George Clooney

                                                                George Clooney en una escena de la comedia de los hermanos Coen.

Puede que os preguntéis que hago a estas alturas dignándome a escribir sobre una película que se estrenaba en España en el mes de febrero. No, no es que estuviese ante un bloqueo creativo ni nada de eso. Simplemente, necesitaba distancia. Efectivamente,  has leído bien. Desde ese momento final con fundido a negro no he parado rumiar, de darle vueltas a la cabeza a un asunto. ¿Me he perdido algo?

 

Me explico. Los Coen, esos irreverentes hermanos con pinta de judíos culturetas. Esos chicos beat que ya no lo son tanto (ni lo uno ni lo otro) no podían haber firmado aquello. Era yo, mi intelecto no alcanzaba a comprender. Algo se me estaba escapando. Yo, que me había empeñado en ir a ver aquella película porque me había parecido una apuesta segura. Tras el encendido de luces miré a mi acompañante y comprendí que nos encontrábamos en la misma situación. Prudencia me dije. Esperaré a leer lo que dice la crítica. Lo admito, esa búsqueda de reafirmación en los líderes de opinión. El púlpito del articulista, tan socorrido para los amantes del séptimo arte y su posterior tertulia.

 

Ahora, ya en abril… puedo afirmar, con rotundidad plena, que mi opinión global acerca del filme permanece absolutamente inamovible. Ahora bien: el tiempo, la distancia y un revisionado de la misma me han fortalecido. Sí, me he hecho con todo un arsenal de argumentos que avalan mi hipótesis. Los Coen han sido engullidos por su meta película, han sido presa de -lo que en el lenguaje popular se conoce cómo- dime de qué presumes y te diré de qué careces. Con un tono muy similar al de Barton Fink (1991) ¡Ave César! era el regreso de los hermanos a la comedia con un tema tan jugoso como el Hollywood de los años 50.  Un cartel más que apetecible (George Clooney, Scarlett Johansson, Channing Tatum y Josh Brolin) hacían de este estreno uno de los más celebrados del momento.

 

Con estas expectativas aterrizó mi culo en el asiento de la sala de cine.  Esperando unos diálogos ingeniosos, un humor ácido en la línea del Gran Lebowski (1998) y una estética que me trasladase a los grandes estudios de la época en que Elizabeth Taylor se enamoró (de Richard Burton). Del Hollywood en el que las películas bíblicas arrasaban en taquilla. Es en esto último en lo único que puedo decir que quedé enormemente satisfecha: un vestuario impecable y una reconstrucción de los escenarios que te retrotraen con maestría a la meca dorada del cine.

 

Pero además de ver algo bonito, la gente paga su entrada para que le cuenten una historia, ¿no es así? Esta empezaba bien, así que me acomodé en la butaca; reafirmándome en lo acertado de la decisión. Música de órgano, oscuridad, atmósfera tétrica. Contrapicado. Un cristo que da paso a un plano más cerrado. Un primerísimo primer plano. Unas manos agarran un rosario. Una Iglesia. Benditos Coen.

“Perdóneme padre porque he pecado. Han pasado 24 horas desde mi última confesión[…] He mentido a Connie, a mi mujer. Le prometí que había dejado de fumar”

 Johanson

                   Scarlett Johansson durante el rodaje de ¡Ave César!

 

Así arranca ¡Ave César! con un premonitorio arrepentimiento. Queda saber la penitencia que la crítica impone a los hermanos. Eddie Mannix (Josh Brolin) es un buen hombre que se dedica en cuerpo y alma a su trabajo en los Estudios Capitol. Este personaje, una especie de Sr Lobo, se encarga de que todo en esta enrevesada industria funcione perfectamente. Un paralelismo muy curioso con la vida real, ya que es el propio Brolin el que hace que la comedia no haga aguas y las múltiples historias que se nos plantean converjan en una sola.  El planteamiento de los Coen es interesante. Los distintos géneros cinematográficos (la superproducción, el western, el musical,) y los diferentes estereotipos: la femme fatale encarnada por Johansson, la joven promesa con escasa cultura protagonizada por Alden Ehrenreich, el atractivo y polifacético actor bailarín al que da vida Channing Tatum. Sin olvidarnos de la estrella todopoderosa del estudio; George Clooney. Sin embargo, este atrayente contrapunto de interesantes historias que confluyen bajo el paraguas protector de Mannix no consigue funcionar del todo. Se convierte en un Frankenstein inabarcable, en un pastiche de géneros que no terminan de arrancar y que pide a gritos un spin off de las aventuras de Hobby Doyle.

 

Hobby Doyle

              Ehnereich una de las sorpresas más agradables del filme.

Pero la premisa del “quien mucho abarca poco aprieta” no sólo es aplicable en este aspecto. Joel y Ethan Coen plantearon el largometraje como homenaje a la fábrica de sueños que es Hollywood. Pero no quisieron dejar pasar la oportunidad de ejercitar la crítica; rizando el rizo una vez más. En la USA de los 50 la caza de brujas se convierte en telón de fondo de la sociedad. Algo que se quiere dejar patente también en la película. Sí, el momento absurdo del submarino soviético merecería un artículo aparte. Nos encontramos nuevamente con Mannix, personaje inspirado en el histórico productor ejecutivo de la Metro, un hombre con su Vía Crucis particular: el tabaco, la familia, una suculenta oferta de trabajo, …  Negará tres veces y no cantará ningún gallo. Lo bíblico y las tesis del Manifiesto Comunista convergen en el metraje como tantas otras veces. ¿Fue cristo el primer comunista? Una idea que se perfila pero no se dibuja. Esa unión de largas barbas; la de Moisés y la del renano Karl Marx.

Pero ojo, porque los Coen van aún más allá y este homenaje a Hollywood. Con salvedades, y si no que se lo digan a Adorno y Horkheimer. La película acaba convirtiéndose en un auto- guiño a sus inicios. Al oficio de guionista. Los olvidados, el lumpenproletariado de la fábrica de sueños. Los que tejen historias para que el George Clooney de turno se lleve los aplausos de la crítica, la fama mundial y, de paso, la plusvalía a algún banco de Wall Street. Más que comedia parece drama, señores.

 

Pero todavía quedaba espacio para la incorporación de la prensa en la película. A través de Tilda Swindon se nos muestra la avidez de periodistas como Louella Parsons o Hedda Hopper por desatapar los escándalos amorosos ocultos entre bambalinas. El amarillismo y las presiones. Uno de los conceptos más redondos de la película. Tanto por el planteamiento sencillo como por la interpretación.

 

Eddie Manix

           Fotograma de Swindow y Brolin en la película.

En definitiva, el tiempo y la distancia me permiten afirmar que el cine dentro del cine; sí. Pero focalizando. Sin que la meta película te engulla como les sucedió a estos dos gigantes del séptimo arte con ¡Áve César! Un espejo de ellos mismos. Que reniegan de lo comercial pero cada vez lo son más.  Por qué es una comedia sin risas, una crítica sin un mensaje claro. Quiere ser todo y al final “ni chicha ni limoná”. De todo lo que promete yo sólo encuentro, en clara alusión al título, Pan y Circo.

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