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Los pasos me hacen vomitar hiel. Una mano húmeda y poderosa me quiere fuera. Y en la intemperie sólo almas de niños muertos; mamá llora arrinconada lejos de la ciudad y yo –dónde estoy, perdido, no queda sangre en mi estómago, no tengo olfato, no tengo oído…– intento entender algo…, papá no sabe de carpintería –por qué Dios Padre, por qué perdonas tanta maldad, por qué perdonas tanto dolor. ¿Dónde estará mi cruz, dónde estará la huida? Sigo el ritmo solemne de mis pies, con miedo frío y las nalgas escaldadas creo que me he meado encima. Hay alguien que me quiere muerto, pero qué culpa tengo yo de estar vivo… Herodes, primer y único infame de mi huida, grandísimo asesino; tu estirpe, maldito; mi daño, enfermo… Laterales nauseabundos en el silencio del camino, no hay pasos en medio de la nada… A lo lejos un campanario, en lo próximo cocaína blanca, harina en polvo. El grandísimo muñeco de papel. Veinte años tengo, veinte hermanos muertos en la calle. Por favor diles que a mí no me maten… El río fluye en medio del descontento, todo es una broma horrible: ¿por qué a mí? Todo ausencia y nausea: el suicido, treinta y tres años, Padre Nuestro que estás en los cielos santificado sea tu nombre bendito sea el día en el que caminé descalzo por las calles de la capital. Burros muertos, niños guía, el espíritu santo muere cada vez que matan a un toro enfurecido. ¿Qué le habéis hecho a mi patria? Dos años vivos, justo hoy recién nacido.

Veo al asesino a sus ojos sus labios negros me odia. Y yo amo a todo el mundo. Me mira, hablamos: –Por fin te encuentro. –Hola… –Por la mitad y a sangrar, órdenes del Rey. –Viva España, viva el Reino de los cielos, viva la Pascua, viva Dios, viva mi madre, la sangre, el parnaso de Andrés. –Te voy a matar, muchacho. –Ya lo sé, señor guardia, al menos déjeme despedirme –¿De quién muchacho? Si estás solo –Déjame despedirme de Dios –¡Eso no existe! –sí existe, señor guardia, sí existe, sólo que no le ves… –Si Dios existiera, muchacho, si Dios existiera no estarías ahora mismo al borde de tu muerte. –Yo no quiero violencia, no más en mi patria… –Debo matarte, muchacho, es el destino. –¿Por qué matarme, si sólo tengo veinte años? –¡Porque eres un monstruo! ¡Hablas como un hombre, pero no tienes barba, ni pelo, estás desnudo, eres un bebé, blanco lampiño, escaldado! –Sé que debo morir, pero cuándo, morir cuándo y por qué… –Herodes lo dice, Herodes manda: el Rey: muerte por el Rey. –El Rey no existe… –¡Claro que existe! ¡Está allí! ¡Mírale! ¡Te manda a morir! –Mátame de una vez, yo no quiero más violencia, señor guardia.

El hombre se acerca al recién nacido. Al bebé mudo y en silencio. Lo inspecciona. Piensa: matarte es el camino, matarte, aunque sangre inocente chorree de mis brazos, aunque la consciencia muera un instante y chille media cuadra: matarte en el momento. Matarte es el camino… eso debo. Matarte y matarte…

–Señor guardia, si me va a matar hágalo pronto porque me temo lo peor…

–Pero qué estás contando, muchacho: yo tengo una espada y tú sólo estás desnudo, sólo eres carne fresca

–Por favor, señor guardia, no quiero más violencia, no quiero más dolor… máteme de una vez

El hombre me coge de la pierna. Siento el aire pasar, respiro hondo. Ojalá morir pronto… el aire, el cielo, la muerte: la ausencia. Una risa una tristeza el aire la nada, Karla yo te amo…; Andrés, dónde estás… Siento su palma enorme y decidida: el sable inapelable. No quiero más violencia, estoy cansado de tanta violencia. Respiro hondo. –¡Máteme ya!– el guardia queda pensativo, rompe el momento, estira el brazo, frunce el ceño. ¡Allá voy, muchacho, no es nada personal, sólo son órdenes! Mi voz suena ronca –yo se lo dije por el amor de Dios…, señor guardia y mío, yo se lo dije: y usted, insensato, no conoce a mi padre– Animal salvaje, qué haces con mi hijo… Resuena del estómago. Crece el niño, se gira, se tuerce: animal salvaje. Respira desde el esófago, resuenan sus dientes. Sonríe malicioso. ¿Animal salvaje qué haces con mi hijo? El soldado queda inmóvil. Suelta la pierna. El niño cae de cara contra el suelo. Tose y ríe. Gruñe, estira el cuello y respira hacia dentro alimentándose de todas las almas de la calle. Se ríe y curva la boca, sus ojos están inmersos en oscuridad. ¿ANIMAL SALVAJE QUÉ HACES CON MI HIJO?– chilla Dios desde la boca del niño.

El soldado mira la escena. Traga saliva. Empuña la espada. –Quieto, muchacho, quieto allí o te mataré. –¡yo se lo dije, señor guardia, yo se lo dije! ¡y a mí nadie me escucha! ¡nadie! QUÉ HACES CON MI HIJO, INFAME ANIMAL SALVAJE… CÓMO TE ATREVES A TOCAR –Muchacho, deja de hacer eso –¡no soy yo no soy yo, señor guardia! –muchacho, cierra los ojos, tengo que matarte. –MI –muchacho, cuidado– HI –¡Niño corre!– JO

El soldado se aleja, pero ya es demasiado tarde. Me aproximo a él, no conoce a mi padre, no le conoce por el amor de Dios… Su furia, no hay modo, no hay salida… heroína blanca. ¿Por qué Dios Padre, por qué tanta violencia? El soldado cae de espaldas. Me acerco a él. Cojo su espada me recreo –no quiero más salvajidad–, la blando hacia su cuello, me jacto. Mis ojos en blanco, mi boca enorme. «Sucede que tu muerte es inapelable animal salvaje». Lloriqueo, y jadeo. Levanto el brazo con violencia. –¡huya señor guardia!– «Tu muerte es inapelable animal salvaje» Clavo la espada en el pecho. La retuerzo. «Sucede que la muerte es inapelable». El soldado exhala y pega un grito de dolor. Mira hacia arriba. Su boca se carga de sangre. Sus cejas se arquean, lloriquea como un bebé. Gozo su muerte y no quiero… Exhalo un sonido grave y agudo a la vez: de avispa suicida. Abro los ojos, ¡tu muerte, soldado!, ¡tu muerte es inapelable! Sangrar por la mitad –yo te lo dije maldita sea… Una broma de mal gusto joder… Suspira: ¡El Rey existe! –dice el guardia, con un hilo de voz– ¡y está allí en lo alto! ¡Él te manda a matar yo no! –resopla, jadea– y eso negro y diabólico que veo, ¡¡¡por el amor de Dios..!!! –chilla aterrado– ¡ESO QUÉ ES! Lloriqueo perturbado, trago saliva, miro a los ojos del guardia, empiezo a llorar. Brota sangre de mis ojos, brota sal de mis párpados, no queda salvación… todo es violencia, todo es maldad… Y de la boca del estómago del niño suena una voz salvaje gutural e indescriptible.

–Soy yo, guardia infame: y yo, te mando a matar a ti

 

 

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