HARAKIRI

Por pura inercia abro la nevera enciendo la luz. Me sonrío. Arqueo las cejas. Hoy será uno de esos días tristes largos absurdos y melancólicos. Como de costumbre. Hoy será uno de esos días al borde del precipicio. Podría morirme ahora mismo y sería tan espontáneo que hasta me reiría de mi cadáver. Muerte instantánea: Vas caminando, por la calle, a ritmo pausado, un frenazo alborotado, unas ruedas descarriladas, claxon, Dios, Los Santos Inocentes, El Infierno de Buda: un coche te rompe el cuello. Sales de casa a comprar dos cartones de leche al supermercado, toses sangre, tus manos tiemblan, te arden los ojos: flema roja esputo ocre: muerte intacta rodillas que explotan: te desvaneces. ¿Cuál es el sentido de la vida? Te rencuentras con algún antiguo amor: te mira a los ojos: yo también te he hecho daño: te extraño –Sergio, eres la peor mierda que he conocido en mi vida. Lo sabes tú, lo sé yo, y lo sabe toda la gente… –miras el cielo, tus manos, ¿mamá dónde estás? Muerte súbita. Caminas lento hacia la facultad. La gente dona sangre, plasma, semen, risas. Un sudamericano reparte publicidad. La cafetería indie de la boca del metro alberga niños polacos, rusos europeos, guías espirituales. Tropiezas con un escalón. Tu clavícula se hunde en el borde: te rompes, caes de espaldas. Tu cadera, tus rodillas, la boca: mandíbula rota. La gente está muy ocupada por no llegar tarde. Te sonríes: Gara si hasta yo te quería, y a ti todo eso te importó una mierda. Me la jugaste como la peor de las perras de todo el planeta tierra. Cierras los ojos. Te desvaneces. Caminas apresurado por los pasillos de un hospital. Entras en la 224 del edificio nuevo de Valencia. Te sonríen los que te van a morir –¡Sergio, cómo estás! –Estás horrible. –Lo sé, lo sé: mira qué foto le hice a mi culo: me picaba macho, horrores, se lo mostré al doctor. Nos reímos los dos. Dice que es urticaria, y yo pensaba: ¿urticaria u orticaria? –me río– te he echado de menos, colegui… –Estás muerto, bastardazo de mierda. –Ya, pero no tanto como tú. –Siempre te he querido sucia porquería. –Y yo a ti, vacílico el gracioso. –Odio no poder volver a trasnochar contigo. –Yo también te he querido, perro judío. –Ando muerto, ¿sabes? Muertísimo. –Eres un personaje, un icono: un gogó, un chico suicida. –Odio mi sangre, mi vida, mis manos son puro demonio. He conocido a la muerte. Quiero ser un asesino serial. –Hay otro, muchacho. –¿Quién? –Hay otro que soy yo. –Tú eres Rimabud. –Yo soy otro. –Yo fui otro, amado. –No, Sergio, tú nunca fuiste otro. –¿Quién soy entonces? –Mírate a los ojos, en el espejo. Eso negro y abominable que se regodea de estar en piel humana, eso no eres tú. –¿Un espectro? –Obvio. –Hice un pacto con él. ¿Sabes? –Sí, claro. Te dije que era una idea de la puta mierda. –Le dije al subnormal aquel: Mira baboso, te doy mi cuerpo y hasta mi voluntad, dame potencia, ira, demencia, poder y la chispa salvaje de la escritura: dame la mente de Borges, la lengua de Fante, los ojos de un shinigami, los labios de un bastardo asesino, las manos de un escultor, los puños de un boxeador, el pecho de un lobo y el corazón déjamelo intacto. –¿Qué te dijo? –Se rió de mí, pero aceptó. –¿Cómo se llama? –Su nombre es como el sonido de una serpiente, como el gruñido de una bestia hambrienta. –Esa mierda es peligrosa, Sergio. –Sí, eso está claro. –Te va a terminar matando. –Sí, pequeño mío, lo sé. –Te va a terminar matando… –Ojalá.

Sales de clase a las dos de la mañana. Dios y los Demonios. Jesucristo es un pussy de mierda, y los Demonios sólo son niños gamberros hediondos en maldad. Si vierais la cara del espectro. Sus labios y sus ojos. Su gesto: su nariz. No es cultura religiosa, ni mitología, ni faroles esquizofrénicos. Yo tengo a un espectro merodeando a mis alrededores. Me toca a la puerta al tercer día de desgaste. Mientras toso flemas y tiemblo de frío. Toca mi puerta con sus nudillos y me dice con su voz fantasma y gutural: «Chico, hoy te llevo… Hoy a casa: al Infierno» –Hoy no, mugre, hoy no. «Chico, ese no era el trato: hoy te llevo: hoy a casa: a la muerte» –Hoy no, mugre, hoy estoy ocupado. «Chico, estás intentado jugármela y eso no está bien…» –Mugroso: no intentes jugármela tú a mí. Las muertes que te prometí… no te las daré si sigues tocándome las pelotas . «Chico, no me hables en ese tono» –Hediondo mugroso: no me hables, déjame en paz, tengo edificios que escribir, catedrales que destruir… mucho dolor que consumir, agonías, desprecios y venganzas. Tengo que romperle las piernas a cierto imbécil que hace cuatro años me jodió lo de Carla. «Chico, ¿no te das pena?» –No, mugre, no. Yo me doy asco, que es muy diferente. Se sonríe. Acaricia mi mano con sus garras. «¿Te follo?» –Hoy no mugre, hoy déjame en paz, ¿quieres? «Está bien». Azazel se va. Me quedo solo. Cojo la mochila, un clavel y salgo a la calle. Cojo el transporte público. Durante el trayecto hago logaritmos. Tengo un cubo de rubik. Concentración instantánea: ampliación espectro-espacial. Me despierto agitado. He dormido dos tres horas. Mis ojos arden, mis párpados están hinchados, tengo ojeras, la boca pastosa, cierto dolor agónico en los pulmones: ¡Bárbara hacia ti voy amada mía! ¡Bárbara pronto muerto pronto en tumba junto a ti! ¡Bárbara…!

Voy a ver a un ángel. Me mira con sus ojos verdes. La amo con toda mi sangre. El único ángel en toda la faz de la tierra. Nos miramos a los ojos. Nos amamos un instante. Ella a mí: hijo de la sangre. Y yo a ella: madre del universo. Quién fuera hijo tuyo. Quién fuera de ti, y sólo de ti. Yo estoy muy cerca del Infierno, demasiado lejos del abismo. Muero entre latigazos, Jesucristo en la Cruz. Sergei Ivánovitch de la Cruz… Asfixiado y crucificado a merced de los merodeadores. El mundo se vuelve loco histérico hambriento violento. El cielo está despejado. Me despido de ella: un beso en los nudillos de rodillas compungido. Levanto la cabeza –Guadalupe me voy a ver a mis amigos. –¿Quiénes son? –Lo mejor del planeta. –Qué afortunado eres… –Afortunado… Bajo al parque interior de la facultad, me lío un cigarrillo. Levanto la cabeza con arrogancia. Si Dios bajara de los cielos a castigarme por todos los pecados, si fuera yo una flor, una flor fuere y enamorado: Si fuera una maceta: un insecto. Si fuera la sangre de Cristo. Si fuera una flor amada y mancillada: si fuere yo y yo y yo… Llevo el dardo a mi boca. Rechisto, ladeo la cabeza, una paloma. La miro a los ojos. Y la pobre está jodidísima. Está enferma y se va a morir. Quién fuera una paloma. La miro intensamente. Su cuerpo, sus alas enfermas. Pobrecita mía, alma mía, qué te han hecho esas bestias. Se me cae el cigarrillo de la boca. La veo entrar en el cubo de la basura. Parece que comprende su destino. Entra, busca comida, agita las alas y se posa en el borde. Suspiro. Su pico está roto. Lleva una brecha negra y oxigenada. Esa paloma está perdida: su muerte es inminente. Frunzo en ceño, ¿por qué Dios Padre santo de todas las abominaciones por qué me dejas vivo a mí y a semejante y noble animal lo jodes vivo? ¿Qué clase de Dios hace semejante bestialidad? Deberías bajar de los cielos y crucificarte otra vez, maldito enfermo. Jodidísima deidad cachonda y perversa: maldita estirpe, jodida bazofia: infame astro celestial que se aburre con toda la eternidad. Tanto alboroto, jodido bastardo, tanto cuento para que murieras en menos de treinta años y al final… ¿te crees que soy imbécil? ¿Qué HOSTIAS son treinta años comparados con toda la eternidad? Pero claro, somos gente estúpida, nos dicen que moriste en la cruz por nosotros, que te sacrificaste… ¿Qué son exactamente treinta años de vida y una muerte agónica en comparación con la dicha paradisíaca y toda la eternidad habida y por haber? Eres un estafador. Dios Padre es el mayor timador de toda la Historia de la Humanidad. Y yo te he pillado, santo bazofio y bastardo. Para mí tus 33 años no valen una mierda.

Paloma mía hija de la muerte, hermana de los astros, reina del cielo… Palomita mía, no me digas, ¡por favor…! con esos ojos que quieres morir, que sabes lo fútil de la vida que no tienes fuerza ya en tus alas: no me arrebates las esperanzas ni los ánimos: paloma mía, ¡por favor…! no me hagas enloquecer. ¿Por qué alguien tan noble como tú…? ¿Por qué sufrís los que sois puros, por qué tanto dolor…? Veo sus ojos. Me mira con tanta intensidad que noto que se retuerce un nudo en mi garganta. Trago saliva. Sus ojos impresos en los míos. Niego con la cabeza: me opongo rotundamente. Por favor no me hagas sacar la cuchilla… Menea el cuerpo, gira la cabeza formando navajazos. Mis ojos se humedecen. Me da la espalda. ¡Yo no quiero ser el asesino! Me levanto de la banca y me acerco hacia ella. Con sus patitas se acomoda, estira el cuello y me dice que yo soy el verdugo y ella la que va a morir. Chillo enfurecido. Me habéis matado entre todos. ¡Bestias hijos de puta! ¡Me habéis matado! ¡Vosotros sois los asesinos! Miro el cielo los ojos de la paloma vive tú yo no quiero esta vida… Sube a los cielos vuela y maldice el nombre de Dios Padre: el no merece nada, ni siquiera tu muerte. Resoplo, cojo el cuchillo de mi bolsillo. Miro a mi alrededor: nadie se salva nadie vive. Resoplo agitado, escucho los golpes de la puerta Azazel se ríe de mí le señalo el Infierno con el dedo medio, se va dice que soy suyo, me contengo. Miro el suelo, la basura, la paloma ladeando la cabeza: somos lo mismo, maldita sea…, somos absolutamente lo mismo: almas en cuerpos de carne. Pego un grito estomacal y agarrotado, tiemblo, lloro y me meo encima. Mis ojos se abren, mis párpados laten, mis cejas están al borde de la rotura. Mi madre bailando, mi padre cogiendo las bolsas de la compra, Alice diciéndome que soy un mal hermano, las bestias del instituto señalándome como si fuera un monstruo, Gara follándose a un imbécil en mi puta cara, mi abuela llorando porque le he hecho daño, Carla preguntándome si le había puesto los cuernos, el sevillano hijo de la grandísima puta penetrando a la chica con la que perdí la virginidad, la mujer de la frutería a la que le debía quince céntimos, Azazel tocándome el hombro, mi cara llena de sangre, mus tobillos desfalleciendo. Levanto la mano, sujeto la daga… El cielo se cae, el suelo se rompe: no existe paz para los malditos, no existe paraíso para los infelices: no hay pan no hay agua. Si digo que tengo sed meará en mi boca. Mi corazón arde, mi estómago gruñe: tengo hambre, un hambre infernal, sé que voy a morir, necesito comer algo. Perforo jadeo y toso. Caigo de rodillas, mi garganta se asfixia, lloro en soledad, con la cara torcida, con los labios rotos y el alma adolorida. Me entra la risa, lleno de babas esputo y agonía. Escupo al cielo y dejo que la saliva caiga en mi rostro. Miro al cielo: enfurecido le grito a Dios que puede irse al mismísimo Infierno que allí le vamos a joder el culo entre todos, que allí le vamos a dejar hecho mierda, jodidísimo bastardo de mierda. Retiro la daga, miro a la paloma, se asusta y vuela. Mi boca tiembla, mis ojos están cansados, debería dormir… Debería desvanecerme, mamá por qué me has hecho tanto daño. Salvaje quito la daga y perforo dos tres veinte veces. Una gárgara de saliva y sangre sube a mi boca, la trago. Arquero las cejas, retuerzo mi rostro: en mis cara sólo está el demonio. Empiezo a gruñir y a estirar el cuello, abro la boca, saco la lengua, muevo los hombros hasta luxarlos. Inhalo sangre aire y chillo: ¡¡¡HARA KIRI HIJOS DE LA GRANDÍSIMA PUTA!!!