en lugar de incidir, simplemente, en que “estábamos a favor de nosotras”.

¿Que si conseguimos los votos? Tampoco, lo del PP en este país es muy de rockstars. Pero bueno, de todos modos, ya no recuerdo muy bien para qué los queríamos.