Ryan Gosling y Emma Stone bailando durante la película

A Damien Chazelle le apasiona la música. Durante la adolescencia se formó como batería de jazz en Princeton Hight School y sería allí donde cultivaría su amor por acordes y melodías. Pero fue también en esta etapa donde descubriría su carencia del talento necesario para convertirse en un virtuoso de la canción. Además de conocer al profesor que, años más tarde, inspiraría al celebrado personaje de Whiplash (2014), el coqueteo de Chazelle con la percusión terminaría por arrojarlo a los brazos del séptimo arte. Por todo ello damos las gracias.


Es, precisamente, de esa parte de las vivencias personales del director cinematográfico de donde nace la joya de La La Land, La ciudad de las estrellas (2016). Un diamante que brilla a través de todas sus aristas, pese a no estar plenamente pulido. Efectivamente, un canto de esperanza para todos los artistas independientes que sueñan con sacar adelante sus proyectos más personales. Un musical hollywoodiense que desempolva un género olvidado, en la meca del cine, para recordarnos que la calidad, el esfuerzo y el talento no han muerto (todavía). Las industrias culturales y su consiguiente banalización, algo de lo que ya alertaban Adorno y Horkheimer el pasado siglo, han provocado una progresiva homogeneización de la oferta artística actual; dando lugar a la generación de comportamientos regresivos en el espectador.

En este gélido enero llegan vientos fríos de América con un oportunista Donald Trump presidiendo, paradójicamente, el país de las oportunidades. Es ante este panorama cuando Ryan Gosling y Emma Stone llenan de luz la pantalla de las salas; devolviendo la esperanza al sector fílmico y al espectador, comulgante de primera fila, que aún cree que la salvación es posible.

Mía y Sebastian encarnan  esa cara oculta. La arista menos visible del paseo de la fama. Ese, plagado de anónimos caminantes que ansían ver sus caras estampadas en un cartel publicitario, en los títulos de crédito de cierta producción audiovisual, que escriben borradores de guión hasta altas horas en sus minúsculos apartamentos compartidos. Una temática que asoma, de cuando en vez en cartelera, como en el caso del Mullholland Drive (2001) de David Lynch. Sin renunciar al universo surrealista que lo caracteriza, eso por descontado. Volviendo a La La Land, el triunfo profesional de Sebastian, en el filme, choca de lleno con su ideal de música y es esto lo nos hace reflexionar sobre el antagonismo existente entre calidad y fama. Parafraseando, aquí, a Juan Ramón Jiménez, hay veces en que parece ser necesario aplicar aquello de “a la minoría siempre”.

  Escena de La La Land que recuerda al universo Disney


Además del número inicial en el atasco, que sirve para conducirnos, como auténticos voyeurs, al interior de los vehículos de los protagonistas y calentar motores para el baile de claqué de después de la fiesta o el preciosista colofón estrellado del observatorio Griffith de L.A que, no me preguntéis porqué pero, a mí me tiene ciertos tintes de la Bella y la Bestia de Disney, me encantaría hablar de esa historia de amor tan light. Esa que no empacha pero sacia. Y es que la película recupera esas primeras citas de sesión doble en el cine del barrio. De darle la mano a tu acompañante hasta que se te queda entumecida o de intentar por todos los medios no hacer ruido al masticar las palomitas. Nos lleva a la era en la que el good- bad boy te esperaba con la moto al ralentí en la puerta de casa y no existía el chat del whatsapp para complicarlo todo. Pero como ya sabemos con James Dean se estrelló la magia, de camino a Salinas en su Little Bastard, en septiembre del 55. Podéis llamarme nostálgica… Quizás influya el hecho de que fue Rebelde sin causa (1955) la primera película que me puso mi ex pareja. Dejando atrás sentimentalismos y obviando el pequeño homenaje del director a la era dorada del Hollywood de los 50, La ciudad de las estrellas, le da un tratamiento al amor que debería ser analizado con rigor.

  Ryan Gosling y Emma Stone durante su primera cita

Con un final magistral que recuerda el poder del momento cualquiera, la fragmentación de la realidad o como una nimiedad puede cambiar el curso de los acontecimientos, Chazelle, se corona como un rebelde (en este caso con causa). O como el tipo que resucitó el musical; adaptándolo a la realidad de los nuevos tiempos. No encontrarás en La La Land una Sandy Olsson que renuncia a su personalidad para adaptarse al desenfadado Danny Zuko, sino un intento del director de salvar el cine de (y cito aquí un extracto de diálogo de Sebastian en la película en el que se alude al jazz pero que me viene como anillo al dedo a modo de cierre) “muerte prematura. Y el mundo dice: ‘Déjenlo morir. Ya pasó su tiempo’. Pero no lo voy a permitir”.