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Tocaba levantarse, como cada día, antes del amanecer. La noche en Lugo, sobre todo en invierno, -la época más dura del año- era cerrada y oscura como ninguna otra. Sin lugar a dudas, era la cuna de la Santa Compaña. La luna siempre estaba demasiado lejos,  ausente, detrás del horizonte redondeado que dibujaba la montaña pétrea y magnánima. Hacía frío, demasiado como para bajar a las cortes a coger la leche de la vaca, Paca. Un nombre curioso para una vaca, recuerda, pero se llamaba Paca. No hay más que hacerle.

Siempre se levantaban ella, sus hermanas y su madre, silenciosamente, para no despertar a los hombres. A aquellos hombres a los que les tenía que preparar el desayuno metódicamente. Era importante tener todo preparado para cuando amaneciesen. Esperanza no entendía muy bien por qué, pero eso le repetía su madre una y otra vez: “Bule Esperanciña, que se va a despertar padre y está todo sin preparar”.

Esperanza lamentaba esa distribución del poder en su casa, mientras recorría cubierta con un chal  y un par de viejas y roídas zapatillas, los fríos y húmedos peldaños de piedra para bajar a la corte. Con un pequeño candil de aceite, alumbraba la oscuridad. Intentaba  no perderse entre el mar de barro que solía inundar al camino que llevaba a la gran superficie maloliente y sin luz en la que guardaban a los animales. Una vez encontraba la manera de abrir y tras distinguir entre los pares de ojos porcinos la mirada de su vaca, Paca, se acercaba a ella y la acariciaba un poco. Apoyaba el candil entre excrementos para mugir dulce y obstinadamente a aquel animal, sustento económico de la familia. Sacaba la leche y subía de nuevo a la lareira donde madre calentaba vino, y Jesusa cortaba pan para preparar, junto con la leche, las energéticas sopas de cabalo canso. Se sabía que eran necesarias para aguantar todo el día trabajando en la tierra. Mas Esperanza no podía saber de su efectividad, puesto que solo los hombres desayunaban vino; “solo los hombres merecen, los pobriños, vino para aguantar mientras trabajaban tierra de otros, que ni la nuestra.

Habitualmente, cuando el día había despertado, diciendo un sol lejano que ya era hora del trabajo duro,  Jesusa bajaba a abrir a los animales, para que pudiesen caminar un poco, mientras ella limpiaba las cortes. Esperanza recogía los cultivos y daba de comer a los porquiños. La madre limpiaba toda la casa y la cocina, mantenía el fuego y remendaba la ropa de Esperanza para dársela a Estrella, aún muy niña como para hacer algo más que no fuesen recados. Todas cuidaban del abuelo, gravemente enfermo. Como todos los abuelos de la aldea.

Jesusa estaba jugando con Estrella allá junto a las gallinas. Madre, según lo previsto, estaría bañando al abuelo para, en un rato, preparar la cena de esa gran familia. Esperanza debería estar limpiando la lareira  y vigilando el pan. Miró por la ventana, escuchó tras la puerta de su abuelo, y al comprobar que no había peligro,recorrió  aquel día cualquiera, con pies descalzos y silenciosos, el suelo astillado y mohoso de la madera. Al llegar,  abrió la gran y chirriante puerta de la bodega.

Rápidamente, que no había tiempo que perder, alzó la mano y cogió en un gesto ágil la botella verde. De un trago, se bebió todo el vino que esa mañana, después de dar a comer a padre y hermanos, había sobrado.