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Un día cualquiera, de lluvia, como los que suceden últimamente, estaba sentada en el sofá de siempre. En mi sofá, el de mi casa. Estábamos conversando varios, escuchando música. De repente, boom, una fea edición, de estas viejas ediciones del País, de un libro cualquiera calló sobre mi cabeza. Sin previo aviso. El libro tenía una portada tan fea y me dio un susto tan atroz que mi primera impresión del mismo no fue especialmente positiva; sin siquiera mirar el autor ya me pareció al menos molesto y horrible. Con cierta apatía, leí el título. El extranjero  de Camus.

 

Poco sabía yo sobre el filósofo; apenas si había ojeado un par de ensayos del mismo. No obstante, me llamó la atención el título, El extranjero. Me preguntaba cómo abordaría un intelectual argelino el tema de la colonización de su país, la opresión de una cultura sobre la otra, la reflexión y el análisis de qué es sentirse extranjero en el propio territorio. En cuanto se fueron mis amigos empecé la novela de fea portada. No podía esperar más, ensayo contado  en formato de  entretenida literatura. ¡La panacea!

Pronto me di cuenta de que mi primera impresión sobre el libro era una total y completa recreación de mí misma proyectándola en Camus, elaborada desde la profunda ignorancia. El libro no trataba para nada los temas que yo deduje que serían el argumento fundamental de la obra. Aun así, a pesar de que en base a esta confusión  se esperase que el libro me profesase una decepción, Camus me sorprendió muy gratamente. El filósofo no trata el tema cultural, ni el tema geográfico; el argelino no escribe sobre la identidad nacional. El libro trata sobre como uno se siente extranjero de sí mismo, de su día a día, fuera de su realidad en cuanto se da cuenta de lo absurdo y aleatorio de la vida misma. A través de un extraño Mr. Mersault, -en el que a través de descripciones simples, sintaxis claras y rapidez verbal, Camus nos convierte a nosotros- el filósofo nos evidencia lo absurdo del sentido vital.

La muerte no avisa, la desgracia no se anuncia; por lo tanto, podemos morir tanto a los 20 como a los 70. La muerte, junto con el nacimiento, es la esencia de la vida. Por ello, deberíamos desde el minuto uno esperar y buscar, hacer relevante ese sentido último con el que el ser humano intenta, desesperadamente, hallar una razón para su existencia. El concepto del mismo es paradójico, puesto que, primeramente es imposible alcanzar siempre y en todo momento (en el que la muerte es posible) esa satisfacción vital que buscamos -la cual, así mismo,  perdería esa cualidad de otorgadora de sentido si la alcanzásemos-; y en segundo lugar, porque la búsqueda de un sentido final implica la capacidad racional de toma de decisiones. Camus echa por tierra la creencia de que tenemos la potestad de decidir. Para tener esa habilidad, deberíamos ser capaces de vivir las múltiples vidas posibles tomando cada una de las variables de decisión y decidir así, objetivamente, cuál contribuye de manera significativa a la consecución de nuestra meta final. Por lo tanto, la decisión es una ilusión.

Entonces, ¿qué? Avanzas en la lectura y te encuentras Mr. Mersault, te hayas desesperado porque tu vida carece de una razón y todo te viene dado por el devenir; tú simplemente eres la marioneta de las casualidades de las circunstancias, de quién sabe qué fuerzas. ¿Qué nos queda para vivir? ¿Para qué seguir? Gracias a las amplias descripciones que Camus hace a través de Mersault, tanto de sus sensaciones -sobre todo visuales- como reflexiones, podemos llegar a  una conclusión: la vida es sensación, y aunque las sensaciones engañen, aunque no sepamos si quiera si son ciertas, el hecho de que las sentimos es real. Debemos aprender a experimentarlas teniendo claro que toda acción es nula.

¿Nihilismo? No lo creo. Permítanme decir que Mersault llega a la felicidad, que Mersault llega al vitalismo.

 

There is something infantile in the presumption that somebody else has a responsibility to give your life meaning and point… The truly adult view, by contrast, is that our life is as meaningful, as full and as wonderful as we choose to make it.

 

Richard Dawkins , The God Delusion”