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Los dos titiriteros de “Títeres desde abajo” / LA VANGUARDIA

Llevan los medios dos años buscando heridas en los partidos que promueven el cambio y al menor indicio de sangre se han lanzado con crueldad y vileza a despellejar al adversario. Esta vez, sin embargo, se lo han puesto muy fácil. Ahora Madrid promovió en sus actos de carnaval una obra de teatro que quedaba completamente fuera de lugar al hacer alusiones sarcásticas a la sociedad española. No solo mostraron la polémica pancarta de “Gora Alka-ETA”, sino que ofrecieron una obra teatral para un público compuesto en su mayoría por niños donde se ahorcaba a un juez y se violaba a una mujer. Una obra no solo fuera de la programación propia para niños, sino también para adultos en unas fiestas tradicionales.

La responsabilidad no puede recaer en los titiriteros. Quien más debía saber de qué trataba la obra era el Ayuntamiento de Madrid, quien tenía el deber de conocer íntegramente el contenido de esta, supervisarla antes de su puesta en escena y avisar previamente de su contenido en caso de reafirmarse en su contratación, por no hablar de buscarle una ubicación y un horario más acorde a la obra a tratar, “La bruja y Don Cristóbal”. Mostrar una obra de este calado es desafortunado en grado sumo y debería poner contra las cuerdas a la concejala de cultura de Ahora Madrid.

Sobra decir que la prisión preventiva para los dos titiriteros y la amenaza de ocho años de prisión es una vergüenza para un estado democrático. Lo primero, es fundamental reconocer con qué sentido se realizó la supuesta apología del terrorismo, y es en un ambiente de sorna y crítica, por lo que considerarlo enaltecimiento de posturas violentas es un error. No, los titiriteros no buscaban que el público admirase a ETA, eso es fácil de constatar. La sátira no es ni debe ser delito.  Aunque el nivel de la crítica sea bastante difuso, no podemos prohibir que la gente gaste bromas con lo que guste. Hacer gracias de temas violentos y discutibles es algo habitual en todo el mundo occidental: el humorista y monologuista Louis C.K., de los más aplaudidos en Estados Unidos, realizó un sketch donde acusaba a toda la iglesia católica de crear una institución con el único fin de follar niños con total discreción. No es un sketch que deba gustar a todo el mundo pero está en plena libertad de realizarlo porque el humor debe ser corrosivo si lo necesita. Dios me libre de emparejar a un humorista de tal calibre con lo mostrado en Madrid este fin de semana. Conclusión: la libertad de expresión y creación ampara a los dos titiriteros y urge su salida de prisión lo más rápido posible.

Que la derecha española y gran parte de los medios iban a atacar al partido ante este caso era algo evidente. Lo realmente sorprendente ha sido la reacción de ciertos componentes de la izquierda que han dejado, siendo francos, con el culo al aire a los titiriteros. Varios líderes de las autodenominadas fuerzas del cambio han acusado a los medios, a la sociedad en general, de realizar una persecución a su partido. El portavoz del Senado de Podemos, Ramón Espinar, hizo ayer suyo un texto que decía así: “…ninguno tiene la valentía de criticar a los artistas por su irresponsabilidad perjudicando a todo un proyecto municipal”, acusando de defender a los titiriteros únicamente por postureo y que no hay que defender a todo aquello que sea “débil” o “pequeño” así porque sí. A las pocas horas reculó con otro texto que retractaba su opinión entera. ¡Qué poco hace falta para cambiar de parecer!

ramonespinar

Baste decir que en estas palabras hay de todo menos valentía. Valentía sería defender a dos personas que por el mal proceder de un ayuntamiento han pasado esta noche en la cárcel y se enfrentan a pasar ocho años más entre cuatro paredes. Si el ayuntamiento de Madrid hubiese realizado su trabajo de forma correcta, nadie estaría hoy ni encarcelado ni cuestionado. No asumir esa responsabilidad y abandonar a su suerte a los dos titiriteros es un acto de pura y llana cobardía. Cobardía a defender algo que pueda hacer peligrar un puesto político. Además, muestra una conducta tan reprobable como anteponer los intereses de un partido político al pueblo al que afirma representar. Una actitud reconocible en el transcurso histórico de este país y alejada de todo aquello que implica cambio.

Podríamos decir que el señor Ramón Espinar, como tantos otros que se han postulado de esta manera en redes sociales, no son miembros del ayuntamiento y por tanto no afectan a la determinación de este. Lo concedo. Pero es que Ahora Madrid no se ha postulado en defensa de los titiriteros, quedándose entre dos aguas intentando no recibir demasiadas críticas que puedan seguir poniendo en tela de juicio al partido. Hoy Manuela Carmena ha asegurado que la prisión preventiva de los dos titiriteros es “un tanto excesiva”. No señora: es una vergüenza que dos personas estén en la cárcel hoy por una actuación teatral. Y asuma que, si están ahí, es por su propia responsabilidad.

Pero el mayor disparate vivido por el Ayuntamiento de Madrid salió de la propia concejala de Cultura. Atacada de los nervios, anunció poco después de que se detuviera a los componentes de la obra teatral que ordenada que se denunciara a los respectivos por “acciones ofensivas, completamente fuera de lugar en cualquier contexto y totalmente irrespetuosas con los valores de convivencia, respeto y diversidad propuestos por el Ayuntamiento de Madrid”. Al poco tiempo Celia Meyer debió darse cuenta de su error y ordenó la retirada de las acciones judiciales, para después acusar a los medios, a los políticos, al cielo y a las nubes de una confabulación contra su partido y contra su persona. Recordemos que Celia Meyer llegaba ya discutida por retirar por su gracia y libre albedrío símbolos franquistas que en realidad no eran símbolos franquistas.

Bien es cierto que el Ayuntamiento de Madrid no tiene potestad para modificar el contenido de la obra, ni falta que le hace. Pero es su problema que se haya mostrado en un contexto inadecuado. En otro contexto más acorde al contenido, nada hubiese pasado, los “artistas” hubiesen seguido haciendo su obra y aquí nada había que ver. El momento en el que el ayuntamiento de Madrid no asume toda su culpa en este aspecto y no se muestra a favor de los dos titiriteros hasta las últimas consecuencias está cometiendo un error doble, un error flagrante que los medios conservadores de este país no le van a dejar escapar. Y seguramente, los progresistas tampoco.