Entre los bosques y remotas villas que se esconden por los recónditos parajes de la Escocia del siglo XI, desde Forres hasta Glamis, pasando por Cawdor, aún puede escucharse el eco de los versos que las Hermanas Fatídicas se atrevieron a anunciar:   All hail, Macbeth! hail to thee, thane of Glamis!/ All hail, Macbeth, hail to thee, thane of Cawdor!/ All hail, Macbeth, thou shalt be king hereafter!

En múltiples ocasiones, la industria cinematográfica se ha aventurado a adaptar grandes piezas teatrales de nuestra historia, no como un intento de elevar su categoría sino más bien de homenajear al seno del que lactó. Esta no es una tarea que se ha de tomar a la ligera ya que la presencia, la inmediatez y el corte de respiración –entre otras innumerables singularidades– que lleva adherido el teatro son de compleja traslación al cine. Por no hablar del reto que supone, no sólo aventurarse en un proyecto de tal calibre, sino hacerlo de un titán dramático como lo es Shakespeare. Y digo titán dramático por no decir monstruo, por no decir genio, por no escribir un artículo de setecientas palabras ahogadas en adjetivos que alaban al bardo inglés. En esta ocasión, el joven australiano Justin Kurzel (Snowtown, The Turning) adapta un Macbeth, como ya hicieron en su momento Orson Welles, Roman Polanski y Akira Kurosawa (Trono de sangre). Aunque estar a la altura de sus tres hermanas mayores –y tan mayores– es prácticamente un objetivo inalcanzable, estoy seguro de que los tres directores se están levantando de sus tumbas para ir al cine, mientras recitan, satisfechos, los unos con los otros:  Fair is foul, and foul is fair/ Hover through the fog and filthy air. Quién sabe, igual hasta invitarían a Kurzel a una copa en forma de agradecimiento por haberse atrevido con éxito a acercar la obra de Shakespeare a la gente del siglo XXI decentemente.

Kurzel ha sabido aprovechar muchos de los factores que podían jugar en su contra a la hora de adaptar una obra de teatro, a su favor. Tanto el teatro como el cine gozan de puntos flacos y fuertes, y mientras ver una batalla en el escenario pueda perder tensión dramática, las escenas bélicas brillan en la gran pantalla. Kurzel ha sabido encontrar el punto justo entre la muestra de este belicismo y el devenir del drama sin que éste pierda fuerza, pues si nos plantean una sobredosis de escenas de guerra, por mucha producción que haya de por medio, estarían contando otra historia y eso se aleja mucho de mantenerse fiel a la obra. El australiano lo ha hecho, ha sabido cómo hacer que los medios actuales abracen un texto de la época isabelina sin dañarlo.  La violencia, la crudeza y el trauma de una vida que se rige únicamente por los conflictos bélicos y cómo éstos hayan su resolución mediante más sangre, que tan latentes están en las palabras de la obra original, ponderan en cada escena al ritmo de los bellos versos de Shakespeare. El trato que se le ha dado al lenguaje no podría haber sido más pulcro, y, por lo tanto, acertado. Sin cambiar una sola coma, consigue justificar muchos de los parlamentos que, en obra leída, quedan muy en el aire, a merced del lector o de alguien con vistas a realizar algún tipo de montaje del texto.

Macbeth y Lady Macbeth son indudablemente uno de los matrimonios más macabros de toda la literatura dramática que podamos echar en mano. No obstante, hay algo que en ocasiones se nos puede escapar y es que estos personajes, pese a estar bañados en corrupción, son humanos. Nadando en el mar de posibles visiones, coincido bastante con la que aquí se ha planteado; el ansia de poder sustituye a su pérdida afectiva que nace de la muerte de su único hijo. Si el ascenso y la caída de los Macbeth se debe a algo es por la locura, la culpa y el dolor que cargan como penitencia de sus actos, teniendo como motor el calvario que padecen por la ausencia del ser querido tan cercano. Difíciles papeles que tanto Michael Fassbender (Macbeth) y Marion Cotillard (Lady Macbeth) defienden con considerable desenvoltura.

El paisaje escocés tan puro que se presenta se convierte paulatinamente en un lento descenso a los infiernos, estéticamente y metafóricamente hablando, desenvolviéndose la última batalla en un bosque inundado por las llamas: Macbeth shall never vanquish’d be until/ Great Birnam wood to high Dunsinane hill/ Shall come against him. La estética de la obra, tanto el espacio donde transcurre la acción como la caracterización de Macbeth y Lady Macbeth, cambia y degenera junto con el texto y de la mano de una banda sonora que aumenta la tensión constantemente. Pelos como escarpias en cada una de las escenas.

El nuevo Macbeth se cuela entre las mejores apuestas de una obra de Shakespeare llevada al cine, que no es poco. ¿Quién se viene a verla otra vez el lunes? Pago yo la primera ronda de después. Bueno, en realidad no, pero podríamos ir igual.