Paradójico, ¿no? El madrileño Teatro de la Comedia abre sus puertas al público tras trece años cerrada, y la Compañía Nacional de Teatro Clásico inaugura por todo lo alto su sede con uno de los dramas más representados del Siglo de Oro, obra de uno de los más grandes dramaturgos de la época—siempre con permiso de don Félix Lope de Vega—, Pedro Calderón de la Barca. El alcalde de Zalamea vive en las tablas de la Comedia.

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El Teatro de la Comedia debe su nombre al Real Decreto de 1849, que estableció una normativa por la que determinó que en la ciudad de Madrid deberían existir un número de teatros divididos según el tipo de obras que se representasen en ellos. Declamación, por ejemplo,  en el Teatro Español y lírica española o italiana en otros espacios. El Teatro de la Comedia cumplía la función de templo de la comedia. ¡Nada de tragedias, dramas y melodramas! Ahora la Comedia, acoge a la tragedia.

Si Aristóteles y Virgilio me escucharan llamar tragedia a El alcalde de Zalamea probablemente vendrían a aporrearme la cabeza de una manera muy solemne. Según ellos, en la tragedia los protagonistas son los dioses, héroes y grandes reyes; y en esta obra el único rey que asoma su cabecita es su graciosa majestad Felipe II, recurso que aparece cuando nuestro protagonista ya ha dictado su propia justicia. No obstante, la elocuencia de don Pedro Crespo, labrador rico de Zalamea, tiene poco que envidiar a los grandes personajes trágicos.

Un Pedro Crespo que en esta versión de la obra es representado por el grandísimo Carmelo Gómez, cuyas declamaciones dejan mudo al teatro. “Al rey la hacienda y la vida se le ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y alma solo es de Dios”. Y se hizo justicia. Justicia para su deshonrada hija Isabel, interpretada por una primero vivaracha y luego delicada y lastimada Nuria Gallardo, que transmite tal humanidad que es imposible que a uno no le duela el corazón ante tal ser herido, imposible no pedir justicia.

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Y al lado de estos solemnes personajes, los personajes cómicos, una comicidad conmovedora de los personajes  como los de Rebolledo y la Chispa, o  el Hidalgo don Mendo y su criado, que incluso rozan lo lastimero. Y es que, al igual que los personajes trágicos muestran algo de cómico—los rifirrafes entre Don Lope de Figueroa y Pedro Crespo son desternillantes—los personajes cómicos, absurdos, muestran también un halo trágico, participando de ese movimiento grotesco que nacería siglos después de la muerte de Calderón, y que encontró en lo absurdo y lo cómico la manera perfecta para presentar situaciones funestas y personajes desdichados.

Puesta en escena

Dejando a un lado las acertadísimas interpretaciones del elenco de la Compañía de Teatro Clásico, destaca una puesta en escena aparentemente sencilla y aséptica, pero cuidada hasta el último milímetro. Son los efectos sonoros—una banda sonora sobrecogedora y envolvente—y lumínicos los que ambientan las escenas, pues el escenario parece un tatami con dos gradas de madera a cada lado y un muro como fondo. Muro que comienza inmaculado y terminará manchado y ultrajado; pura simbología. Y simbología también a mi parecer las dos graderías, simétricas y enfrentadas. En más de una ocasión percibí esa línea divisoria que marcaba el centro del escenario; a un lado los soldados, al otro los villanos.

Así, la composición visual juega un papel fundamental. Me llamó también mucho la atención la ralentización de algunas escenas, sobre todo las de tensión y violencia. Escenas que bien podrían pertenecer a las pinturas que reposan unos metros más allá del Teatro de la Comedia en el Museo del Prado.

Curiosidades

Yo no sé vosotros, pero a mí me encanta curiosear y, echándole un vistazo a una guía que ha editado la Compañía de Teatro Clásico he descubierto dos datos más que curiosos. El primero nos puede dar una idea de cómo los teóricos de la literatura intentan crear una línea cronológica de las obras. No se conoce a ciencia cierta cuándo se compuso El alcalde de Zalamea, pero una cosa sí está clara: debió de ser antes de 1644. ¿La razón? Bueno, no creo que a Felipe II le hubiera hecho mucha gracia, ya que ese año Portugal se independizó y en la obra de Calderón, precisamente, los soldados y el mismísimo rey pasan por Zalamea camino de la guerra con los lusos.

La segunda curiosidad es casi de periodista amarillista. Resulta que Calderón de la Barca tituló su obra como El garrote más bien dado—ojo que se ve que en el Siglo de Oro no tenían muy dominado lo de los spoilers—. Y es que antes de este alcalde, hubo otro, obra del mismísimo Lope de Vega, una comedia que pasó sin mucha pena ni gloria. Y en 1683 comenzó a llamarse El alcalde de Zalamea merecidamente al drama de Calderón. Y es que Don Pedro Crespo sigue siendo por méritos propios el alcalde vitalicio de Zalamea.

 

Podrás encontrar más datos de la obra en la página oficial de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.