Esta semana ha comenzado con una idea muy palpitante: la Unión Europea se resquebraja… otra vez.

El sábado pasado, día en el que los euroescépticos británicos, eufóricos, celebraron la convocatoria, por parte de su primer ministro David Cameron, de un referéndum el próximo junio para decidir si permanece en la Unión Europea, Yanis Varufakis, exministro de Finanzas griego contoneó su hercúlea figura por Madrid Río al grito de “Europa se muere y se desintegra”.

Si bien es cierto que hoy en día muchos los ciudadanos tienen un problema con esa Unión Europea a la que todos ponemos cara de Merkel recién levantada, pero realmente, ¿qué es eso que nos amarga más que el vivir bajo los densos nubarrones de Bruselas? ¡Pues qué va a ser! ¡La pérdida de nuestra soberanía popular!

Resumiendo las palabras de Varufakis, podríamos decir que nadie en todo el santo continente estuvo “muy acertado” a la hora de reaccionar ante la crisis de 2008, y que desde entonces, todo ha ido cuesta abajo. Pero yo me hago una pregunta, ¿acaso de verdad alguien sigue sabiendo que coj*** tendríamos que hacer?

Reconozco que, si hubiera sido tan afortunada de presenciar a Yanis clamando por un cambio radical que no sólo venga de la izquierda, sino que incluya a todas las fuerzas liberales para poder por fin terminar con el “establishment” yo misma habría aplaudido hasta sacar callo. Ahora bien, ¿nos salimos de Europa?, ¿nos quedamos en Europa pero exigimos que se nos represente de una manera más directa?, ¿volvemos al modelo sóviet?, ¿esto cómo leches se soluciona?

Yanis "sexy" Varufakis

Lo que pasa es que el tema de la soberanía da mucho juego en campaña, y después nos encontramos que en todos los puntos del espectro político hay alguien que se llena la boca con ella.
Pero por más que lo pienso, todo lo que implica la soberanía hoy en día se me hace tan cíclico que pierde el sentido. Mientras que unos apuestan por la globalización a toda costa, hacia el progreso, y la integración de fronteras -y por lo tanto, en delegar poderes hasta perder el sentido-, otros exigen que la soberanía sea devuelta su dueño, la gente, porque nadie nos conoce y gobierna mejor que nosotros mismos (aparentemente).

Después de la crisis y del austericidio que hemos tenido que sufrir, especialmente en el sur del Viejo Continente, la balanza se ha empezado a decantar hacia esta segunda corriente. Principalmente porque a pie de calle existe la sensación de que a los sureños se nos ningunea completamente en ese Parlamento Europeo que, la verdad, tampoco sabemos muy bien para qué esta. Pero una cosa tenemos clara, ¡que no nos representa!

¿Seguramente estaríamos más a gustito coartándonos y dándonos libertades desde la calle Floridablanca? La verdad que me entran serias dudas. Mejor dicho, ¿de verdad estamos preparados una soberanía útil, seria y competente? Lo siento, pero me veo obligada a decir que ni de coña.

Ya no creo que fuera un problema derivado del cansancio de “votar por todo” (que tomando sólo el ejemplo de la campaña participativa de Podemos, en la que ni si quiera los considerados demócratas entusiastas conseguían mantener el nivel de participación, a una le entran serias dudas), o de quien debería poder votar (si, ¡POR DIOS! me encantaría que se pudiera reabrir el debate ‘stalinista‘ de conversación de botellón de que debería haber exámenes para votar), si no de que en realidad aún seguimos posponiendo la alarma del despertador que saltó por primera vez hace ya ocho años.

Aquellos que “pincharon y cortaron” en la transición se han lavado las manos y ya disfrutan de sus pensiones, presumiblemente en la cubierta de un yate de Mallorca, y los del “baby boom” están haciendo cola en las puertas giratorias. Nadie se ha encargado en ningún momento de plantear este país, o cualquier otro, como una sociedad que, independientemente de la fuerza que gobierne, crezca de manera ordenada, lógica y sostenible.
Ahora nos toca a nosotros, nietos de la democracia, que estamos más acostumbrados a terminar una discusión con un “yo no sé lo que habría que hacer, pero sí se que esta solución no me gusta”, tragar con el pastel. Y eso es algo que ni con toda la soberanía del mundo solucionamos.

(Vamos a ser francos, somos una mierda de especie, y aquí estamos, en pleno siglo XXI, yendo más hacia atrás que hacia delante y con un planeta que lo mejor que le puede pasar es que se le estrelle algún pedrusco espacial.)

Pero volvamos al tema, en España llevamos ya dos meses sin gobierno (y en aumento), pero es que todo, TODO, no sigue pareciendo mal –a Mariano no le quiere ni el PP, los piojos de los pelos largos nos dan miedo, no sabemos a quién le queda peor el traje si a Albert o a Pedro, y Garzón nos cae simpático, pero claro es comunista-.

En el fondo lo que pasa es que sabemos que pase lo que pase, nada va a ser como antes, y no, seguramente no nos llegue para el chalet adosado y los domingos de padel, ni para el descapotable cuando nos de la crisis de los sesenta. Y eso nos incordia muy profundamente, por no decir que no nos hace ni puñetera gracia.

 

el sueño de todo español que se precie
Hemos llegado a un punto de inflexión, somos como ese niño rico que se queda sin herencia y se tiene que poner a currar. Sabemos perfectamente que deberíamos estar estrujándonos la cabeza, poniendo toda la carne en el asador y atreviéndonos a dar un golpe de timón. Pero nos da pereza, una pereza terrible, porque en realidad no tenemos ni puñetera idea de lo que hay que hacer para estar a la altura ¿no se suponía que los problemas gordos los solucionaban mamá y papá?