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Osborne y Bertín en “En tu casa o en la mía”

En 1937 un gallego llamado Alexandre de Fisterra inventó el futbolín. En 2015 otro gallego llamado Mariano Rajoy lo redescubrió. “Esto es divertidísimo” afirmó sonriente cual zagal en día de Reyes: sus manos se movían velozmente por las barras, animadas por cuatro copas de albariño que devoró en la previa de tal majestuoso partido. Goleaba 6-1 a Bertín Osborne, su anfitrión en esa apoteosis del cuñadismo patrio llamada “En tu casa o en la mía”, y no solo le machacaba en el terreno de juego sino que se permitió lucirse preguntando al entrevistador de forma más incisiva que este. “Tengo que salir de aquí”, repitió varias veces en una de las pocas veces que Bertín impedía al presidente la alfombra roja. Salió “de ahí”, devolvió el gol, y su sonrisa de chiquillo emocionado volvió a aparecer. Y tanto Bertín como nosotros los espectadores, estupefactos por tal escena, no supimos que responder cuando Rajoy preguntó: “¿Parezco tan aburrido como dicen?”

Casi 9 millones de personas nos pensamos la respuesta.

Muchos nos hemos quejado durante toda una legislatura de la falta de presencia mediática de nuestro presidente, sobre todo cuando los innumerables casos de corrupción asaltaron su partido. Ahora prácticamente todos nosotros entendemos su gusto por las pantallas de plasma: los que no nos dejamos amedrentar por el ridículo y nos acabamos tomando estas cosas a guasa para no hincar la rodilla y llorar de impotencia, ahora le recriminamos con mayor sentido. Los recortes hubiesen dolido menos teniendo de forma más frecuente frases como “Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. Y no digo ya cómo hubiesen disfrutado aquellos directores de cine que atacaron con burla y sorna la política española cuando la censura no permitía una crítica frontal. Sería Mariano un genial personaje de una película de Berlanga, y como presidente nuestro que es, nos debe una explicación. Y esa explicación que nos debe, como presidente nuestro que es, nos la va a dar.

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Huyó Rajoy de un debate a tres que, como el mismo Partido Popular indicó con inusitada astucia, parecía una disputa por el segundo puesto. No se presentó, dejando un atril vacío al que varios de sus oponentes hablaban de vez en cuando, como Clint Eastwood departiendo con un Obama invisible en una convención republicana. ¿Dónde estaba Rajoy? En la principal cadena de televisión, en la principal hora de audiencia, allí donde más fácil se iban a reunir sus votantes potenciales. Votantes potenciales a los que agasajó con una partida de dominó al día siguiente en la que no ganó: no todos son tan buenos camaradas como Bertín Osborne. Trató el Partido Popular con tal frialdad el debate que llegaron a asegurar que Pedro Sánchez perdió su tiempo presentándose al demostrar sus costuras permitiendo que los enanos se subieran a su esbelta percha. Incluso dejaron caer que Pablo Iglesias había ganado el debate. ¿Para qué tanto análisis concienzudo si después el partido de Gobierno hace la observación más certera?

Sabe Rajoy cuál es su público potencial y saben el resto de candidatos qué público han de arrebatarle. No en vano Pablo Iglesias se fue por bulerías con María Teresa Campos en Qué Tiempo Tan Feliz. Incluso demostró sus dotes de chaquetero alabando a los músicos que perpetran atrocidad tras atrocidad en el programa, restos apocalípticos del Operación Triunfo en declive. Pedro Sánchez se apuntó al colegueo de Bertín, con el que compartió confidencias de su crápula vida anterior. Y Albert Rivera se pasea por El Hormiguero convenciendo a quienes creen que Pablo Motos es un tipo realmente divertido. Todos saben qué hay que buscar: al votante de Mariano.

Se le discute a Rajoy porque su campaña no está mal pensada. ¿Qué sentido tiene disputar a la nueva política, representada en los hombros de Iglesias y Rivera, cuando la mayoría de sus electores no van a ser conscientes de un debate digital? Quizá se entienda menos su desaparición del debate de Atresmedia, pero todo está pensado. Tal vez considere que puestos a ir a una casi segura carnicería, mejor que la aborde su segunda espada, Soraya Sáenz de Santamaría, a la que lanza al barro evitando así bregarse en una batalla en la que tiene todo por perder. Si ella gana, al partido le irá bien: si pierde, se quitará de encima las voces que la reclaman sucesora. Y total, si después en un formato más clásico como el que propone la Academia de Televisión él aparecerá limpio y radiante frente a Pedro Sánchez, seguramente despellejado por los nuevos líderes políticos. Rajoy tiene todas las de ganar.

Volverá a ganar las elecciones Mariano y ese tipo que habla a trompicones, que guiña el ojo cuando se pierde en su propio discurso, o que fuerza el trato personal como si nunca hubiera salido de su propio despacho, se perderá en el olvido hasta que su director de comunicación le obligue a dejar puro, Marca y Soberano para volver a presentarse al mundo. Quién sabe cuándo. Hasta entonces, sus maneras tanto ridículas pero que despiertan un extraño sentimiento compasivo en el elector, seguirán impregnando las televisiones, caminando las calles de España y disputando sus mayores partidos en la mesa de una residencia de ancianos o en el futbolín de Bertín Osborne. Recogiendo niños en una improvisada marcha por las calles de Sevilla o luciendo sonrisa con un votante “hípster” que pone su modernidad al servicio de España. Y millones de personas le aplaudirán por ello, y otros tantos observarán de forma incrédula su caminar. Es la idiosincrasia de este país, que nunca nos abandona.