David Bowie no podría ser un fénix, porque dar por hecho que alguna vez murió sería mentir. Bowie ha estado siempre ahí, da igual que su silencio dure diez años o que saque una racha de cuatro discos malísimos. Su legado es profundo, su huella imborrable y su sombra es alargada. Oasis, Arcade Fire, U2, Blur o John Lennon son varios de los grupos y artistas que han colaborado con él, le han versionado o han reconocido que sin Bowie no serían nada. Desde sus inicios folk y pop hasta su último álbum en el que recogía un poco de cada Bowie para volver tras años de silencio (The Next Day, uno de los discos de su año en esta casa), la presencia de David Bowie siempre ha estado ahí, como otras figuras de la historia de la música del siglo XX.

Sin embargo, lo que hace a Bowie diferente a otros mitos del rock como Paul McCartney, Bob Dylan o los Rolling Stones es su capacidad no solo para adaptarse a lo que surge en la música, sino para adelantarse y avanzar un paso más allá de donde los seguidores nos esperamos que se coloque. Lo lleva haciendo años: desde Ziggy Stardust pasando por Low, Tin Machine o los discos de electrónica de los 90. Independientemente de la calidad de los mismos (comparar a Tin Machine con Low sería un despropósito), lo cierto es que Bowie ha sabido vivir en un constante proceso de reinvención, solo interrumpido por un silencio entre 2004 y 2013 que se saldó con The Next Day. En 2016, Bowie vuelve a la carga, pero esta vez de otra manera.

Como dije antes, The Next Day cogía lo mejor de cada Bowie (el glam en Valentine’s Day, el rock duro en The Stars o la electrónica en Love is Lost). Como disco de retorno es muy bueno, y cumple su función de sobra, pero sin embargo le faltó el toque que si tiene su nuevo disco, Blackstar. En Blackstar vemos a un Bowie que, mirando al pasado (concretamente a la estructura de canciones largas y desarrollos instrumentales de Station to Station y a la electrónica ambiental de Low) desempolva el saxofón, llama a unos colegas que tocan jazz y saca un disco donde música electrónica, jazz y rock se juntan de manera magistral. Esto, señores, es Blackstar.

Cuando Bowie sacó el single principal del álbum, que es la pista que da título al mismo, muchos nos quedamos con la boca abierta. El disco se abre con 10 minutos de electrónica, vientos y un Bowie magistral, cantando como si cada frase fuese un mantra único e irrepetible, y sumiéndonos en la oscuridad. Como si el propio título de la canción y del disco no fuese suficiente, la música habla por sí sola: Blackstar es un disco oscuro y un tanto difícil, pero también es cierto que la mejor obra de Bowie, Low, es así.

Tras la canción inicial, no hay descanso: ‘Tis a Pity She Was a Whore entra sin pausa alguna, jugando con el jazz como hizo la versión previa que Bowie había lanzado en el recopilatorio Nothing Has Changed, pero de manera menos electrónica y ruidosa. Lo contrario que le pasa a Sue (Or in a Season of Crime), otra canción que salió hace un par de años, y que en su versión de Blackstar pierde gran parte del sonido caótico del jazz que lo componía y se llena de la influencia de la electrónica de la etapa de los 90 de Bowie, particularmente del Earthling.

Lazarus es, sin duda, uno de los puntos álgidos del álbum, donde vemos claramente todas las influencias del disco. Como si Bowie hubiese cogido las pistas ambientales de Low, las hubiese endurecido y luego hubiese cantado por encima, en Lazarus (tema sacado de la obra de teatro que Bowie lanza en Bowie dentro de poco), el inglés se encuentra con la mejor cara de sí mismo, dejándonos uno de los temas más significativos de su carrera post-Berlin. Las concesiones de The Next Day no existen, la aridez y experimentación de este tema (y los otros 6) es, claramente, el legado que Bowie quiere que recordemos de él.

La influencia de Low se nota ampliamente en Girl Loves Me y  en I Can’t Give Everything Away, pero de maneras distintas. Mientras que la primera representa la cara b del disco, con esa base instrumental sacada de la electrónica alemana y ambiental, la segunda es un perfecto mix entre la cara pop del disco y la cara ambiental, dando lugar a un sándwich que por componente intermedio tiene a Dollar Days, una balada de corte más clásico pero llena de los arreglos que dan vida al disco, aunque quizás se trata del momento más flojo del disco.

En definitiva: que Bowie no se va a ir, da igual que haya dejado de tocar en directo o que hoy cumpla ¡69! años. David Bowie va a dar caña para rato, porque si ni un ataque al corazón ni 9 años de silencio y recuperación han podido pararle, nada va a pararle a estas alturas. Y seguirá sacando disco tras disco que nos siga sorprendiendo, ya sea tirando del vanguardismo que caracteriza a su nuevo gran disco, Blackstar, o al renacimiento sonoro que supuso The Next Day. Recordad: nunca se os ocurra enterrar a Bowie, aunque los médicos certifiquen su muerte.

YouTube Preview Image