David Bowie_5

Todos recordamos la primera vez que coincidimos con ese amigo que formaría a posteriori parte de tu vida, la primera vez que miraste a la mujer que se convertiría en tu gran amor, el primer gol que marcaste con el equipo o la primera vez que fuiste a un parque de atracciones. En la música también tienes este tipo de recuerdo, aunque su carácter subjetivo posibilita cierta naturaleza variable condicionada según la persona: puede que tu mayor recuerdo musical sea aquel fantástico primer concierto de tu grupo favorito, la primera vez que escuchaste cierto tema en un viaje inolvidable, ese disco que sonó mientras ocurría uno de los momentos más inolvidables de tu vida…  No recuerdo la primera vez que escuché Ziggy Stardust (en su nombre completo: The Rise and Fall Of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars) con fuegos artificiales de fondo, pero sí recuerdo el cúmulo de sensaciones que sentí conforme pasaba cada canción de aquella obra maestra. Concretamente, recuerdo mi asombro una vez empezó a sonar Five Years. ¿Qué era eso? Por aquel entonces no contemplaba música que no me diera la caña suficiente, y aquello se alejaba de mi propio canon. Pero había algo ahí que me impedía apartar la atención. Esa canción era emocionante. Y la siguiente, también… y la siguiente…

Me encantaría decir que desde ese primer momento reparé en lo importante que sería la música de David Bowie en mi vida. Que mi inmersión en su larga y heterogénea discografía iba a marcar cada año posterior a la primera escucha del Ziggy Stardust, que decenas de sus canciones se convertirían en fundamentales en mi trayectoria vital, que pasarían a ser mis favoritas y ponerme la piel de gallina en momentos tan diversos. Pero no, cuando escuché Ziggy por primera vez únicamente me limité a disfrutar de la escucha. Cuando eres joven e impresionable, encontrar un álbum donde todas las canciones son maravillosas por igual, te provoca una alegría innata: la alegría de haber descubierto algo grande. Esa clásica sorpresa mayúscula cuando descubres un disco perfecto, un cúmulo de canciones que iban a formar parte de la banda sonora de mi juventud. Ese final con Rock N’ Roll Suicide… no, desde entonces no podía estar solo.

Ziggy sonó de nuevo. Y otra vez, y otra vez… y una vez tuve sus temas tan trillados decidí expandir mis conocimientos de Bowie. Y ahí llegaron, poco a poco, sus grandes obras: Aladdin Sane se convirtió en mi favorito cuando nada me apetecía más que unas guitarras crudas reventasen mi cerebro, Low me emocionó cuando buscaba expandir mis gustos, Scary Monsters me fascinó durante meses cuando me encontraba más alternativo que nunca… Hunky Dory fue mi compañía en multitud de mañanas de sábado; Station To Station me sorprendió el primer verano antes de marchar a Madrid, llegando a emocionarme como nunca con aquel precioso Wild Is The Wind… Hay un álbum de Bowie para cada momento, para cada recuerdo.

Cuando hablamos de los grandes artistas solemos crear cierta distancia entre ellos y nosotros, pero no puedo sino considerar a Bowie como uno de los míos. Porque pocas personas alejadas de mi círculo han significado algo tan importante en mi adolescencia y juventud como el gran Duque Blanco. El artista único en su música, en sus vídeos, en sus movimientos, en su presencia escénica, escudado en aquellos ojos bicolores, en un aura de distinción que se podía palpar a través de una pantalla… Puedo afirmar, no sin cierto reparo, que es la primera vez que dejo escapar varias lágrimas por alguien a quien no conozco, no al menos en persona. La sensación de vacío en mi interior ahora mismo es como si hubiese caído un amigo cercano. Tengo la total seguridad de que me hubiese conocido menos a mí mismo si no fuera por su música, de que hubiese sido una persona diferente si aquella tarde en mi habitación no me hubiese dejado llevar por la intensidad de Five Years tanto como me dejaría llevar en los años venideros. Hay tantas canciones que forman parte de mí que es probable que tenga los mismos escalofríos cada vez que las vuelva a escuchar. Hoy no pienso escuchar otra cosa. No tengo miedo de venirme de nuevo abajo.

Fue precisamente Five Years la canción que hoy me ha emocionado hasta la médula, su in crescendo ha acabado limpiándome por dentro. Muchos me considerarán un exagerado, o no entenderán mi proceder, pero esta mañana ha muerto el que sin duda es mi mayor ídolo, el artista más genuino que descubrí cuando empecé a aficionarse por la música. Como tantos otros, mantengo por Bowie un respeto tan grande que ni la anécdota más oscura podría borrar su halo de magnetismo total, su carisma arrebatador… y sobre todo, sus canciones.

Aquí estamos por sus canciones. Y qué canciones. Para mí, David Bowie es el mayor artista de la música del siglo XX, una frase muy fácil de soltar en un día como este pero que cualquiera que me conozca sabe que he mantenido cada día estos últimos años. Su discografía en los 70 es inapelable, su cantidad de obras maestras inalcanzable, y su capacidad trasgresora, inclasificable. Una vez se fueron las musas, que son capaces de abandonar incluso al mismísimo Bowie, no se contentó con vivir de su glorioso pasado sino que siguió dando pasos hacia adelante, explorando nuevos caminos, como si el hecho de que su tiempo hubiese pasado no le importase para nada. Ese era Bowie. Alguien que podía convertirse en una referencia en cualquier estilo musical que acometiera. Su legado es leyenda viva.

Y aquí estamos, tantas generaciones distintas, llorando la muerte de un mito histórico de nuestro mundo. El compositor de la banda sonora de tantos momentos de nuestra vida. Se ha ido por sorpresa, pues como verdadero caballero que era no montó revuelo alguno con su maltrecho estado de salud, simplemente se dedicó a sacar las máximas canciones posibles antes de marchar. Ziggy ha vuelto a su planeta, pues Ziggy no era de este mundo, y desde allí se dedicará a observar, con su mirada bicolor, cómo su música permanece atemporal, formando parte de todos nosotros.

Oh, you’re not alone.

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