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Son ahora las 12 de la mañana en el barrio madrileño de Chamberí; asoma ya el sol por los altos edificios de la Calle Almagro, bañando las terrazas de un color ocre amarillento. Veo desde la ventana del Santo Mauro la trayectoria inalterable de los transeúntes, embutidos en sus trajes de poliéster, que avanzan de manera endiablada hacía a aquel lugar en donde haya que empezar a comerse el mundo.

Estoy en una de las habitaciones de este lujoso hotel, ornamentada con motivos rojizos y de un blanco puro, con una botella de champagne que no me pertenece. La he sacado de una de esas cubiteras que rodean la mesa, de centro encarnado y con una ristra de rosas vivas como si estuviesen recién cortadas.

Una parte de mí está deseando quedarse con esta botella de barriga baja, pero estos sudores fríos están haciendo que recupere la cordura para así poder recordar las verdaderas razones por las que estoy aquí:

<<La VII Edición de la Máison G.H. Mumm llega a la capital española bajo un nuevo estandarte : “De la calle al cielo”. Un acontecimiento gastronómico sin precedentes donde la alta cocina se fusiona con la realidad del Gourmet Street Food, porque la excelencia gastronómica va más allá de las categorías.>>

Amanecí una mañana de domingo con este mismo reclamo, un pase de prensa que un antiguo compañero de la facultad había conseguido para ser testigo de tal derroche de clase. Desconozco sus razones, pero decidió compartirlo con el resto de colegas desempleados que aspiran a hacerse un hueco en el hostil mundo del periodismo. Un encuentro organizado por Máison Mumm, una reconocida marca de champagne que durante años se ha dedicado a empapar de alcohol los podios de la Fórmula 1. Tendría lugar en un prestigioso hotel del barrio madrileño de Chamberí, y como jamás encontraría una oportunidad semejante de profanar con mi presencia aquel lujoso palacete, pues me dije “¿por qué no?”. No tuve más remedio que agenciarme ese honor, a riesgo de ser repudiado por la jet set; aunque era una contingencia que estaba dispuesto a superar.

El evento se celebraría a partir del día siguiente, día en que darían acceso a periodistas y demás entendidos en la información de sociedad. Profesionales versados en la amabilidad y el buen gusto, capaces de conseguir que te sientas como en casa. Cabe esperar, es parte de su trabajo. Las celebraciones se dilatarían durante un par de días con eventos acondicionados para personajes de alto nivel, por lo que mis esperanzas de codearme con la flor y nata de nuestra sociedad pasaban por presentarme el lunes en aquel oasis de fogones y champagne.

“DE LA CALLE AL CIELO”

FOOD TRUCKS Y PUESTOS DE COMIDA CALLEJERA….desde 10€

TAPAS BAR (PREVIA RESERVA)….40€

RESTAURANTE EL CIELO (PREVIA RESERVA)….200€

Acepté de manera inmediata que bajo ningún concepto pobaría alguno de esos menús; pero no había tiempo para lamentarse, estaba obligado a cubrir aquella cita gastronómica en la calle Almagro de Madrid. Un remanso ofimático en donde se respira paz y tranquilidad, nada de aquel ruido causado por la inestabilidad de nuestros días, poblado de gente que realmente sabe comportarse y no perder la calma ante una situación desfavorable.

Así que allí estaba, en el Santo Mauro Hotel. Un palacio de piedra de contraventanas azules con las que sacar partido al descomunal rótulo de color dorado –cortesía de Máison Mumm– que por aquellos días presidía la entrada. Yo no estaba muy seguro de cómo tenía que operar, la manipulación de pases de prensa no es una disciplina que se pueda decir normalizada, el protocolo puede verse alterado según a qué lugar vayas a incordiar con tu plumilla.

¿Alguien me reconocería?¿Debería ir con la documentación por delante?

También puedo pasar sin más.

Al tipo de la entrada no pareció importarle. Parecía estar allí como un elemento decorativo más en lugar de un profesional capaz de reservarse el derecho al uso de la violencia en caso de ser necesario. Aunque en estos sitios la función del portero se reduce a una buena presencia –no tan amplia como podría darse en cualquier antro infecto– que haga sentir a sus invitados como en casa. A la gente adinerada le pirran los chavales jóvenes, de ojos claros y buen tipo… quizá para que la gente como yo se dé por aludida ante el agravio comparativo.

Nos recibieron –a mí y al resto de la prensa– en la terraza del hotel, de ambiente rústico y desenfadado, con recurrentes elementos de madera: mesas, sillas, bancos, cajas frutales con flores exóticas y el clásico palé reconvertido en sofá. Una suerte de ingenio y buen gusto donde los amantes del champagne y la alta cocina pueden encontrar el paisaje perfecto para sus selfies y bodegones digitales. A mi llegada ya estaban preparados dos miembros del servicio cuya única –aunque indispensable– función no era otra que surtir de champagne a todo el que se pusiese por delante. La intención del evento era acercar esta sedosa bebida carbonatada a gente de todo tipo, y conociendo las costumbres de los profesionales de la comunicación, qué mejor momento para descorchar que las once de la mañana de un lunes.

Había conseguido mis principales objetivos: acceder a este exclusivo recinto y tener en mis manos una de esas copas con champagne gratis. Eran diminutas, por lo que me veía obligado a acudir una y otra vez a aquella joven camarera, de origen incierto, cuya mirada aseguraba conocer lo que le esperaba aquella mañana. Nunca ha sido mi estilo aprovecharme de esta gente, pobres currantes que ni siquiera saben cómo han llegado hasta ahí, extraños a todo aquel hedonismo recalcitrante; pero sea todo en beneficio de la ciencia periodística.

clip_16122015-IMG_3185_phixrEn el fondo norte de la terraza, pude ver un par de food trucks plantadas sobre anchas cuñas de madera con sus maestros dándole caña a los cuchillos. Todos contaban con una amplia gama de bayonetas patrocinadas por la marca Quttin, un gigante de la cocina mundial que no pierde la oportunidad de participar en la consagración de cualquier chef que comience a despuntar. Cuchillos Santoku, Banno, Deba… perfectos para el despiece de pescados, aves y carnes; y la joya de la corona, el cuchillo Yanaguiba. Un arma de precisión donde las haya, 20 centímetros de hoja mortífera con la que filetear bien a gusto sin el más mínimo esfuerzo. Siempre ha sido necesaria cierta destreza a la hora de manejar un instrumental peligroso que no atiende a descuidos; y allí, ante mis ojos, tenía a un joven cocinero manejando esos filos con la pericia de un faquir seriamente entrenado. Estaba desprendiendo rigurosas lascas de cochinillo confitado para rellenar un panecillo al vapor –probablemente asiático– acompañado de una rúcula lozana y resplandeciente. Se dilataron todos mis poros al contemplar el sudor de aquel pobre cochino, abandonado a su suerte en el fuego, sin mayor compañía que la de sus propios efluvios. Aunque no era el único embelesado por la gallardía de aquel puerco: seis o siete personas más supieron apreciar, bajo la alargada sombra del brunch, lo versátil que puede llegar a ser una bestia al servicio del buen diente.

Cerca de aquel food truck pude ver a un tipo que parecía ser el promotor de aquella parafernalia exhuberante, encargado del bienestar común y de que los actores allí implicados encontrasen algo que les confirmase el éxito de la cita que habían organizado. Al menos la simple sensación de que sus esfuerzos no habían sido en vano. Su semblante, más identificable con un vividor ibicenco, resaltaba sobre el resto de vestimentas, concebidas para un festejo diurno y algo más desenfadado. Vestía un pantalón ajustado de color rojo con una americana azul marino, entallada para lucir tipo, y una camisa de cuellos picudos acompañada de un pañuelo de seda. Su peinado era de lo más histriónico, con un tupé relamido que le llegaba hasta la nuca, y un don de gentes era extrañamente risible. Guiño aquí, guiño allá… Deseoso de un buen apretón de manos que le cubriese de gloria.

Comenzaba a hacérseme monótona la estancia en aquella terraza, no sabía muy bien para donde tirar, de modo que me hice con una nueva copa y me dirigí hacia el interior de aquel palacete. La primera impresión no defraudó mis espectativas: justo a la entrada me recibió una exquisita escalinata acompañada de un frondoso camino de rosas de un color rojo intenso. Mis retinas no estaban acostumbradas a una pigmentación tan agresiva. “Serán falsas”, pensé. Pero nada más lejos, aquellas cabronas eran reales. Pura flor satinada traída del mismísmo Ecuador, sacada de una serie de invernaderos de la denominada capital de la rosa, Pedro Moncayo. Al menos eso me dijo la encargada de prensa al sorprenderme manoseando aquellos sedosos pétalos:

  • Buenos días, ¿puedo ayudarte en algo?

  • No, muchas gracias. Todo está en orden.

  • Tú eres del medio…

  • El Grillo Amarillo – dije con la mente llena de dudas, clamando al cielo porque ése fuera el nombre del medio para el que iba a escribir.

  • Ah, claro. ¡Si ya había hablado contigo! Estábamos esperándote – dijo con una amplia sonrisa del todo trabajada.

  • Bueno…, en realidad no fui yo el que gestionó esto. A mí solo me avisaron para que viniera – estaba en situación de creerme alguien importante, y aunque haya sido el único periodista de la órbita del Grillo Amarillo que se ha ofrecido a participar en este “reportaje”, así lo hice. Ellos nunca lo sabrán.

  • Sin problema. Si tienes cualquier duda me comentas, andaré por aquí cerca.

Admitámoslo, aquella tipa estaba en su salsa, sacando a pasear esa fachada impuesta por la altura del encuentro, con relaciones públicas y demás profesionales de la información revoloteando por aquel alcázar de alto standing. Nunca he hecho mucho caso a lo que tiene que decir este tipo de gente, adoradores del poder que te salen con el mismo cuento ruin y servil que se puede esperar de un majadero que permite que el mundo avance sin mayores sobresaltos.

No estaba para un baño de masas, así que decidí continuar con la misión de reconocimiento, acompañado de mi champagne gratis, con la intención de conocer un poco mejor el hábitat natural de aquellos fanáticos y sibaritas de la cocina moderna. Quería comprender el mundo que supuestamente estaba “cubriendo”. Necesitaba algo de perspectiva y aquel potente champagne lo estaba consiguiendo, facilitándome un estado de letargo que me elevaba hacia el plano de existencia en el que parecía encontrarse esta gente, embriagados por la tendencia y finura del gas seco . Cada vez me costaba más sortear a toda esa gente y disimular una compostura que había perdido hace tiempo. Aunque no parecía importarle a nadie, cegados por la miscelánea de una decoración rigurosamente estudiada y sin prestar atención a aquel barbudo desorientado que había invadido su fiesta.

Ilustraciones de Javier Fuertes.