Real Madrid's coach Carlo Ancelotti (R) watches his assistant Zinedine Zidane shout at their players during their Champions League final soccer match against Atletico Madrid at Luz stadium in Lisbon, May 24, 2014. REUTERS/Kai Pfaffenbach

Zidane, cuando era segundo de Ancelotti /. REUTERS/Kai Pfaffenbach

 

Cuentan los datos de la época que fue en plena batalla de Madrid donde se descubrió cómo destruir tanques. Lo que ahora no parece tan sorprendente fue un verdadero impacto para la época, ya que aquellas máquinas de guerra parecían prácticamente invencibles. Fue un soldado republicano llamado Antonio Coll, que pereció en la batalla, quien acabó con tres tanquetas en poco más de dos horas, rociándolas de gasolina para después lanzarles un cóctel molotov. Dos ardieron en pleno barrio de Usera: otro logró escapar medio en llamas. Muchas referencias bibliográficas recuerdan que, cuando Coll fue entrevistado por varios medios internacionales, asombrados ante su hazaña, acabó tan harto del español que chapurreaban estos que a la décima pregunta de cómo lo había hecho soltó un revelador: “pues echándole cojones al asunto”.  La leyenda cuenta que al día siguiente, el titular del diario The Globe fue “Destroy Tanks With Cojones: The new device surprises militar world”, cerrando el artículo preguntándose qué tipo de maniobra militar sería ese “cojones” que los primitivos españoles habían descubierto.

Tiene cierto afán poético que el hartazgo de Antonio Coll provocase que una de las palabras más representativas del español girase por medio mundo como sinónimo de arma definitiva. Probablemente, un aficionado madridista que acabe de los nervios por tener que dar explicaciones de la situación de su equipo, terminará recurriendo a las mismas palabras que utilizó Coll. ¿Cómo se soluciona la crisis deportiva del Real Madrid? “Pues echándole cojones”, escucharán en su bar más cercano, en su terraza predilecta, en el parque donde pasean al perro o en la lavandería donde van a pasear sus penurias. Ya sea enfocado al presidente, al entrenador, a los jugadores o a su santa madre, el problema del equipo blanco siempre será la actitud.

 No importan las estratagemas tácticas ni la confección de una plantilla que siempre muestra visas de estar descompensada: nada malo pasaría si le echasen los huevos suficientes. Esa leyenda que ha arraigado en el madridismo de equipo de raza, capaz de remontar cinco goles en contra bajo la batuta del pobre Juanito, es la perfecta definición de su orgullo, del espíritu que aúna al equipo con la afición. El minuto 93, las remontadas en UEFA, las paradas de Casillas a minuto y medio del final. Y para el recuerdo del personal, la cabeza de Ramos saltando el cielo de Lisboa, cerrando un errático asalto a la portería de Courtois a falta de un suspiro para el final. Golpeando con el alma, o lo que es lo mismo: echando cojones al asunto.

Ha calado tan profundamente esta sensación de equipo de sangre que se puede apreciar con todo lujo de detalles el estado anímico de sus jugadores. El equipo se duerme cuando se cree superior, se lanza con nerviosismo hacia la portería rival cuando al despertar del letargo se encuentra con el resultado desfavorable, se hunde y crispa cuando se siente inferior y se gusta cuando juega de tú a tú a un rival que considere de su misma enjundia. Se podía palpar la falta de confianza de los jugadores en Benítez. Nunca se molestaron en aprender su libreto, ni en darle la misma confianza que a su predecesor, ni se volcaron en su apoyo en los momentos malos ni rieron las gracias en los buenos. Un novio de circunstancias con el que intentar cubrir el desmesurado vacío que dejo el querido Ancelotti.  El poco tacto de Benítez para manejar una impresionante plantilla, aunque un tanto desequilibrada, no ayudó a provocar el flechazo. El idilio entre el Real Madrid y Benítez tenía fecha de caducidad desde antes de producirse el enamoramiento.

En esas tertulias de bar donde distinguidos entrenadores enseñan su libreto, henchido de enjundia y uva destilada, se dan dos corrientes de pensamiento para solucionar el problema psicológico del Real Madrid. Los que creen que los jugadores necesitan a un sargento de hierro que acabe con su tontería y les adoctrine en el esfuerzo continuo, caigan los soldados que caigan por el camino: no hemos venido a buscar flores al campo de batalla. Otra sección es consciente de lo imposible que es controlar a un grupo de veinteañeros que ya eran millonarios antes de tener barba. Unos acusan a los jugadores de provocar el motín; otros consideran que el entrenador debía saber de antemano el club de alterne que dirige. Dicen que el inexperto Zidane es de la segunda corriente: veremos si el francés encuentra de nuevo la tecla para destruir tanquetas en Carabanchel. Y solo entonces veremos si era una cuestión de huevos.