champaña1_phixrComo nadie me lo impidió, comencé a ascender a lo que se supone que sería el primer piso. Serpenteantes bandas de seda rojiza acariciaban el pasamanos dorado de aquella sinuosa escalera, reteniéndome su suavidad mucho más de lo que me gustaría. Gloriosa textura de un cariz apasionado, sedosas hebras perfectamente engarzadas que se aprovechaban de mi estado lamentable.

Me introduje sin pensar en la primera habitación que se me puso por delante, ajeno a lo que me pudiera encontrar más allá de aquella puerta de madera pálida. Una vez más, el revoltijo de colores no defraudó mis expectativas, quizá un tanto devaluadas en aquel momento, pero la impresión es lo que cuenta. Había allí, sobre una mesa alargada, la mayor concentración de rosas que había visto en mi vida. Sentí desperdiciado mi valioso tiempo al manosear aquellas flores de la entrada. Eran excepcionales, sin duda; pero lo que tenía allí en frente era otro nivel. Un mar de pétalos fulgurantes que emborracharon mis sentidos sin que ni siquiera los viese venir.

Al final de la sala había un tipo que se me hacía conocido. No sé de que, creía haberlo visto antes por la tele; pero lo último que debía hacer en ese momento era fiarme de mi percepción. Siempre embustera, deseosa de mi engaño. Estaba observando desde muy cerca cómo un codiciado chef ejecutaba una de sus últimas creaciones, minuciosa pinza en mano en lo que viene a ser una finalización de bella factura. Se encontraban sumergidos en un profundo silencio, invadidos por la liturgia de la alta cocina. Yo también estaba metidísimo en aquella historia, pero mi lapsus fue interrumpido por la curiosidad de aquel chef.

  • ¿Necesita algo? – preguntó con cierta acidez.

No supe qué responder, sencillamente sonreí con cara de pazguato hacia aquellos dos hombres, de conducta hostil, incómodos ante la presencia de un desconocido sumido en una gaseosa experiencia que jamás imaginarían. Buscaba relajar el ambiente con mi cándida expresión, pero aquel silencio lapidario me invitaba con enorme elegancia a abandonar aquella sala. No opuse resistencia, me limité a maldecir la suerte de aquellos tipos mientras apuraba las últimas gotas de mi enésima copa de champagne y me largué de allí.

clip_16122015-IMG_3185_phixrUna vez en el hall, pretendí mimetizarme con el entorno y disimular la curda que me sobrevenía; pero no parecía haber peligro, la gente seguía a lo suyo. Aunque sí hubo una mujer, finalmente, que reparó en mi presencia, recluida en una esquina de la planta baja del hotel, sin compañía alguna y observando desde la distancia una escena con la que no parecía familiarizarse del todo. Quizá fue ese aislamiento de una muchacha corriente lo que me hizo pensar que, de alguna manera, podría formar parte del servicio. No sé del todo por qué, pero me vi obligado a averiguarlo y así, de paso, preguntaría por la existencia de algún baño en el que pudiera liberar mi vejiga rebosante de líquidos, porque lo que viene a ser el alcohol, por desgracia, ya se había instalado en mi sangre, comprometiendo mis neuronas y dejándome el hipotálamo en carne viva. Me dirigí hacia ella con un nerviosismo tartamudeante del que no sabía si me podría librar. Solo el hecho de pensar que podía meter la pata al dar por sentado que aquella joven pertenecía al servicio me hacía sentir verdadero terror. Ya me estaba viendo reculando ante la mirada altiva de una mujer de clase alta ofendida por el atrevimiento de un tipo que dice ser periodista. ¿Cómo se supone que debía abordarla? ¿Debería dar pie a una frívola conversación con la que intercambiar impresiones –del todo fingidas– sobre un encuentro ilustre del que nos vemos totalmente alejados? Consciente de que me observaba cuando me estaba dirigiendo hacia ella, su repentino cambio de compostura, pies juntos y espalda erguida, me proporcionó la prueba fehaciente de que estaba ante una persona versada en el trabajo de cara al público. La tensión había desaparecido, pero no la presión de mi bajo vientre, así que aquella dulce recepcionista –creo que debería haber investigado más sobre su puesto y funciones– me introdujo en una habitación con servicio y, con una mirada sugestiva acompañada de media sonrisa, me dijo que aprovechara ahora que no había nadie.

Desconozco el sentido y uso de aquella sala, pero dejé de preocuparme por ello en el momento en que vi una mesa con cubiteras cargadas de botellas con las que aplacar la ansediad de dos sectores, ricachones y periodistas, entre los que comenzaba a identificar ciertas analogías en lo que se refiere a hábitos de consumo. Quizá estaban allí en caso de emergencia, porque no sé si alguna vez habéis visto a un adicto desprovisto de su medicina, pero os aseguro que facilitársela se convertiría en una exigencia apremiante. Me había olvidado por un instante de mis necesidades más primarias, pero ahí estaba la física para recordarme por qué estaba metido en aquella habitación asilvestrada con colores que no dejaban de seducirme.

Una vez dentro del baño, hice lo propio sin dar crédito a lo que mis ojos veían: más rosas dentro de aquel invernadero de azulejos resplandecientes. Un tupido ramo presidía el centro del inodoro, entre dos lavamanos impolutos de grifos dorados, y acompañado de un par de toallas blancas con forma de canuto que todavía mantenían ese calorcito que les da un buen secado. Lo cierto es que no dudé en utilizarlas, solo me hizo falta una, pero después de dos o tres intentos desastrosos de devolverla a su estado natural, opté por dejarla en su sitio hecha un gurruño. La única que podría delatarme era aquella mujer del servicio, pero confiaba en que nuestro breve encuentro le hubiese agradado hasta el punto de cubrirme las espaldas. Más tarde me ocuparía de eso, debía centrarme en huir de allí sin ser visto, aunque tuve tiempo de agenciarme una pastilla de jabón envuelta en una especie de fardo diminuto. Supuse que nadie la echaría en falta y creo que me había ganado el derecho a hacerme con un souvenir.

Estaba satisfecho con el valor que había demostrado al hacerme con esa pastilla, pero la desvergüenza continuó poniéndome a prueba al encontrarme de nuevo con aquellas botellas de champagne helado. Los cubitos de hielo las habían transportado a otro plano térmico, con esos hilillos de agua recorriendo su vientre verdoso. Me encontraba en una situación inmejorable para hacerme con una de esas botellas: estaba solo en aquel habitáculo de frondosas decoraciones, con una miscelánea provocadora que, junto con el champagne, terminó de aturdir mis sentidos, y además, contaba con una mochila harapienta que nadie parecía estar por la labor de registrar. Me quedé un buen rato con una de esas botellas en la mano, dando paso a una amable ensoñación en la que me regodeaba en los favores que podría proporcionarme aquella bebida carbonatada. Fue entonces cuando la presencia de una fotógrafa indiscreta interrumpió mi viaje. Ella había encontrado la ocasión perfecta para hacer un reportaje gráfico y no estaba dispuesta a desaprovecharla.

Todas mis aspiraciones se habían esfumado de golpe, viendo cómo aquella agradable visión se había convertido en una paranoia galopante inducida por el consumo de alcohol. Solo esperaba que aquella diminuta pastilla de jabón no me causase problemas.

Cuando salí al exterior, pude ver que la rueda de prensa que daría cierre a todo este galimatías gastronómico ya había comenzado. Los grandes chefs que allí habían sido citados tomaban la palabra para poner cara a las pocas aspiraciones que le quedaban por cumplir a Maison Mumm. Lo cierto es que debería estar allí, en primera fila, con el vigor de un periodista novel y virginal; pero aquel tipo de la tele se había vuelto a cruzar en mi camino. No sé si él me recordaría, pero yo no olvidaba esa mirada condescendiente con la que me invitó a marchar de aquella habitación suntuosa, porfiada a la misma opulencia infame que me había hecho cometer aquellos excesos que, de alguna manera, habían menoscabado mi orgullo. Parecía buscar siempre su mejor perfil, una cámara que no existía pero que le mantenía alerta, con su sonrisa de tiburón, ante el peligro de que una mueca desafortunada desbaratase su condición estética. Siempre expectante. Estaba teniendo una distendida charla con dos mujeres emperifolladas hasta la extenuación, luciendo modelitos atrevidos a pesar de estar frisando los 50. Mi olfato periodístico me dirigió hacia aquella conversación.

  • ¿Qué tal con el mastín? – preguntó la que parecía más joven.

  • Calla. No os he contado. Lo tuve que devolver – dijo entre profundos lamentos.

  • ¿Y eso?

  • Pues nada. El de la foto tenía una mancha blanca preciosa en la zona del abdomen. Yo quería ese; pero el que me trajeron era todo de color café. No me gustaba.

Suficiente, aquello comenzaba a ser superior a mí. No sabía en donde meterme, solo quería que terminase la rueda de prensa y poner fin a aquella mañana de locos.

Hacía ya un rato que había dejado de lado mis obligaciones informativas, y esperaba que aquello no se tradujese en problemas con el Grillo Amarillo, por lo que me resigné a colocarme al final de aquella maraña de periodistas feroces que habían demostrado una mayor profesionalidad que el que aquí suscribe. Me costó introducirme en el ambiente que allí se había creado, con todos esos cagatintas pisándose los unos a los otros sin mayor preocupación que la de sacar un titular jugoso. Nunca dejará de sorprenderme esa doble moral: sanguinarios con sus semejantes, pero mugrientos lacayos en lo que se refiere a sus relaciones con el poder. Condenados a soportar la irrefrenable seducción de la opulencia, del misticismo escondido tras los pequeños placeres. Muchos son capaces de resistirla, algunos no; y otros, sin embargo, terminan encontrando cobijo bajo la sombra de una botella barriguda de champagne.

Ilustraciones de Javier Fuertes.