Muchas veces me he sentido eufórico sin razón. Sé bien, no obstante, que esta expresión de «sin razón» no evidencia el hecho irrefutable de que no existiera razón para mi euforia, sino meramente resume que me era imposible conocerla, ya sea porque en el tiempo eufórico no iba a detenerme a estudiar su razones o porque en los tiempos depresivos posteriores todo me dé pereza. Ahora, sin embargo, no me encuentro ni deprimido ni eufórico; por lo tanto, creo correspondiente el estudiar, por responsabilidad social, las razones nucleares que provocan dicha euforia. Analizar estas razones evidenciará, aunque indirectamente, las razones mismas de mi depresión; pero no debe creerse por ello que mi intención con este artículo sea analizar mis depresiones mediante un sutil subterfugio que consiste en pretender escribir sobre mis euforias sabiendo que al público general le atraerá más fuertemente esta segunda iniciativa; es decir, como se dice en lenguaje vulgar, dar gato por liebre. Y poco importa que sea un maestro del arte de dar gato por liebre: lo que importa ahora es asumir que tienen el suficiente respeto por mi honestidad como para confiar en mí. Así pues, confíen en mí y pasemos al párrafo siguiente.

A menudo buscar una razón implica, antes que desmenuzar un concepto o explorar una emoción, encontrar un desencadenante; esto es, un acontecimiento que desencadene una reacción emocional en el sujeto; en este caso, el articulista y su depresión o su euforia. Necesitamos, pues, recordar qué acontecimientos marcaron el principio de mis depresiones; no en un sentido remoto, sino como pauta reciente. Pero primero, pensando en adelantar ciertas descripciones personales que preveo necesarias a fin de una correcta comprensión de mis motivaciones (o de cualquiera de las vuestras), debo decir unas cuantas cosas personales acerca de mí; no únicamente por narcisismo, sino, como expliqué, porque es el único modo de que el lector encuentre coherente mis respuestas emocionales a ciertos estímulos significantes. Veamos, luego, algunos problemas asociados a este punto.

Soy una persona envidiosa, cruel, áspera, narcisista, pueril, huraña, superficial, celosa, competitiva, mezquina, caprichosa, cobarde, traicionera, perniciosa, arrogante, deshonesta, voluble, egoísta, y avariciosa; no tengo apenas empatía, compasión ni grandes sentimientos de fraternidad; la sociedad me trae sin cuidado; la política me resulta superfluo cotilleo, como niños organizándose los berrinches; la patria, la ciencia, la democracia, o las religiones, estamentos pedorros para congratulación de mediocres incapaces de no delegar responsabilidades, de depender más que de confiar en sus propias capacidades, de necesitar consuelos fáciles, autoindulgencia; casi todo el tiempo, en resumen, lo único que deseo es ver el mundo arder. Ahora bien, ni siquiera este resumen expresa mi personalidad; no porque la personalidad no pueda resumirse, sino porque la personalidad no puede expresarse: existe un principio conceptual de la personalidad que indica que no somos más que interacciones, fusiones, multiplicidades, inconsciencia, conflictos…; es decir, y no creo pecar aquí de dogmático, fraude. Somos un fraude (consciente o inconsciente) antes los otros, somos un fraude ante nosotros mismos y seríamos un fraude en tanto fraude si esto no causara risa por resultar casi ilógico.

Dicho esto, si reparamos, por ejemplo, en todos los momentos exclusivos de nuestra historia personal que hemos olvidado, nos damos perfecta cuenta de que estamos nutridos a base de recuerdos muertos; es decir, que nuestra personalidad está forjada, desarrollada, sobre los cimientos de un cementerio perdido, invisible, sepultado bajo millones de instantes nuevos. Esto significa que somos una forma falaz de ser, fraudulenta.

No sé bien qué nos empuja a seguir adelante dentro de las características íntimas apropiadas de esto que llamamos personalidad: supongo que lo único que nos empuja es la costumbre, el orgullo, insistir en la manera que nos funciona para defendernos del mundo con nuestro aprendizaje perdido (pues madurar significa aprender a defenderse de un mundo gigantesco en base a las experiencias adquiridas sobre un mundo social pequeño). Pendemos, pues, en el vacío: no existe referencia y nuestra personalidad es el mejor ejemplo posible de lo que Baudrillard llamaba simulacro, algo en sí sin sentido, simbólicamente extinto, pero continuando con los mismos ritos cadavéricos, las mismas rutinas baldías y las mismas respuestas exangües. Una parte de nuestra consciencia está aquí ahora aprehendiendo el mundo, pero esta misma consciencia que aprehende, antes bien, interpreta, interpreta en base a manías, que son la referencia podrida de los recuerdos que nos han marcado pero que se encuentran, no obstante, borrados; y en esta mirada está entonces contenido un mundo desdibujado que únicamente comparamos e intercambiamos en un veloz juego de manos con el mundo independiente de nuestra observación, es decir, lo que podríamos denominar mundo objetivo, mundo que no podemos discernir, pues tocarlo implica mancharlo, y el tacto acaricia después la mancha pensando que es ese mundo original, confundiendo la mancha con lo real y organizando todo su sistema de respuestas venideras en torno a esta falsedad. Así que nuestra personalidad es de algún modo ella misma reafirmándose en el autoengaño, como un círculo penoso o un cúmulo de errores arrogantes, en una auto-hipnosis patética para no reconocer jamás que uno no ve el mundo, sino que lo re-interpreta sobre el abismo.

Visto esto, queda la resolución siguiente: que somos (acépteme el lector este verbo a pesar de su demostrada falsedad) nuestras respuestas, esto es, siempre distintos en cada medición; pues ni siquiera respondemos siempre igual en las mismas condiciones o con distintas personalidades ajenas; la personalidad es caprichosa, no es un ente homogéneo que uno pueda congelar, sino que se encuentra sometida a los vaivenes del instante, de la hostilidad o la ternura del otro, siempre cambiante, simulacro adaptativo, un intangible perfumado de fantasma. Y en tanto que mis respuestas, esto es, mi cobardía, compasión o egoísmo, son variables no sujetas a expresión, sólo quedan la razón de los estímulos y su hechicería simbólica para comprender mis depresiones o euforias. Expondré un ejemplo de esto que quiero decir.

Mi última depresión fue, por lo visto, tras un mal polvo con un polaco. ¿Por qué me deprimí, se me preguntará, si al menos follé? Pues es precisamente esta respuesta la que debemos ofrecer al lector, desmenuzar y al fin explicar. El estímulo está claro: reaccioné con depresión a un mal polvo. Pero no fue sólo un mal polvo, y es aquí donde la explicación se complica, donde debemos abrir innumerables posibilidades a fin de descubrir el símbolo escondido tras este acto tan poco amoroso. No es sólo, pues, que fuera un mal polvo; sino, ¿qué significó para mí este espantoso polvo?

Para iniciar la investigación psicológica al respecto de este horrible polvo no será necesario ofrecer datos íntimos sobre la persona en cuestión con quien me acosté; pues, aunque me dejase insatisfecho, al menos se acostó conmigo: ¿cómo podría ser tan desagradecido? Además, por esta razón, no le guardo ningún rencor. Sólo serán necesarios unos pocos detalles pertinentes sobre la relación; detalles escasos pero inteligentemente seleccionados que nos conducirán al meollo de dicha cuestión. Por ejemplo, a pesar de haberlo estado considerando todo el tiempo como un mal polvo, e incluso de haber dicho que quedé insatisfecho, no fue, a todas luces, un mal polvo: recibí cariño, palabras de consuelo, estuvimos aceptables, la duración fue superior a lo habitual, los movimientos fueron sanos, ágiles, receptivos, y existió, en general, una mutua disposición a satisfacernos, una coordinación de los roles adecuada, honesta, directa, generosa.

¿Por qué fue, entonces, un mal polvo? ¿Por qué resulté claramente insatisfecho? Mejor aún ¿a qué me refiero cuando expreso mi insatisfacción con la relación sexual? El sexo no tiene ningún misticismo: uno se deshace de sus fluidos internos y queda contento con ello; no digo que follar sea un simple deporte como otro cualquiera, sólo digo que, a pesar de contar con sus propios términos, no lo acompaña nada más profundo que la búsqueda de dar o recibir placer (a veces se dan las dos juntas, pero no se recomienda): ningún espíritu, ningún deber o responsabilidad, ninguna aspiración religiosa. Un hombre penetra analmente a otro hombre; al acabar, ambos hombres se despiden educadamente y no se vuelven a ver las caras. ¿Es que quería volver a verle la cara a aquél hombre? No, por supuesto que no. El malestar nace, precisamente, de la certidumbre de lo mundano; no es que no pueda resolver el deleitarme con mundanidades, sino que cuando la mundanidad lo acapara todo, lo que reina es la incertidumbre de nuestra misión en la tierra; aquel hombre, en todo caso, no es un sujeto desencadenante relevante, sino un mero testigo accidental. Por supuesto que no tenemos misión en la tierra, pero ¿qué ocurre si prefiero deprimirme por ello? Repugnancia de un deseo que es sólo roce biológico: el vacío entre los átomos que somos no se puede violar; me gustaría follaros a todos hasta hundir el mundo en una absoluta fusión nuclear.

Así pues, habiendo hallado primero el desencadenante, explorado después los significados, y desmenuzado al final los objetivos, hemos llegado a la conclusión de que mi depresión surgió tras la contemplación de un ansia mística imposible de satisfacer; en sí mismo, esto no tiene que ver necesariamente con el sexo, pero en tanto que el sexo dispone al individuo a un estado crítico de subjetividad, es normal que, partiendo de este estado, uno se pueda deprimir tanto como pueda. El sexo, quizá, sea el último reducto del espíritu; y si el sexo también nos abofetea, sólo queda una desesperación patética que encuentra su reverso tenebroso en el corazón de un laboratorio. Dicho de otra forma menos enrevesada, que mi insatisfacción sexual no era sino frustración espiritual.

¿Por qué considero degradante esa propiedad mundana del mundo, digna de depresiones, desesperaciones o intentos de suicidio? Escribir ahora sobre esto nos obligaría a extendernos mucho más de lo que cualquier paciente lector estaría dispuesto a tolerar, de modo que una responsabilidad casi cínica con la brevedad nos obliga a detenernos aquí, no sin antes advertir de que dicha aspiración tiene, por supuesto, sus propias claves, códigos, símbolos, etc., que sería necesario desmenuzar. Sin embargo, creemos haber cumplido aquí nuestra promesa de explicar la causa de nuestras depresiones, pues si bien es sólo un ejemplo, creemos que este ejemplo nos delata, de manera que aquel lector lo suficientemente inteligente como para encontrar en estas frágiles líneas significados más profundos de los aparentes, no necesitará más largas, aburridas, redundantes explicaciones sobre lo expuesto; sin duda, en primer lugar, no desmerezco con ello mis otras posibles motivaciones, pero quizá, en tanto prueba de una, sirva para que cada cual se aventure en su disección psicológica y se arriesgue a perder así su cordura; por otra parte, dado que hemos dedicado un amplio espacio a la imposibilidad de reducir la personalidad a cualesquiera cualidades del sujeto, proponer como reflexión final una afirmación contundente, exclusiva, dogmática y supersticiosa, podría ser contradictorio; ¿y quién sabe si no hemos sido ya contradictorios, supersticiosos, al responder tímidamente partiendo de la negación de cualquier conocimiento o respuesta?