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Sospecho que JJ Abrahms habrá pasado más noches en vela puliendo el universo de George Lucas, encomendado ahora al músculo comercial de Disney, que expandiendo los escenarios que un día se prometió habitar, y no con brocha gorda, desprendiéndose de los Jar-Jar Binks y aquella curda ensoñación de los midiclorianos; sino con cautela y toda una legión de fans calentándole la oreja. No pareció importarle tener que contentar a una masa de acólitos exigentes –además de a la facción corporativa del proyecto–, con todas las particularidades y fetiches que el director ha decidido acoger en un derroche de diplomacia que parece cubrirle las espaldas. No se si comparable a la presión que sufrió Lucas aquellos dias en que se veía como legitimador absoluto de la fisionomía de una densa galaxia, pero cabía de esperar que las novedades presentadas fueran litigadas con ferocidad.

Refrescante y espléndida en su aspecto visual, Star Wars: El Despertar de la Fuerza se conforma como una sucesión de automatismos placenteros que, si bien podrían haberse desentumecido, dan lugar a una propuesta emocionante y efectista. Porque Abrahms continua en su línea tras las interesantes revisiones de Star Trek, con el goce visual como clave de un éxito que alcanza a golpe de portentosa miscelánea. Sin abstracciones desmedidas, entretenimiento puro. La saga recupera la mística original, junto con la estética cuidada –sin caer en la profusión digital– de las anteriores entregas, con la que saca partido a todo un inventario ruinoso que articulará una escenografía desoladora, solemne en su concepción de un tiempo pasado y devastador, en un planeta desértico, ecos del Tatooine más inhóspito.

Con el esplendor intacto de un Han Solo acompañado como siempre de su segundo de abordo, Chewie, Disney presenta un elenco dispar en su profundidad escénica y caracterizadora. Su protagonista femenino engancha y deja hacer a la trama, es rico en matices y, junto con su homólogo masculino, afroamericano y de estrecha capacidad interpretativa, se suma a esa lista de redenciones exigidas por las anteriores entregas (episodios I, II y III). También se nos presenta a un personaje carismático, genialmente interpretado por un Oscar Isaac que todo aquello que emprende lo borda, reconvertido en piloto intrépido y ejemplar, que dará mucho juego a lo largo de toda la saga, reconduciendo la deriva de semblantes pasados que nos hicieron poner el grito en el cielo. Amén de un villano de fondo incierto –no exento de polémica– e intrigante en los sobresaltos de su conciencia, fruto de los contados riesgos que acomete un guión que, sin ningún tipo de floritura, avanza firme hacia el éxito.

Disney recupera una saga que vuelve a sentirse erguida –a pesar de las polémicas desatadas tras la noticia de que sería ella la encargada de sacar la nave a flote–, pues se desprende de pesadumbres anteriores, de la fiebre digital… Ahora solo queda esperar dos años para la llegada de una segunda entrega que mucho tendrá que decir sobre la enjundia de este Despertar de la Fuerza.