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¿Por qué siempre, siempre, cuando bostezo alguien de mi alrededor lo hace también? ¿Qué pasa? ¿Es que todo el mundo tiene un bostezo latente, ahí esperando para manifestarse en masa, en conjunto? Decididamente hay un porqué que nada tiene que ver con las intenciones del bostezo en sí. Ese porqué son las neuronas espejo. Esas neuronas locas que provocan que cuando vemos Malditos Bastardos se nos acelere el corazón, nos pongamos tensos y viendo morir a Hitler, empecemos a disparar con nuestras manos una AK 47 imaginaria.

Las neuronas espejo son un conjunto de células nerviosas que se hallan principalmente en el lóbulo frontal inferior, cerca del área de Broca —área relacionada con la producción de lenguaje—. Estas células se caracterizan fundamentalmente por activarse no solo cuando nosotros realizamos una determinada acción, sino también cuando alguien hace dicha acción. O sea, estas neuronas no diferencian entre uno mismo, como individuo, y otro ser. Se activan igualmente cuando yo como una manzana, como cuando otro come una manzana, como cuando vemos por la tv a alguien comer una manzana, como cuando un mimo imita el acto de comer una manzana o como cuando escuchamos a alguien comer la maldita manzana.  Por si no fuese suficiente, se sabe que existe una activación diferencial en estas células nerviosas en función de la intención que se interpreta en cada movimiento. Es decir, en función de la importancia del movimiento en términos de conservación de la vida, estas neuronas se activan más o menos. Cuando observamos a alguien levantar un brazo para  comer o beber, la activación de nuestra neurona espejo relativa a esa acción será mayor que en caso de ver a esta persona levantar el brazo para responder una pregunta en clase. Por lo tanto, estas neuronas no pueden solamente interpretar el movimiento, sino también la intención y funcionalidad del mismo. Extraordinario, ¿verdad?

La cuestión fundamental es que esta incapacidad de diferenciar entre el yo y los otros, o la capacidad maravillosa de activarse indiscriminadamente tiene —como casi todo en la naturaleza— una función práctica, la supervivencia. En primer lugar, estas neuronas nos permiten entender a los demás. Es decir, si vemos que un chico o chica está poniendo una cara de asco tremenda ante nuestra sugerencia de ir juntos al baño de una discoteca, sabemos interpretar ese gesto y rendirnos para poder emprender otra batalla con más futuro. También gracias a las neuronas espejo, podemos averiguar si alguien se está aburriendo, si está feliz o si la interacción que estamos teniendo le resulta agradable. En fin, nos permiten ciertas interpretaciones del lenguaje corporal que ayudan, sin lugar a dudas, a escapar cuando vemos que alguien nos quiere zurrar bien duro, además de proporcionar otras ventajas de una buena ejecución de la conducta social. Segundo, existe una probada relación entre estas neuronas y la capacidad empática. Cuando vemos a alguien realizar una acción nuestras neuronas espejo se activan como si nosotros mismos estuviésemos haciendo dicha acción. Por lo tanto, como las neuronas están conectadas entre sí, podemos saber cuál es el estado mental previo que probablemente llevase al otro a hacer dicho movimiento, como por ejemplo, coger un libro. Por eso, cuando vemos una caída muy dolorosa, experimentamos una reacción física similar al dolor. Y por último, se debe remarcar el papel fundamental de estas neuronas en la capacidad imitativa, base natural del aprendizaje. Nosotros aprendemos a hablar, bailar, comer gracias en parte, a la imitación de otros modelos experimentados.

Aquí radica la cuestión más alucinante en relación a las neuronas espejo. Partimos de la premisa de que se activan cuando ven cualquier patrón o conducta, seguimos con la idea de que nos ayudan a aprender en base a imitación de modelos —una de las fuentes de aprendizaje más importantes en el ser humano—. Por lo tanto, si vemos patrones de violencia en la tv, los estamos aprendiendo inconscientemente. Lo mismo ocurre con los comportamientos dentro de relaciones, tanto filiales como amorosas, también con las conductas asociadas a roles de género etc. A parte de inducirse claramente un problema claro a erradicar en la sociedad — que según este argumento se erige como transmisora de patrones y conductas más o menos adaptativas—, se deriva una afirmación a priori, irrefutable: lo que vemos y experimentamos determina la manera en la que actuamos. Y la pregunta que subyace a esta afirmación es: ¿Y el libre albedrío?