Niñato

Me he quedado en la capital porque alguien quería usarme como moneda de cambio. Menudos dramas recurrentes. La última vez que mamá envió algo de dinero fue hace dos semanas. Tampoco es un grandísimo drama, aunque he tenido que coger un trozo de pan de la basura. Esas cosas sólo te hacen fuerte. Y en realidad, no soy diferente que cualquier vagabundo. No nos olvidemos que tanto príncipes como esclavos terminan en la misma caja. Yo no soy especial. Tenía quince céntimos en el bolsillo y unos caramelos de Menta que había cogido prestado del supermercado. Rak me envió un mensaje de texto, me decía que tenía que pasar por Madrid antes de ir a Polonia a ver a sus padres, que si me pasaba por T1 a hacerle compañía. Le dije que sí, naturalmente, cogí mi skate y tomé el transporte público hasta nuevos ministerios, una vez allí me hostié contra una de las barandillas de metal y me rebané un trozo de dedo. Sangré como un cerdo en Navidades, ¡felices fiestas mamá! Me levanté del suelo y seguí patinando. El mundo es eso: caerse por hacer el imbécil, rebanarse un dedo y luego seguir patinando. La vida es una carrera en la que puedes, si tienes valor, ir caminando. Llegué a las escaleras mecánicas, desmonté y caminé hasta el vagón. Al entrar una chica inglesa se asustó. Luego entendí que era por la sangre que chorreaba de mi dedo; la vi buscar algo en su maletín,a saber qué. Le dije sorry have you any klennex y la chica asintió con la cabeza sacó un paquete nuevo y me lo dio: me sonreí, negué con la cabeza, just one no more just one –are you sure – of course madame: of course. Agradecí a la chica y envolví el dedo, apliqué presión hasta que dejó de sangrar. Pero no había modo. Miré al techo, qué vida perra nauseabunda hermosa dulce y viva esta. Aproveché para pintar el hierro de las ruedas. Como los antiguos vagabundos de las cuevas. Mamá, ¿para ti qué pieza del Ajedrez soy?; ¿un caballo: un alfil: o sólo un peón más? Da igual, olvídalo: tampoco importa tanto. Ni tampoco me duele como para hacer un drama. Malditos latinoamericanos.

Lo pasé bien con el ruso de Rak, este tenía algún tipo de talento especial para las cosas geeks. Llevé un litro, y algo de frutos secos: bebimos y charlamos de estupideces intelectuales, tampoco nos hacíamos los entendidos en la materia: esa mierda surgía sola. Me regaló un puñado de chocolates rusos. Luego: cálculos matemáticos, que si se puede hacer pan en el microondas. Menuda vida hermosa rancia dura cruda vagabunda esta. Me dice que en Rusia unos kanis le querían romper la boca porque se reía de ellos –normal, cabrón, a ese tipo de gente hay que tratarlas con respeto: no con condescendencia, ellos son personas sensibles y se merecen respeto: equilibrio, equidad. Luego, si quieres, a tus amigos, pues los tratas como a vagabundos–, pero que les dio vodka, pan de microondas y asunto solucionado. QUÉ TÍO. Menudos rusos, todos iguales, gente del barrio. Patino por todo el aeropuerto, como un condenado. Menuda delicia de asfalto. Menos mal que sólo soy de fluir y no de tricks. Lo primero sólo para los suicidas, lo segundo sólo para los inconscientes pro gente de buen ver. Lo que quiero para Navidades, Papá Noél, es patinar hasta reventarte contra un muro de cristal: o chocar contra alguien y explotar. Eso quiero. Acelero, ojalá me estalle la frente contra la pared. Acelero. Ojalá tropiece y me saque la mierda, se abra mi cabeza y me desangre: yo no quiero este mundo basura de metal. Me sonrío, pero si todos son inocentes: creen en valores, en gente, son adorables, ¿cómo odiarles si sólo son mortales insignificantes como yo? ¿Cómo odiarles si su único problema es la cena de Navidad? Me sonrío forzadamente mientras trago saliva y mi garganta se asfixia: ¿Cómo odiarles si sólo son niños rotos como yo?

Luego vemos un Belén. Nos acercamos. Está lleno de billetes. Le digo a Rak que cómo es posible que hayan tantos billetes, que algo hay que hacer por los más desfavorecidos. Así que quito la cuerda de mis pantalones y ato el ipod a ella: Meto el brazo y lo balanceo para ver si puedo coger un billete de cinco euros. Intento algunas veces pero fallo. Menuda tontería de invento. No puedo ni siquiera sacar una moneda de diez céntimos. Qué frustración, uno intentando llevarse dinero para alimentar a un pobre muchacho sin hogar y resulta que uno es rematadamente inútil. Rak se ríe y observa: luego dice que lo que necesitamos es un brazo de plástico de esos que venden los chinos. Me giro a la izquierda y veo a una multitud de ancianos mirándome con desagrado. En cierto modo les entiendo, pero ellos a mí no. ¿Tan difícil es reflexionar sobre lo que a uno le rodea? Giro hacia un hombre mayor. «Es que paso necesidades financieras» le explico… –¡TRABAJA HIJO DE PUTA!– Levanto los hombros. –No puedes hacer eso –dice el anciano. ¿Hacer qué? –les respondo. Una de las señoras tiene los ojos cargados de asco, como si viera a alguien pisar mierda o incluso comérsela; o como de ver a su nieto el tercero haciendo gamberradas. No grito, no levanto la voz. Soy respetuoso, ellos no han hecho nada malo: ¿Qué?– les vuelvo a preguntar. –Eso está mal, dice por fin el anciano –¿Por qué? –le pregunto. –No dudamos que pases necesidades, pero eso está mal. Asiento con la cabeza –tengo hambre, le digo. –Lamentamos que tengas hambre, pero no puedes coger dinero que no es tuyo. –Sabéis que ese dinero se lo llevan los limpiadores corruptos cuando desmontan el belén, no? Digo que, ese dinero no va para los niños, ni para los pobres. –Está bien, dice el hombre mayor. Es cierto que no va para los niños ni para los pobres, pero debes respetar lo que otra persona a dado para el Belén. Me quedo pensativo. Les miro a los ojos. Levanto las cejas. Tienen razón, viéndolo de ese modo, estoy cometiendo un crimen. –Tenéis razón –les respondo– ha sido de muy mal gusto por mi parte. Me disculpo caballeros. Tenéis toda la razón del mundo: La Voluntad se debe respetar…, aunque después el dinero lo coja algún sucio limpiador corrupto hijo de su putísima madre y se lo gaste en marihuana. Me muerdo la lengua, tampoco les iba a explicar lo que iba a hacer con cinco euros. Tampoco quiero hacerle daño a los ancianos, han sido educados, me han explicado por qué está mal coger cinco euros de un belén que no pertenece a nadie. Por qué está mal que un pobre muerto de hambre como yo coja dinero, directamente, de la vitrina que va destinado a los pobres como yo. Claro, yo no me entero de nada.

Me arreglo mi único pantalón negro, con el que voy a la facultad, sucio y arrugado, tomo aire: extraño a mi familia, qué dura es la vida lejos de papá y mamá. Me giro tranquilo, esa gente tiene razón. Tengo que mejorar como persona. Menos mal que me he encontrado con personas educadas, esa gente tiene mi respeto. Y yo me voy con la consciencia tranquila. Me han dado una lección de humildad y lo agradezco. Buenos ciudadanos, eso quiero ser: un buen ciudadano. Me giro y veo a un macho ibérico de metro setenta, con el pecho en lo alto y la mirada fija en mí. Con la cabeza levantada, lleno de soberbia, mostrando su relojólex, su camisa a cuadros de 120 euros, sus zapatos Boss, y su cinturón de Arriba España. Me mira a la cara con desprecio, no a los ojos. Y yo pienso: ¿y este tipo qué quiere ahora? ¿Qué te ocurre buen hombre, por qué esa cara de amargado?

–¿Qué haces, tío –le digo.

–Nada, tú sabrás lo que haces

–¿Qué coño dices?

–Que tú sabrás lo que haces

–Mira colega, no me toques las pelotas

–Quiero tocártelas.

–¿Ah sí?

–Sí, quiero palparlas

–¿Eres maricón o qué?

–Sácatelas aquí mismo, quiero palparlas, niñato

–¿Me estás proponiendo sexo homosexual delante de todas estas personas? ¿Qué coño te pasa por la cabeza, imbécil, no respetas a las personas mayores?

–¿Cómo dices niñato mierdas?

–No escuchas o qué:

¿no respetas a los mayores?

–Vergüenza deberías sentir

–No, tío, de eso no tengo

–Qué asco das, normal que no tengas vergüenza

–En realidad, maricón, por tipos como tú así va España

(El tipo arde, su rostro se enrojece, veo sus venas, su cuello contraerse, y sus manos arrugarse. Me quiere romper la cara. Me pregunto si me haría el favor. Me pregunto si tendría lo que hay que tener para reventarle la cara a un niño como yo)

–Mira niñato de mierda, te vas a llevar una buena hostia como… –me sonrío, hijo de puta, si supieras las ganas que tengo de destrozarme a hostias con alguien te cagarías de miedo, chaval.

–¿Una hostia, tú a mí? ¿De qué vas mierdecilla? –¿QUÉ ME HAS LLAMADO? –Mierdecilla, no me toques las pelotas, hoy no estoy de humor. Rak mira la escena con los ojos quietos. Luego mientras caminábamos hasta los controles de seguridad me contó que quería sacar el móvil y grabarlo, que se estaba divirtiendo; y era normal, yo también lo pasaba bien. Los ancianos intentan acercarse. Me causa dolor que los inocentes tengan que soportar semejante escena. Miro al bastardo a los ojos –Soy inmigrante, hijo de puta. Mi mama sudaca y yo te robo el trabajo, el pan, y me follo a tus mujeres: ¿qué vas a hacer?

El facha arde en cólera, sus ojos rojos, sus manos arrugadas, su cara enorme y grotesca. Me sonrío. ¡Ven a por mí, hijo de tu putísima madre, da el primer golpe, hijo de puta, además de molerte a hostias, mamón de mierda, además de joderte fuerte voy a hacer jugadas tan puercas que te vas a acordar de mí toda tu putísima vida hijo de puta!

–¡Inmigrante de mierda!

–Y del país vasco…

Se acerca su mujer, Juan, le dice, para, ¡no ves que es un provocador! Me entran ganas de llorar. Siento un cosquilleo en mis pelotas, es como si la hija ya mayor del facha imbécil este, estuviera palpándomelas. Seguro que tienes una hija muy hermosa. Un provocador, dice, ¡un provocador, oh vaya santísimo y puto cielo! ¡UN PUTÍSIMO PROVOCADOR, YO, SERGEI IVÁNOVITCH! Caray, no tienes ni idea, chaval. Lo que soy yo, señora mía es un inmigrante esquizofrénico histérico cruel cínico hijo de puta grandísimo suicida. Su esposo, el Señor Don Juan de La Polla no tiene nada que hacer contra un tipo que se quiere matar todos los días. ¿Yo qué tengo qué perder, puerco amanerado? ¿Mi vida? ¿Eso existe? ¿Me vas a pegar? Pégame, imbécil, voy y te denuncio a la policía y Rak me graba, voy como un puto chivato y te jodo vivo. Llevo pruebas contundentes de tu agresión imbécil colérico. Ni una sola hostia te voy a pegar yo. Dejaré que me pegues, que te desahogues imbécil: y luego, me pagas la Universidad unos tres o cuatro añitos más, me compras un coche, hipotecas tu casa dos veces y yo presento todas las semanas una carta a los juzgados diciendo que me has ocasionado un daño psicológico tan fuerte que ni siquiera de pie puedo mear. Yo te voy a enseñar a jugar sucio, jodido imbécil, ¿que yo sabré lo que hago, dice? Menudo inútil bastardo anormal parapléjico hijo de puta mal nacido facha enfurecido. Pocas hostias te han dado a t mariquita. En la puta vida coges pan de la basura y desayunas con frío. Cincuenta y cinco añitos tendrá el animal este, y resulta que eres más niñato que yo.

El mariquita va y se sienta: insultando, claro. Le mola ese rollo. Su mujer le tranquiliza: ya pasó Juan, ya pasó Juanito: tranquilo Juan, te quiero Juan, es un loco, ¿no le ves, no le ves? Lleva una americana roja, un hilo verde en el cuello, y encima tienen barba: ¡seguro que es musulmán! tranquilo Juan, tranquilo Juanito mío, te quiero mi vida, te quiero mi Rey… Me grita que me vaya, le digo que claro que me voy, chaval, patinando me voy. Y subo en la tabla y me desplazo dos metros. Luego, sucede algo inexplicable y le grito: ¡CABRONAZO HIJO DE TU PUTÍSIMA MADRE, MAL NACIDO DE MIERDA, SI SOY YO EL QUE TE ESCRIBE LOS PUTÍSIMOS ARTÍCULOS EN LA RAZÓN: HIJO DE PUTA, SI HASTA TENDRÍAS QUE DARME LAS GRACIAS! Y el tipo se levanta como si le hubieran puesto electricidad en el trasero, me entró una risa malévola, se acercó tan rápido a mí que creí que se iba a resbalar. Casi corriendo: ¡TE VAS A TRAGAR TODOS LOS DIENTES, NIÑATO! –me grita. Me bajo de la tabla. Le sonrío: ¿ah sí?–¡Juan, vámonos; vámonos! ¡Juan no lo hagas! –¡LO DE CABRÓN NO TE LO TOLERO! –¿Te ha molestado lo de cabrón, Juanito? Me llevo la mano al pecho y estiro la otra en signo de paz: benedicto xvi –Juan, perdóname, no quise llamarte cabrón, se me fue la lengua. –TE VOY A ROMPER LAS GAFAS. Chilla. –¡QUIERES PELEA! –grita. Muerdo mis dientes. Me empuja con el pecho. Con fuerza, me mantengo inmóvil, contengo el abdomen. No voy a darte esa satisfacción hijo de puta. Ni de coña. Muerto antes de darte el placer de verme irritado. Me sonrío mientras contengo el temblor de mi pierna. Luego, el muy anormal me coge de la manga de la americana y la retuerce. Me quedo pensativo: ¿Juan, tan pocos huevos tienes? ¿Lo máximo que tienes para ofrecerle a un niñato como yo es cogerle de la chaqueta como si fuera la mujer a la que le pegas? Caray, qué poco hombre estás hecho Juan. Cumples todos los estereotipos que arruinan la imagen de mi país. Por culpa de gente como tú así va España. Luego le digo: Ven, Juan, pégame aquí, y vamos juntos a la Policía Nacional a denunciar tu agresión. –¡TE VOY A PEGAR, NIÑATO DE MIERDA! Le miro, el pobre hombre está fuera de sí. Me he excedido con el pobre infeliz. Siento algo de lástima. Tampoco es su culpa: el monstruo soy yo, ¿él? Un damnificado. –No Juan, no te voy a hacer semejante maldad. Porque sé que saldría bien, y eso es terrible, te jodería vivo y no quiero eso. Así que Juan, aléjate y sigue apareciendo por la espalda cada vez que un niñato vagabundo muerto de hambre como yo intente coger cinco euros para comer en Navidad. ¿Me vas a decir tú cómo vivir mi vida: me vas pegar hijo de puta? ¿Tan poco te importa tu familia? Vamos, hombre, que es Navidad: no les jodas las fiestas a tus hijos, ellos, al menos tienen padre: un cabrón con pintas de distinguido como tú, pero al menos estáis todos juntos. Feliz Navidad Juan