Necesito que llegue ya mañana, que sea ya lunes. Podría parecer que me he vuelto loca, que pudiera ser, tampoco estoy condiciones de negarlo. He tenido ese tipo de semana que no se puede calificar de otra manera que no sea “semana de mierda”. Siete días que han parecido dos meses en los que todo lo que podía salir mal ha salido peor. Todo el agobio acumulado se ha traducido en noches mirando el techo sin poder pegar ojo, ojeras matutinas en las que podía meter la compra del mes y un rendimiento físico y mental con los marcadores en negativo. Así que necesito volver a poner el contador a cero.

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El viernes quedé con una amiga que, en la que me vio, me dijo el típico “no tienes buena cara”, esa frase que todos necesitamos cuando sabemos y notamos que no estamos en nuestro mejor momento. Entre caña y caña le conté sin mucha cohesión ni coherencia mis preocupaciones y problemas. Ya sabéis, cuando tenemos muchas cosas en que pensar al final no conseguimos aclarar nuestras ideas. “Lo que necesitas es dormir y relajarte”, sentenció ella. Claro que eso ya lo sabía yo, el problema era que llevaba unos días un poco insomne. “Somníferos”, propuso ella. Pensaba que lo decía de broma, pero no. Resulta que esta amiga trabaja en una farmacia y ve normal vender psicotrópicos como si se tratase de caramelos de miel. Y realmente parece que es así, porque según ella, después del ibuprofeno, lo que más vende son antidepresivos. “La gente tiene que seguir adelante, Esther, y no quieren sentirse mal”. No quieren sentirse mal, no quieren sentirse mal, no quieren sentirse mal. No puedo quitarme esa frase de la cabeza.

Por si os lo habéis preguntado, no, no he tomado nada. Bueno, puede que haya caído alguna infusión, nada preocupante. A mí tampoco me gusta sentirme mal, supongo que a nadie le gusta estar en horas bajas, pero son eso, horas bajas que tarde o temprano pasarán y que son necesarias para apreciar mejor nuestras horas felices.  Quizás el problema sea que nuestra sociedad entiende que la felicidad y la estabilidad, aunque solo sea aparente, es el símbolo de una persona sana y de éxito. Y así, los antidepresivos se convierten en el camino a la aparente “no tristeza” porque, desde luego, no es felicidad.

Supongo que mi profesora de ensayo me diría que dejara ya de hablar de mí y pasase a postular mi defensa para atraer al lector. Bueno, no voy a desaprovechar la oportunidad de contar lo que se siente al tomar antidepresivos, querida profe. Sí, he tomado antidepresivos, supongo que es algo tabú decirlo. He notado la cara de la gente cuando por algún motivo cuentas que estuviste en tratamiento. Bueno, peor cara se les quedaría si sintieran la horrible sensación de estar bajo los efectos de los tricíclicos, uno de los tipos de antidepresivos más usados. No tenía ningún problema psicológico, pero sí neurológico. Sufría unos ataques de migrañas insufribles y el tratamiento preventivo que me propuso la neuróloga se basaba en tomar una pequeña dosis de antidepresivos. Cuando leí el prospecto ya tuve mis primeras dudas, ¡eran veneno! Sin embargo, no podía seguir pasando semanas enteras encerrada en mi habitación sin tener el más mínimo contacto con la sociedad. Ya sabéis, no está bien visto.

¿Cuál fue mi experiencia? No sentía dolor, de hecho no sentía nada. Recuerdo perfectamente cuando le dije a mi madre que era incapaz de pensar. Ella se rió: si no pudiera pensar no podría estar hablando con ella. Sin duda era una sensación desagradable. Se lo conté a la neuróloga y os ahorraré los detalles clínicos, pero era lógico que sintiera eso, ese era el efecto sanador de los antidepresivos: desconectarte. Con estos medicamentos registraba los estímulos, pero no los usaba, no los sentía, porque los encargados de hacerme sentir estaban sedados. Aparentemente funcionaba, pero yo notaba que estaba estropeada por dentro. Pedí cesar el tratamiento y después de él he sufrido más de uno, más de dos y más de tres brotes de migraña, pero lo prefiero. ¿Por qué prefiero el dolor? Porque estoy sintiendo y tengo control sobre mí misma. Sí, porque creo que del dolor se aprende. Ahora mismo no estoy en tratamiento por las migrañas porque he decidido que no quiero vivir empastillada, pero he aprendido a escucharme y mantener un equilibrio que evite los episodios de sufrimiento. Y creo que lo mismo sucede con el dolor psicológico, con la tristeza, con las horas bajas de nuestro ánimo. ¿Acaso no habéis pasado temporadas sufriendo por algún motivo que ahora con la distancia os parece una tontería? Eso es porque hemos aprendido de nosotros mismos. No obstante, los períodos de tristeza volverán cuando menos lo esperemos, tomémoslos como males necesarios.