Esperábamos que cayese por fin la noche del domingo 20 de diciembre. Los niños querían vacaciones y, el resto de seres, el desenlace de una campaña que empezó tras las Elecciones Europeas de 2014. Sin embargo, nos invadió la decepción cuando vimos el escenario incierto que reflejaban los resultados, aunque en el fondo de nuestro corazón, nos lo esperábamos.

En ese momento, Rivera se endureció. Endureció la postura de su partido: “no jugaremos a nada, pero le diremos a los españoles que somos muy íntegros”. O al menos fue así como lo entendí yo en su intervención de aquella misma noche.

Rivera ha modificado su discurso para no mojarse cuando sus argumentos le obligaban a hacerlo.  Repudiaba al PP y el PSOE, eran la vieja política, lo que ellos no querían representar por nada del mundo –aunque ya le habían dado el gobierno de Madrid y Andalucía, a PP y PSOE respectivamente-. Albert hablaba también de Podemos como ejemplo de la nueva política, no hay más que ver el Cara a Cara que tuvieron los dos nóveles en el programa de Jordi Évole.

A todos nos sorprendió cuando, en el último día de campaña, Rivera dijo, alto y claro, que dejaría gobernar a la fuerza más votada. Un nuevo “no voy a paralizar la democracia, pero tampoco me voy a mojar”. Incongruente con su discurso de la ‘nueva ‘ y ‘vieja’ política. Tal vez era el momento de que utilizase su argumento de una manera práctica y tuvo que cambiarlo. Tuvo que cambiarlo para poder seguir dentro de los márgenes de la virginidad en la política nacional. Sin jugar a nada.

Desde el viernes, para Albert, Podemos se convirtió en el enemigo. Pero no en el de su partido, sino en el de España. El enemigo número uno del país. Algo que ya lleva pensando el Partido Popular desde la primavera de 2014.

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Resultado en España de las Elecciones Europeas de 2014, en las que irrumpen Podemos y Ciudadanos.

Lo sorprendente es que el camino hacia la marginación que ha hecho Ciudadanos con el partido de Pablo Iglesias, ha sido inversamente proporcional al giro en el discurso del partido morado, a lugares más moderados. Quizá, como publicaban hace unos días algunos periódicos como eldiario.es, el giro del discurso de Albert esté motivado por las bases del partido. Según sostienen algunos, las bases de Ciudadanos siguen estando en la burguesía catalana, y los que ponen el dinero, empresarios de la patronal de la región. Personas que no quieren, bajo ningún concepto, un referéndum en Cataluña, simplemente por miedo a cómo pueda repercutir la incertidumbre anterior a este sufragio, a sus inversiones. En definitiva, dinero, dinero y más dinero.

Ayer miércoles, Albert volvió a repetir, más alto y claro que nunca, que quiere dejar gobernar a Mariano Rajoy, e incluso ha rogado al PSOE que haga lo mismo. Juntos, dice el joven Albert, pueden liderar un consejo de gobierno que renueve el país, marginando así a los partidos que quieren “romper España”. Un discurso que suena a nuevo. Tal vez porque lo dice un treintañero que enmascara el mensaje con palabras que todo el mundo quiere oir: RENOVACIÓN. Una palabra que, salvo a los más apasionados y forofos del fútbol, a los demás nos suena a “algo nuevo y más justo para todos, algo próspero”. Sin embargo, poco renovador es el mensaje de Albert.

Albert quiere unirse a los dos partidos más cercanos ideológicamente –y también que más votos tienen, porque solo por ideología, VOX estaría incluido en el consejo de gobierno- para construir una nueva España, una nueva ley electoral, eliminar el Senado y, en definitiva, “modernizar” la Constitución de 1978.

Suena muy bien, aunque algo no termina de encajar. En 1978 hablaron muchos y muy variados, para intentar ponerse de acuerdo entre las máximas y más distintas fuerzas políticas posibles, que representasen al máximo de población española. Comunistas, liberales, conservadores, progresistas, socialdemócratas,… incluso ex ministros franquistas. Y juntos redactaron un texto, joya de la democracia europea hasta el final del siglo XX.

Señor Rivera, ahora le hablaré  a usted directamente, e intentaré ser lo demás contundente y frívolo posible, como lo es usted con su nuevo discurso sobre las necesidades de España. Usted no puede hablar en boca de todos los españoles. Usted ha tenido 40 diputados, mientras que la plurinacionalidad de España ha sumado 97. Podemos y sus candidaturas en Galicia, Cataluña y Valencia (69); sumado a la representación de los partidos nacionalistas (28). Y esto sin contar con los 3 diputados del PP que consiguió junto a otro partido regionalista, Foro Asturias; y los 2 que consiguió junto a UPN, el partido regionalista Unión del Pueblo Navarro.

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Rivera, Sánchez e Iglesias en el debate a tres de El País.

Señor Rivera, intentar construir una nueva España tan solo con los que son afines a ti, es una forma de actuar propia de la vieja política. Es algo que ha hecho el Partido Popular durante estos cuatro años con su mayoría absoluta. Es algo que la España de la que usted habla, no quiere. Si quiere construir una nueva España, eliminar y reformar el Senado, revisar la ley electoral, modernizar la constitución,… tiene que contar con todos. Que sea el resto de fuerzas políticas las que decidan si quieren colaborar o no, pero no las excluya, que usted solo tiene 40 diputados. En relación con los 350 asientos del Congreso, Ciudadanos se podría comparar a la de una afición de fútbol que visita un estadio visitante. Y aún no he visto jamás a la afición del Real Madrid intentar encabezar una reforma del Camp Nou. Sería incomprensible que pasara algo así.

Si usted quiere una nueva transición, sigue el ejemplo de la que hubo antes, y no el del Partido Popular en su gestión del auge del independentismo catalán. Ignorar a gran parte de los españoles solo sirve para crear desigualdad, para crear una legislación ineficaz e injusta, y para que la sociedad siga polarizándose.

Aunque también puede que sepas que, todo lo que has dicho estos días, quedará en papel mojado, y esto tan solo sea un nuevo intento de no jugar a nada a través de un discurso meramente populista.