En 1968 todavía no se veía, ni de lejos, el romper de aquella ola de la que Thompson hablaba en Miedo y Asco en las Vegas. La contracultura y los movimientos de resistencia ciudadana se abrían paso mientras los efectos de la LSD y una generación de jóvenes dispuestos a cambiar el mundo dejaban a su paso un rastro de música y creación nunca vistos hasta la fecha. Por si no fuera poco, el Pacto de Varsovia pensó que los checos se habían tomado ya demasiadas libertades y sus tanques se desplegaron por toda Checoslovaquia ante la pasiva mirada de occidente.

Uno de esos grupos de resistencia ciudadana que empezó a tomar forma en los barrio marginales de Oakland (California) fue el de los Panteras Negras. La situación de la comunidad negra en los 60 no se correspondía a la que, en teoría, figuraba en la Ley de Derechos Civiles estadounidense de 1871 . La polémica, sin embargo, había estallado en la década anterior, en 1955, cuando la ya famosa Rosa Parks se negó a irse a la parte trasera del autobús y cederle su asiento a un hombre de raza blanca. Por ello fue procesada y encarcelada. El debate público se volvió intenso y la clase media blanca siguió considerando (en mayor medida si cabe) a los negros como una creciente amenaza.

Afortunadamente para los afroamericanos, los gurús no tardarían en llegar. Martin Luther King y Malcom X (que a pesar de su divergencia en los métodos y el discurso, fueron próximos en el objetivo) aglutinaron todas las demandas bajo una voz única. Precisamente la muerte del segundo (envuelta bajo las sospechas de una posible participación del FBI y la CIA, con la figura de Edgar Hoover siempre presente) fue la que llevó la violencia a las calles. A raíz de ella surgió el Partido Pantera Negra, fundado por los activistas Bobby Seale y Huey Newton. El partido inscribió su ideología bajo las tesis marxistas, y defendió acérrimamente la internacionalización de la lucha proletaria (mostrándose así tajantemente en contra de la guerra “colonialista y sin fundamento” de Vietnam). Sus tesis se veían recogidas en el famoso Programa de los Diez Puntos y bajo el lema de ‘Todo el poder para el pueblo’ (All power to the people).

Algunas de las medidas que llevaron a cabo fueron las de un programa de desayunos para niños, la creación de clínicas y centros de salud autogestionados y la distribución de las donaciones que recibían. Después de que varios de los miembros fundadores pasaran por la cárcel, el partido aumentó en tamaño y llegó a tener una repercusión bastante significativa dentro del país. El asesinato de Martin Luther King en 1968 produjo un shock que radicalizó aun más las posturas originales, y se formaron patrullas armadas en los guetos de diversas ciudades para defender la seguridad del pueblo negro.

Unos meses después, y a 3000 kilómetros de distancia, un importante evento iba captando poco a poco el interés desde todas las partes del globo. Hablamos de los Juegos Olímpicos de México ’68 y, como no pudo ser de otra forma en aquella época, vinieron cargados de tensión.

Los problemas venían de lejos. En 1963, México ganó la partida a Detroit siendo elegida sede de los Juegos, y la prensa estadounidense no tardó en apuntar “la probable incapacidad de un país en vías de desarrollo para albergar una cita de tal calibre”. Otro de los motivos por los que surgió polémica fue la altura. No faltaron los analistas que señalaron que la situación de México, a 2240 metros sobre el nivel del mar, imposibilitaría la correcta actuación de los atletas, poniendo en riesgo su salud (cosa que definitivamente se desmentiría durante los Juegos).

Sin embargo, toda la atención que se focalizó en México se convirtió en un arma de doble filo para el gobierno y su entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz. Desde el verano de ese mismo año las protestas estudiantiles eran cada vez más frecuentes, y la situación estaba llegando a un punto insostenible. Las principales reclamas del movimiento iban dirigidas a la liberación de presos políticos, así como la defensa de la Constitución y de los derechos legítimos del pueblo mexicano (garantías individuales y colectivas, derecho de reunión y manifestación, libertad de expresión…), ya que se consideraba de manera generalizada que el PRI había caído en una espiral represiva y varios de sus integrantes estaban bajo la sospecha de la corrupción.

El día 2 de octubre, diez días antes de que los Juegos diesen comienzo, una nueva manifestación tuvo lugar en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. No sólo los estudiantes  se vieron representados en la concentración, ya que toda clase de personas se citaron allí pidiendo más libertades y el fin de la represión. Cuando la gente se contaba por miles llegó la reacción del gobierno de Díaz Ordaz, que no podía permitir una mala imagen del país a tan poco tiempo de ser el centro de todas las miradas. El Batallón Olimpia, grupo paramilitar creado por el propio gobierno para infiltrarse e intentar controlar el movimiento estudiantil, entro en la plaza y tomó posiciones para que ésta quedase rodeada.

Los miembros del batallón, vestidos de paisano y distinguidos con pañuelos blancos, comenzaron a disparar indiscriminadamente a manifestantes y ejército, para que la reacción de estos últimos fuera más encarnizada contra las personas que trataban de huir. El saldo de la matanza varía dependiendo de la fuente consultada, pero las cifras más conservadoras hablan de 200 muertos. Unos días más tarde, y como si nada hubiese ocurrido, empezarían las Olimpiadas bajo un apropiado lema: “Todo es posible en la paz”.

Desde Estados Unidos, ciertas voces sugirieron en un primer momento a los atletas negros que boicotearan los Juegos. La que más se hizo notar fue la del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (PODH), fundado por el sociólogo Harry Edwards y que exigía el cumplimiento de cuatro puntos: la no invitación de Sudáfrica y Rodesia a los Juegos, la devolución del título de los pesos pesados a Mohamed Ali (desposeído de él debido a su negativa a acudir a la guerra de Vietnam), la contratación de más técnicos asistentes afroamericanos y la dimisión de Avery Brundage como presidente del Comité Olímpico Internacional (COI). La pérdida, en cuanto a medallas se refiere, habría sido considerable, ya que el número de atletas negros en la delegación era (como lo sigue siendo a día de hoy) notoria. No obstante, y viendo que las reclamaciones no tenían el seguimiento esperado, se optó por acudir y utilizar el evento como medio para que sus demandas obtuviesen visibilidad global.

Durante los primeros días de competición, los actos reivindicativos fueron abundantes pero poco notorios: las chapas y pegatinas del PODH se dejaron ver por gran parte de la villa olímpica y unos cuantos atletas negros subieron a recoger sus medallas descalzos o con calcetines negros. Todo transcurrió de manera tranquila hasta el 16 de octubre.

Después de cuatro días de competición, uno de los platos fuertes se daba cita en el Estadio Olímpico Universitario (que pertenecía, irónicamente, a la Universidad Autónoma de México): la final de 200 metros lisos. Los estadounidenses Tommie Smith y John Carlos partían como favoritos, pero desde las primeras clasificatorias un chico australiano llamado Peter Norman despuntó llegando a conseguir un meritorio (y efímero) récord Olímpico, con un tiempo de 20:17. La final no decepcionó. Tommie Smith salió disparado desde los primeros metros y mandó con autoridad durante los 19.83 que duró la prueba (lo que significó un nuevo récord del mundo), pudiendo incluso alzar los brazos en señal de júbilo 20 metros antes de cruzar la línea de meta. En la lucha por el segundo puesto, John Carlos se desinfló en la recta final y cedió la plata a la imponente zancada del australiano Norman. Por lo tanto, el medallero del país de las franjas y estrellas sumaba dos preseas más. ¿El problema? Obviamente, que Smith y Carlos eran negros.

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A pesar de todo lo que se hablaría en los medios los días posteriores, Carlos y Smith nunca llegaron a pertenecer al Partido Pantera Negra. Simplemente eran dos atletas concienciados con la lucha por los derechos civiles, y vieron la entrega de medallas como un momento perfecto para alzar la voz. Irónicamente, su protesta, que llegaría a todos los televisores del mundo y causaría un revuelo mediático inimaginable, fue totalmente silenciosa.

Instantes antes de subir al podio, John Carlos se dio cuenta de que se había dejado uno de los símbolos elegidos para la protesta, los guantes negros, en la habitación. Mientras discutían sobre cómo arreglar el asunto, el invitado blanco a la fiesta, Peter Norman, se interesó por sus planes y les mostró simpatía. Convencido de la utilidad de la protesta, les recomendó repartirse los guantes, además de aportar su granito de arena pidiéndole a Paul Hoffman, miembro del equipo de remo estadounidense, la insignia del PODH que portaba. “Si un australiano blanco me pedía una insignia del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos, entonces por el amor de Dios que la tendría. Sólo tenía una, que era mía, así que me la quité y se la di”, aseguró Hoffman tiempo después.

La queja apenas duró unos segundos, pero dejó una de las imágenes más potentes del siglo XX. Los dos estadounidenses subieron descalzos al podio, como ya habían hecho unos cuantos compañeros suyos. Smith, en lo más alto del podio, levantó su puño derecho, enfundado en cuero negro, mientras los primeros compases del himno estadounidense resonaban en el estadio. Con la cabeza gacha pero con semblante y actitud rebeldes, el atleta también se ató un pañuelo oscuro al cuello representando el orgullo negro. Por su parte, Carlos alzó el izquierdo, además de colgarse un collar (en memoria de todas los asesinatos en todos esos años) y se abrió el chándal en solidaridad con los obreros afroamericanos. Justo delante de ellos,  y sin poder ver lo que sus compañeros estaban haciendo, Peter Norman miraba al frente sin darse cuenta de que su carrera como atleta de élite acababa de morir.

Fueron abucheado y unos días más tarde expulsados de los Juegos. El COI (y en especial su presidente, Avery Brundage)  dijo no aceptar comportamientos políticos de ese tipo. Curiosamente, Brundage fue uno de los mayores impulsores para llevar las Olimpiadas de 1936 a la Alemania nazi. Por aquel entonces presidía el Comité Olímpico Estadounidense y, obviamente, vio con buenos ojos la proliferación del brazo derecho en alto ya que era un “saludo nacional” y estaba dentro de las tradiciones del país.

Su vuelta a Estados Unidos fue convulsa. Muchos medios cargaron contra ambos, acusándolos de antiamericanos y potencialmente peligrosos. La revista TIME, por ejemplo, dedicó un artículo a sus “héroes Olímpicos” dónde se podían leer cosas como las siguientes:

“Más rápido, más alto, más fuerte” es el lema de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, “Más problemático, más desagradable, más alarmante” describiría mejor la escena que tuvo lugar en Ciudad de México la semana pasada.
Allí, en el mismo estadio desde el cual 6.200 palomas ascendieron hacia el cielo para indicar el comienzo de los “Juegos Olímpicos de la Paz”, dos atletas negros descontentos de los EEUU, los velocistas Tommie Smith y John Carlos, protagonizaron una muestra pública de arrogancia que desencadenó una de las controversias más desagradables de la historia de los Juegos Olímpicos. Asimismo, convirtió un espectáculo de gran calidad en poco menos que  un teatro de lo absurdo
.

Las amenazas de muerte fueron continuas desde su llegada. Ambos decidieron dar el salto al fútbol americano, ya que la federación de atletismo les dejó de lado en todo momento. Sus carreras fueron bastante efímeras: Smith jugó dos temporadas para los Cincinnati Bengals, mientras que Carlos lo hizo para los Philadelphia Eagles. Sus amistades empezaron a desaparecer, según cuentan, debido al miedo que les producía perder sus puestos de trabajo. Por si no fuera poco, Carlos vivió una etapa especialmente dura después de que su mujer se suicidara en 1977.

A partir de los años 80 empezó el reconocimiento. Poco a poco empezaron a encontrar trabajo como asistentes en institutos y entrenadores de atletismo. Tras 15 años, empezaban a encontrar sitio en una sociedad que les había dado la espalda (con la lógica excepción del pueblo negro). Ya en nuestro siglo, las menciones de honor y los actos conmemorativos se repitieron sistemáticamente.

Para Peter Norman, sin embargo, nunca llegó la redención. Repudiado en Australia desde su vuelta de los Juegos Olímpicos, no se le permitió competir en la siguiente cita olímpica, Munich, a pesar de superar holgadamente la marca mínima exigida para participar en el evento. En vista de ello, Norman abandonó el atletismo profesional y se dedicó a correr por su cuenta. En 1985 se desgarró el tendón de Aquiles en un entrenamiento, por lo que contrajo gangrena y estuvo a punto de perder la extremidad. De su vida posterior siempre se citan sus continuas depresiones y sus excesos con el alcohol, preso de una desesperación que duró hasta el día de su muerte, en octubre de 2006.

En el funeral, John Carlos y Tommie Smith fueron los encargados de llevar el féretro de su amigo australiano. Entre lágrimas y caras de dolor, ambos atletas le dieron un final ‘a la americana’, recordando lo poco que se había hecho por él, y reivindicando el valor de su acto. “Peter nunca se acobardó. Nunca entornó los ojos, nunca miró hacia otro lado. Nunca dijo algo como ‘ay’. Chicos, habéis perdido un gran soldado”, dijo John Carlos aquel mismo día, “id y contadle a vuestros hijos la historia de Peter Norman”.