Hillary Clinton es la candidata que mejor representa al establishment norteamericano. Con un pequeño toque liberal moderno, un discurso integrador y la membresía de una minoría a la que defiende con palabras pero con pocos hechos, nadie podría continuar mejor el legado conservador de Obama, Bill Clinton y todos los presidentes moderados norteamericanos que la señora Hillary. Se codea con jóvenes, empresarios, trabajadores y ciudadanos corrientes, sonríe, hace declaraciones a favor de la igualdad de mujeres y hombres y, lo más importante, está más vacía de contenido que el actual presidente. Lo que cualquier miembro de la élite americana desearía, vaya.

Hillary lleva en una posición de comodidad en el partido demócrata desde la marcha de su marido de la política activa, de la que se ha sabido aprovechar para ascender. No me malinterpretéis: todo lo que ha conseguido Hillary ha sido gracias a ella sola, dado que no hay mayor farsa de matrimonio que el de los Clinton (quizás solo los Borbones hayan sabido disimular una unión en un matrimonio destrozado). Hillary es una persona fuerte que ha sabido ascender tal y como ascendieron todos los políticos americanos masculinos, obteniendo grandes apoyos financieros y a base de campechanismo e imagen.

Hillary pertenece a la élite americana, y precisamente esta comodidad es a la vez su principal fortaleza y debilidad. Parte en una posición mejor que cualquier otro candidato para conseguir la presidencia, incluso que Donald Trump, pero a la vez la vagancia con la que afronta sus campañas le llevó a perder las primarias de 2008 contra un novato como era Barack Obama. Y en 2016 la tendencia podría continuar: a Hillary le ha salido un grano en el culo llamado Bernie Sanders, que le lleva comiendo voto durante el pasado año y ha llegado a las primarias en una situación igual a la de la señora Clinton.

¿Cómo es posible esto? En primer lugar, el conservadurismo con cara progresista de Obama ha hecho bastante daño al establishment (recordemos que el movimiento Occupy Wall Street ocurrió durante el mandato de Obama y no de otros presidentes de imagen más conservadora como George W. Bush), sobre todo entre la población joven. En segundo lugar, Sanders, al igual que Obama, ha sabido moverse mejor contra Hillary: mientras esta esgrimía como principal argumento que era mujer y la importancia de tener a una mujer liderando al país más influyente del mundo (un argumento con bastante peso, no obstante), Bernie ha sabido adelantarle por la derecha y vender que la solución a los problemas de desigualdad es hacer que todas las personas tengan las oportunidades que ella o Hillary están teniendo.

Bernie es mejor candidato que Hillary: su discurso socialdemócrata es prácticamente un hito en un país donde los Republicanos montaron en cólera por la tímida reforma sanitaria de Obama; tiene una honestidad que a Hillary le falla (por favor, ni siquiera es capaz de admitir que mantiene su matrimonio ruinoso por no fallarle a la imagen de familia tradicional americana) y, por último, ha sabido conectar mejor con la población a la que la política afectará más de aquí a dentro de 30 años: los jóvenes.

En las primarias de Iowa, donde se produjo un empate técnico, Bernie consiguió un brutal 84% de voto joven, lo que supone unas cifras altamente significativas: pese a la influencia cada vez mayor de ideas sobre el empoderamiento de la mujer entre la juventud, Hillary es incapaz de conectar con una juventud que ve cada vez como la instrumentalización de las élites de ciertas conquistas sociales son mera fachada para perpetuarse en el poder (véase Obama y los diferentes movimientos en las calles en contra de los asesinatos indiscriminados de personas de raza afroamericana por parte de la policía estadounidense).

Sin embargo señores, esto no es Europa, es Norteamérica, y es mejor ir con un manto de escepticismo puesto encima cuando hablamos de política. No voy a negar que me agrada la idea de ver a un presidente que se declara públicamente de izquierdas en Estados Unidos, pero no puedo evitar que después del fiasco de Obama, que demostró claramente que poco le separaba de George Bush (sus grandes triunfos fueron barridos por el senado Republicano o producto de decisiones judiciales, como el matrimonio homosexual), hay que andarse con cuidado a la hora de mostrar el apoyo a cualquiera que venga de la Casa Blanca. Pero oye, quien sabe, igual hasta la cosa sale bien.

Además, no hay que cegarse ante la victoria de Bernie en New Hampshire y el empate en Iowa. Hillary tiene de su lado gran parte del poder económico y de la clase alta, que ven con malos ojos el radicalismo ultra conservador de Donald Trump y Ted Cruz por la parte republicana. En un país donde los apoyos empresariales y de las grandes fortunas son tan importantes, Bernie Sanders lo tiene muy difícil, y es posible que Hillary remonte si mantiene su discurso amigable y moderado. El proceso electoral en Estados Unidos es largo y difícil, y aún falta mucho para que llegue a su conclusión, así que hasta dentro de unos meses (o años) no podré decir si el cambio en Estados Unidos es real o no. Y si resulta que no pues, oye, mirad que meme más gracioso.