Sonaban las campanas en Nochebuena cuando Podemos y Ciudadanos ya estaban de resaca. Llevaban varios días de fiesta, celebrando que por fin habían entrado en el Congreso tras año y medio haciendo política por televisión.

Hasta abril los dos fueron importantes. Con el PP como ‘apestado’ (salvo para Ciudadanos), el PSOE sacó la calculadora para intentar sumar con los naranjas y los morados, y cualquier otra fuerza política que no llevase consigo un afilado cuchillo con la palabra “independentismo” grabada en la hoja.

Rajoy y Rivera en el Congreso el pasado febrero.

Sánchez y Rivera firmando ‘su’ acuerdo de gobierno hace 6 meses

Pedro Sánchez parecía más fuerte que ahora, y los tres ‘líderes del cambio’ tenían mejor prensa que el desgastado Mariano Rajoy. Todo se fue al garete. Volvimos a las urnas y los tres fueron castigados, como es común en partidos apoyados por un votante crítico. Votante que decidió no recaer en la ilusión o desconfiar de una alianza de izquierdas que aparentemente solo sumaba; que prefirió quedarse en casa; o incluso volver al redil del conservadurismo tradicional. Eran tiempos distintos.

Ciudadanos, primero con 40 y ahora con 32 diputados, ha vuelto a ser el centro de atención. Ha pasado de negociar un acuerdo de gobierno con el PSOE en la más absoluta intimidad, a montar un circo mediático para únicamente investir a Rajoy como presidente. Los de Sánchez y Rivera negociaron rápido y presentaron un acuerdo de legislatura por el que 130 corazones latían al unísono en el hemiciclo. Nunca hubo malas palabras en público entre ellos, solo querían seguir sumando. Eso sí, unos con la derecha y otros con la izquierda.

Pero en dos últimos meses hemos visto a un Rivera distinto, que ha cambiado su versión cuatro veces en hasta que finalmente se ha decantado por negociar. Pero no es una negociación real. Ciudadanos vuelve a plantear un escenario de números concretos sin tener los suficientes apoyos. Los números concretos solo sirven cuando la suma de las partes negociadoras es igual a mayoría absoluta. Pero a ellos les importa un buen pimiento murciano mientras continúen estando en el centro del plano televisivo. Eso sí, cuidando las palabras. El acuerdo de políticas concretas con el PSOE se llamo “acuerdo de gobierno”. Lo que están haciendo con el PP ahora se llamará “acuerdo de investidura”. Da igual si hablan de complementos salariales, de pobreza, presupuestos, políticas de empleo, sanidad, pensiones, educación y regeneración de las instituciones. Da igual si incluso terminan con un ministerio que seguramente se les haya ofrecido ya desde la bancada popular. Da igual que la negociación tenga una profundidad mayor que la de cualquier programa electoral, utilizarán la palabra “investidura” para hacernos pensar a todos que ellos quiere desbloquear el tráfico político, pero que en ningún momento se montarán en un coche conducido por el partido más corrupto de la democracia. Aunque yo voy más alla, soy de los que piensan que si tuviéramos acceso a la carpeta negociadora de Ciudadanos, descubriríamos que realmente en ella no están escritas la palabras “investidura” o “legislatura”, sino “programa de presión política ante unas terceras elecciones”.

Son otros tiempos. Ciudadanos ha salido ganando, al menos según la cuota que ocupan en pantalla, en los dos comicios anteriores. Aunque solo por ahora, porque lo que Rivera desconoce es que en el PP saben jugar sucio. Rajoy aceptará todas las condiciones que le impongan desde Ciudadanos. Hasta una ‘regeneración’ de la bandera del país si es necesario. Pero después del 25 de septiembre, tras las elecciones gallegas y vascas, cuando consiga finalmente formar un gobierno y la legislatura empiece, será al grupo popular al que le importará un pimiento murciano todo lo negociado con Ciudadanos.

Dirán que lo que firmaron fue un acuerdo de investidura y no de legislatura, para faltar una y otra vez a su palabra, la que dieron en una sala con más cámaras de televisión que propuestas serias por parte del PP. Así conseguirán, por fin, dejar a Ciudadanos en un segundo plano y deshacerse de ellos, los únicos rivales del espectro conservador español.

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Rajoy y Rivera en el Congreso el pasado febrero

Y aunque el PP se quede sin aliados tras formar gobierno, tampoco les supondrá un problema para ellos. Saben que solo necesitan una legislatura de dos años para poder cambiar a Rajoy por alguien más joven, y echarle la culpa al PSOE de los males de España. Dirán que la economía y el empleo se estancan, la recaudación baja y la hucha de las pensiones se vacía porque los socialistas bloquearon la formación de gobierno durante más de ocho meses. Y como siempre, el votante crítico, que nunca será el del PP, castigará al resto retirándole su confianza por los errores y mentiras de Rajoy. Esos sí que serán otros tiempos, cuando resurja la mayoría absoluta de 2011 y este círculo vicioso y mediático, que empezó hace ya tres años, se complete. Habrá terceras elecciones, pero serán en 2018.