Llega un momento en Solo el Fin del Mundo (2016), lo nuevo de Xavier Dolan, en el que uno se pregunta a dónde quiere llegar el canadiense con lo que muestra en la película. Esto ocurre más o menos tras media hora transcurrida, porque empieza a crearse una especie de tensión de la que acaba siendo imposible salir hasta que acaba la película una hora más tarde. Esa incomodidad, ese mal sabor de boca que se te queda tras Solo el Fin del Mundo es puro Dolan, que llega un paso más allá en esto de incomodar.

Xavier Dolan es un director que hace películas para incomodar. Yo Maté a mi Madre (2009) abordaba la difícil relación entre un hijo y una madre soltera, misma temática que era llevada de mejor manera en la gran Mommy (2014), la cual te metía claustrofobia a un planteamiento similar (la ratio 1:1 no era una elección de azar precisamente). Laurence Anyways (2012) nos ponía de frente la transfobia que muchas mujeres sufren a día de hoy y las actitudes que muchos tenemos y no nos atrevemos a reconocer.

En Solo el Fin del Mundo, se nos presenta una premisa que de primeras podría parecer algo usada (la vuelta de un familiar tras años viviendo en el extranjero, que viene para comunicar que tiene una enfermedad incurable y que se muere), pero la crudeza y la realidad con la que Dolan retrata un encuentro tras 12 años es, a la vez, magnífica y dolorosa. Cada personaje es tridimensional y tiene algo que decir al respecto, lo cual nos lleva a la premisa con la que empecé el artículo: la de que es una película incómoda.

Lo último de Dolan es puro diálogo, donde cada intercambio de frases nos hace ver una parte de los personajes que hablan entre sí. Es una adaptación teatral, que, combinada con detalles visuales creados por y para elevar la tensión del ambiente (primeros planos, contrastes entre luz y oscuridad), hacen que le dé un nuevo sentido a lo que el guion quiere mostrar. Todas las conversaciones tienen un efecto sobre el espectador, todas llevan a revolverse sobre el asiento, a hacer pensar sobre cada personaje. En eso, Dolan ya tiene demostrado que es un maestro.

A su edad (parece mentira que tenga 27 años), Xavier Dolan está ya apartándose de ser “la gran promesa del cine canadiense” para llegar a ser algo más. El potencial sigue ahí, dado que su mejor película aún no ha sido hecha (pudo haber sido Mommy, pero estoy seguro de que puede llegar un paso más adelante), pero Solo el Fin del Mundo es un paso más en la dirección correcta. Así que id a verla al cine y, después de ella, no quedará otra que esperar a The Death and Life of John F. Donovan (2017), su primera película en inglés.