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Me senté en aquel bar, el de siempre.  Me había acostumbrado a llamarle bares a los bares. Aunque en ese otro mundo, en el que estaba, parecía un mundo paralelo —aunque podría llegar a serlo, no solo parecerlo. Un mundo, o un mundo encerrado en un átomo—. En cualquier caso, en ese mundo le llaman cafeterías a los bares. Aunque no tomases un café.

Paradójico.

Tomaba té verde. Un hábito. Siempre acababa sucumbiendo a ese sabor amargo en esa cafetería en la que no tomaba café. Y siempre, en este punto, Trebor volvía.

Trebor no parece llamarse Trebor. Tiene más bien apariencia de Roi. A veces, me aventuraba y le preguntaba: “Oye Trebor, ¿seguro que te llamas Trebor?”

Es un tío bastante malhumorado. No tanto malhumorado como iracundo; es puro anger. De hecho, sus respuestas siempre fuera de esquema me sobresaltaban; casi tanto como sus gritos repentinos, sus ataques gratuitos a coches, contenedores o gatos… Supongo que caía en la incomodidad inherente al sobresalto. Lógicamente, me molestaba. Así que, al final, aprendí a dejar de pensarme, de pensarle, y así a evitar respuestas incómodas… o diálogos profundamente hirientes y de nuevo, incómodos y aun por encima en mi cabeza. Como un cobarde, no le volví a preguntar nada. Nada de nada.

Trebor y yo, pese a ser en esencia el mismo ser, éramos radicalmente distintos. Él no era una persona fácil —¿Se le podrá llamar a Trebor persona? ¿Y a mí?— Anyway, somos radicalmente distintos. Él es, siendo claros, despreciable en el término actual de lo tal. Un capullo, egoísta.

En fin, cuando estamos juntos, me trasmite energía. Cuando él y yo somos uno, mi cerebro dispara de manera incontrolable la dulce sustancia adrenalina. Pura epinefrina. Dios, activa todos, TODOS mis sentidos. Empieza como un pequeño puntito. Cada. Cada vez más grande, infinito. Yo, que no soy Trebor. Soy Trebor. Empiezo,

me sabe la boca pastosa. No me para, enciendo otro cigarro. Y adelante. Ellos gritan; capullos, no saben lo que quieren o no lo quieren saber niegan la realidad aunque les salve la puta vida. Los salvo a ellos de ellos mismos. Si los mandase a todos a la mierda, joder. Pero soy buen tipo, yo soy, yo soy un buen tipo. Aunque me levante con resaca de sustancias raras muerto con la mano derecha destrozada del trabajo de todas las noches joder me da puto igual no lo puedo evitar tengo que actuar salir al mundo corrupto y actuar. Salvar a la gente de la monotonía, tío, de lo absurdo de sus vidas. Soy un puto súper héroe. Trebor, eres el nuevo Superman. No te valoran. Soy el puto Robin Hood. Me drogo, les rompo la nariz a esos jodidos bastardos de clase media, ejecutivos marionetas de esta estructura fétida. Rompo con las reglas determino la libertad soy cuerpo. Follo donde me apetece como con las manos cago a lo natural, obedeciendo sensaciones. Destruyo al destructor. Me llaman loco, pero ¡soy el nuevo gurú, chavales! Me lo llaman , pero ¿quién está peor, el sistema de lo artificial impuesto o yo? Dios, ¿quién obedece a la lógica, un puto sistema de reglas inventadas desde la mayor ilógica? ¿Quién es el loco, quién? Sólo pierdes cuando tienes que perder.

—Mil taladros en mi cabeza. Dios, odio las metáforas. Unas esposas. No, no. Trebor, ¿qué hiciste esta vez?—