Chapter 1

Entre sonrisas cómplices y arrebatos de eufórica alegría: del interior de su alma un fulgor carbónico. Un alma perdida, un corazón roto: corazas corazas corazas: cortezas roídas, tristes canciones de medio día… El dolor se precipitaba en su abismo: tanto dolor, alma mía, tanto dolor, pequeña mía…, nunca vergüenza terrorista. Lastre humano: condición innegable. Alma mía, alma mía… tanto dolor, alma mía. Abrazarla hasta que su piel hirviese. Sólo por inercia sin lascividad. Suspendidos en la nada. Horizontes agonizantes… meses gélidos de agosto. Tú y tus ojos inquietos. Tus labios perfilados en el frío carnívoro de tu carnosidad pálida. Tanta alegría arrebatada, Leyla fe querida. Abrazarte toda la eternidad. Pero alguien como yo, alguien que padece y agoniza como un muerto… alguien como yo…, ¿acaso brazos acaso amor?

Sólo soy un chico suicida: un niño roto. Querida fe, querida mía: cómo no amarte cuando tu fragilidad sólo me quiebra. Vulnerabilidad de medio día. Te veo tan delicada y solitaria en un mar de tristezas e indolencias. No te deseo el mal, no te maldigo, no te desprecio, ni siquiera te guardo rencor por tenerle miedo a un beso. Te veo y se me parte el alma porque sé lo que sienten tus venas púrpuras; porque lo veo en tus ojos, en tu forma de caminar.

Mi boca se reflejan en las pupilas de tus ojos. La ansiosa expresión que marcan tus labios, en la comisura risueña de tu boca, allí: y sólo allí estoy yo. No te lo puedo negar, querida mía, yo también estoy inmerso en tus labios de papel. Yo también te deseo. Lo sabe Dios lo sabe todo el mundo, ¿cuándo te darás cuenta que pocos suicidas no se matarían por ti? ¿Cuándo te darás cuenta que un beso no es contrato y sólo una caricia entre almas? Cuándo te darás cuenta que nadie en la vida…

Hace una semana rocé lentamente la comisura malva de sus labios. Sonrió extasiada: en sus ojos pulcro entusiasmo. Un brillo floral que emanaba del interior de sus labios. Sus ojos iluminándose como farolas en otoño. Todo el cosmos brillaba alrededor de ella, en toda la facultad no había nada más hermoso que sus ojos impresos en viveza y juventud. Pero luego se fue y me quedé solo. Y hablé con unos desconocidos… fumamos tabaco de liar y charlamos sobre las siempre mismas banalidades de Guinea Ecuatorial. Vídeos virales el derecho penal el frío la ciudad el sistema sexagesimal… y el jueves miré al cielo y todo era gris suicida. El mundo me lastimaba, me ardían las plantas de los pies. Mis ojos tiritaban de frío. Mis nudillos pelados, y mis dedos estáticos, una brecha sanguínea entre mi dedo índice y el anular. Lamentable lastre: impúdica condición humana. La gente llorando sus problemas y yo fantaseando con el cielo las nubes y el mar. Mamá me quiero matar.

Me arrimo a una esquina donde los coches no me pueden pisar. Me siento en el borde, en el patio que da entre las dos facultades… al lado izquierdo unas bancas, al lado derecho un estacionamiento popular. Lío un cigarrillo. Lo enciendo. Suspiro. Qué vida, padre mío. ¿Dónde está el amor: dónde estás mamá? Me tumbo boca arriba y fumo lentamente. Cualquier imbécil podría pisarme la cabeza. Cualquier tipejo podría hacerse el coñas y romperme la nariz o arrancarme un trozo de dignidad… Tampoco me importaba mucho. Yo, mortal, y por allí, la inmortalidad anidando en el corazón del cosmos entero. Qué hermoso el cielo qué hermosa es la ciudad.

Y si alguien osara pisarme, sabía, desde lo más profundo de mi alma que el infierno-azazel brotaría de mi estómago y destrozaría al inocuo. Lo haría trizas, y yo no podría evitarlo. Fumo mirando las hojas, los árboles. El cielo fluye, el sol late. Pienso en mi vida, en la muerte, Jesucristo en la cruz, los Santos Inocentes; y luego Azazel. Siempre Azazel. He perdido la cabeza. En los Infiernos, ¡la muerte de Bébert…! qué solo me siento en este mundo lleno de vida y no estás tú. Te necesito. En medio de la nada. ¡Qué feliz qué dichoso soy! ¡En la más absoluta nada ponzoñosa! Si al menos tuviera donde dormir. Un hombro. Un regazo. Maldita estirpe mía y humana, maldito mundo rancio y vacío. El no despertar de Alberto Fernández. Su muerte tan impredecible. Cómo te extraño, demonios, cómo te echo en falta amigo…

Chapter 2

Son las doce y media de la mañana y hace frío. Mis manos tiemblan, mi alma está hambrienta y lo único que tengo palpable es una caja de cerillas. Algo tan primitivo que me hace recordar a los antiguos, qué felices qué felices hubieran sido esos pobres bestias con semejante regalo de Los Dioses. Una caja de cerillas…, se hubieran comido el mundo ellos solos. Quizá también hubieran muerto mucho antes de poder pintar animales fálicos en sus cavernas. Me pregunto si dormirían todos juntos. Me pregunto si alguno de ellos podría recostarse al lado de alguien y dormir. Sólo dormir. No hablo de nada estomacal. No hablo de hambre sexo o lujuria abismal… Hablo de dormir. Sólo dormir. En silencio, callados, no existe victoria, no existe un ídolo dorado.

Grupos de música rock, el buen hacer del noble ciudadano, las leyes de la sociedad, el mal comportamiento; qué es lo bueno, qué es lo malo, filosofía para pazguatos, filosofía exquisita para lectores empedernidos. No hay nada prohibido. Nada está permitido. Mil idiotas adorando a un Dios que ni les escupe en el rostro cuando lloran. El cielo, las nubes, una naranja una navaja; Dios Padre, Dios Azazel, Gólems hambrientos, sueños en diferido, ausencia estomacal… ¿Quién le robó el libro de Rimbaud a Sergei Ivánovitch?

Alguien me toca el la pierna con la punta de un zapato. Inclino la cabeza. Afino los ojos. ¿Dios Padre, eres tú?

–Jodido hippie,

¿qué haces tirado allí?

–Hola Juan

No lo sé…

–¿Qué tal?

–Bien… –charla sobre el sistema de ecuaciones de tercer grado y su estrecha vinculación a hacer la compra todos los sábados. Miradas amistosas. Una sonrisa amable. Tío Juan.

–Oye, Juan que no tengo para comer… Me sienta mal decirte esto, pero ¿no tienes suelto? –Hostia, man, no sé si tengo, voy a ver (…) Ah sí, toma, toma, toma. –Gracias, Juan–. Guardo el sencillo en el bolsillo. Luego veo que rebusca un poco más. –Toma tío, otros céntimos más. Aproximadamente un euro o así, te da para pillarte una napolitana de chocolate, que es grasa frita y lo más barato de la cafetería. Aguantas hasta las ocho– Asiento con la cabeza. –Gracias, Juan. –Nada, nada. Me voy a currar. ¡Cuídate! –Nos vemos, Tío Juan. –Oye no, espera, espera, ¿qué demonios ocurre? –Nada, no sé; me ocurre la vida. –No, no; maricón, conmigo te dejas de gilipolleces, ponte fuerte. No dejes que te vean así. Cabeza alta. Hombro fuerte. –Bueno, Juan; sí, te doy la razón: gracias. Sí, sí, descuida, no dejaré que me vean así. –¡Más te vale que te aniquilo! ¡Me voy, me voy! –Adiós Tío Juan…

Chapter 3

Asesinos en serie, música de anochecer; el mal ciudadano haciendo cosas inocuas, las multas de tráfico, los diez mandamientos cristianos. El buen comportamiento: ser un ciudadano educado. Qué está mal visto, qué está mal visto. Imbéciles hablando de filosofía. Ratas de biblioteca llorando porque no hay buenos libros. ¿Qué está bien, qué está mal? Todo está muerto y todo late. El cielo llora en los rostros humanos. Las nubes pelean naranjas, un niño llorando en medio de La Nada. Dios Infierno, Dios Padre: Azazel, Azazel, Azazel (…) Gólems suicidas, sueños rancios, ausencia de amor, ausencia de karma, ausencia de espíritu y paz… ¿Quién hostias le robó el libro de Rimbaud a Sergei Ivánovitch?

Chapter 4

Una chica camina hacia una de las bancas y se sienta. La veo a lo lejos. Me evoca algún tipo de sentimiento. Ir corriendo y abrazarla. Rodearla con los brazos y quedarnos así toda la eternidad. Aunque sólo fuera un espejismo químico. Aunque sólo se tratara de una falacia psicológica. Se sienta provocativa. Mirándome a los ojos. Me llama con su mirada. Entiendo el mensaje. Sonrío. Qué niña más dulce. Me manda un beso estirando los labios. Veo los bordes carnosos y afrutados de sus bordes estirándose hacia mi boca. Siento que mis párpados carnívoros se alimentan de ella. Quizá debería ir, quizá rodearla con los brazos… hasta el amanecer. Estar allí y no pensar en nada más que en besarnos. Petrificados mortales, llenos de humana ternura. Amor amor y amor: caos y destrucción. La falacia humana: ¿Quién hostias me robó el libro de Rimbaud?

–Nos vemos pronto chicos, que una que yo me sé me está llamando.

–Ve, ve, ve; ¡nos vemos pronto, muchacho!

–¡Os quiero mucho, tíos, os quiero de verdad!

–¡Y nosotros a ti, muchacho, y nosotros…!

Me acerco a las bancas, le saludo con dos besos. Ella sonríe, se alegra de verme. Yo también me alegro de verla. Jugamos un poco tonteamos. Nos tocamos con las manos. Ella se desliza, yo también. Dice que tiene que entrar a clases. Asiento con la cabeza. Veo su belleza sepulcral. Existe en el interior de tu corazón una agonía desbordante que te hace temblar. Lo sé porque yo también la tengo. Hay algo en tu cuerpo que te cohíbe y te asusta. Pobre muchacha… Tienes miedo de perder el control. Te veo y me cautivas. Tampoco puedo hacer nada por ti. Tampoco tengo intención de suicidarme por unos ojos que brillan y me miran enamorada. Tampoco voy a arrastrarme de rodillas por un beso, como mucho…, arrastrarme por toda la estirpe del mundo por dormir acompañado. Eso sí, eso sí que es distinto, eso sí que es saludable…

Nos ponemos de pie.

Ella a su clase y yo a mojarme el pelo. Vamos por los pasillos de la facultad. Ella alegre y yo callado. Y en el primer escalón me acerco a su tierno y diminuto cuerpo. Con delicadeza y tranquilidad estiro los brazos –ven–… Y ella viene. Palpo su brazos de cristal y su espalda se eriza. Sus muñecas y sus manos. Cuanta belleza en solo instante. Me despido de ella. Y le doy un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios, luego gira ligeramente hacia mí y le susurro al oído: quiero darte un beso.

Abre los ojos, traga saliva… –ya me lo diste… –en los labios, fe.

Sus rodillas tiemblan. Sus ojos me dicen que tiene miedo. Pierde el control.

–¿Puedo? –no…, no creo… no lo lo necesito…

Me conmueve –oh comprendo está bien– Con cuidado retiro mis manos de sus hombros. Dejo que ella se separe lentamente. Le guiño un ojo y doy unos pasos hacia atrás. –Cuídate, fe. Nos vemos pronto.

Sube las escaleras y regreso a donde están los muchachos.

Charlo con ellos: que en el mundo está muy frío que el cielo está compungido que los arrebatos de locura lo vuelven a uno… una bestia; el clima, el clima, el clima. La gente no se da cuenta que con su rencor contaminan. No sé, chicos, en realidad, hoy es un día estupendo. Mirad el cielo, qué belleza de paisaje. El mundo tan sensible. La gente tan salvaje: el planeta tierra es increíble. Hasta podría vivir en él toda la vida. No lo sé…

La filosofía grotesca del ser humano los autores imposibles. Asco y Miedo en Las Vegas. Los hijos de los padres cariñosos. El buen ciudadano, ¿existe algo así? Todo el mundo es mala gente. Todo el mundo se sonríe. Cuando no estoy demasiado frágil como para soportar las miradas de los asesinos en serie hasta me divierto. El aire es fresco, el mar está todavía muy lejos. ¿Dónde estás Rimbaud, dónde, estás querido mío; dónde estás que no te siento?

De la nada, una chica me toca el hombro. Se acerca efusiva a nosotros. –Hola Sergei me había equivocado no tengo clase era a las seis no a las cuatro tengo dinerito te invito un vinito vamos no te preocupes yo invito cómo estás estoy feliz qué tal. ¿Vinito? –¿qué…?

Me quedo sobrecogido. Una terrible sensación de irrealidad me invade. –¿Qué demonios te ocurre, muchacha? ¿Qué te ocurre? –Sí, vamos a por vino. Yo invito. –Hola fe; bueno, bueno, está bien, déjame despedirme primero de mis amigo. Mis amigos dicen: Uhhh, un vi-ni-to. Me sonrío, qué chica más rara, ¿eh…? –Bueno, chicos, me voy con ésta mujer que quiere invitarme un vinito. ¿Hablamos luego, no? –¡Claro, Sergei!– Un placer como siempre. Charlar con gente inteligente. El capitán de Rugby dice Adeus!

Chapter 5

Entramos a la cafetería. Paga. Cada uno coge su vaso de vino y caminamos hacia el parque interior de la facultad. Parpadeo con molestia. Frunzo el ceño. A saber qué querrá esta chica. Deambulamos ligeramente. Me dice que tiene que conseguir hachís, para fumar un poco y luego irse a clase. Asiento con la cabeza. Nos sentamos de espaldas al edificio que da al parque. Árboles majestuosos y cansados. El cielo se arrebata entre gárgaras solares. La facultad queda inmersa en silencio. A un lado unos tipos charlando sobre brutalidad policial, luego otros más hablando sobre nada en particular. Leyla se levanta y les pregunta algo. Regresa riéndose –Me he liado a un morenazo, lo voy a chupar bien… Asiento con la cabeza. –Estupendo–.Saco papel y bolígrafo. Empezamos a ensamblar las extremidades de un cadáver. Cada uno escribe una línea. Ella fuma hachís y yo me lío tabaco. Ella bebe vino y a mí, con el borde rugoso de la chaqueta, se me cae. Me río –Qué torpe soy, he derramado la sangre del señor. –¿Qué? –que he tirado el vino. Lo lamento. –Bueno, bueno; no te preocupes te puedo dar un poco si quieres. –No, no hace falta. En realidad no hace falta. Se sonríe. Pega calada, sus ojos dan vueltas, cambia su mirada. –Dame –le digo. Me da el porro. Pego tres, seis, veinte caladas. El sabor dulzón y apaciguado entra por mi boca y baja hacia mis pulmones. Mi garganta se raspa. No toso. Estoy cansado de toser. Me sonrío. Me quita el porro de las manos y fuma ansiosa. Me mira a los labios. Se humedece la boca. Ladeo la cabeza. Me quedo admirando su belleza, no con deseo, sino simplemente contemplando. Mira mis labios, mira mis ojos, mira mis labios, mira mis ojos. ¿Quién me habrá robado a Rimbaud, has sido tú Bébert?

Cogimos el vino y nos sentamos. Hemos cogido el vino mil veces, y mil veces lo he derramado. La sangre de Cristo por todas partes. Burbujeando en el suelo de hormigón. Al lado de la naturaleza, a espaldas de la civilización. Consigue droga, consigue droga, consigue droga… consigue droga y nos drogamos. Tengo sueño, si al menos pudiera dormir con alguien. Me recuesto sobre su hombro. Desorientado y bastante perturbado. No dice nada, queda allí, sentada e incómoda. Acaricio su mano, acaricia la mía. Resoplo. –En realidad, fe estoy cansado. Todo me aflige, todo mi hiere. –A todos nos pasa eso, Serge. –En realidad, fe estoy muerto. Todo me pudre todo me descompone. –Todos estamos muertos…, Serge –En realidad, fe no tengo alma… Todo es indolente, todo me desorienta…

Se mueve hacia un lado.

Chapter 6

–Perdona Serge, pero me gusta mi espacio personal– sonrío. Asiento con la cabeza. Lo siento, alma mía, lo siento. No me había dado cuenta. Se hace a un lado. Le miro a los ojos. Sigue con el bolígrafo en la mano. Le cuento que quisiera dormir con alguien. Me mira cautivada, frunce el ceño como si le dolieran esas palabras y dice: Pues buena suerte. Me sonrío. Sin duda, buena suerte Sergei, buena suerte. Me incorporo, me alejo unos pasos de ella. Me siento en el suelo. –Ha sido un gran día Leyla. No dice nada. Se queda expectante. Le miro a los ojos. Cuánto dolor cuánta coraza en tu piel. Me pregunto a qué le tendrás miedo. Levanto los hombros, los ojos caídos, cansancio espiritual. Me tumbo en el suelo. –¿Qué haces? –disfrutar del pavimento. –¡Ah!– Miro el techo, luego el cielo y los árboles. A veces quisiera ser una paloma. Un edificio abandonado. Un parkímetro roto. Me dejo dormir. Con las piernas sueltas. Y los brazos estirados, formando una cruz. Mis manos se inundan en frío. Mis tobillos tiemblan. Miro el techo. Dormir con alguien. Cierro los ojos, me dejo dormir. Me despiertan con el pie –¿qué haces? –duermo. –¿por qué justo ahora? –porque quería dormir con alguien. Queda muda.

Duermo en el frío suelo, con el césped hondeando a un lado. El sol se esconde entre las nubes, Leyla piensa en algo o sólo está colocada. Me dejo dormir… dormir con alguien, en el regazo de mamá, como cuando abuela te cogía de la mano y te decía: pequeño mío, no tengas miedo, duerme tranquilo, yo estaré aquí hasta que te quedes dormido. El miedo a la oscuridad. El silencio de la noche. Un apagón en la ciudad. –Sergei, duerme tranquilo, yo no estaré aquí cuando despiertes. Parpadeo. Dormir con alguien. Poca gente, mucha indolencia. El frío en mis manos, un temblor recorre mi espalda. Mis ojos se abren de golpe. Toso y jadeo. Una pesadilla. Ni siquiera me dejan dormir con alguien.

Leyla me mira a los ojos, todavía existe magnetismo en mis labios. Pero a mí me da tan igual.Me reincorporo. –Leyla, que tengo que irme– coge sus cosas con sus manos frágiles. Se pone de pie. La observo. ¿A qué le tienes miedo? ¿quién te ha hecho daño? Sonrío. Caminamos hacia la puerta. Entramos en el pasillo. Caminamos. Ella espera la despedida. Lo huelo en sus labios, lo veo en su piel. Me sonrío. No Leyla no. Ya no quiero besarte.

Se aproxima a mí, a medida que cada uno se acerca a la salida. Mira mis ojos y mira mis labios. Ladeo la cabeza. Adiós Leyla– le digo. Me alejo de las escaleras. Su rostro se descompone su sonrisa se rompe sus labios se caen. Sus ojos se contraen. Noto su infelicidad. No sé qué te ocurre. La veo triste: lo siento Leyla, tampoco me importa. Asiente con la cabeza. Murmura algo, quizá una despedida. No dice nada. Yo tampoco. Sube las escaleras en silencio. Y yo salgo a la intemperie.

Chapter 7

Bailando y confundido subo las escaleras. El imbécil del profesor aguarda mi llegada. Cómo le gusta a ese maricón verme hablar. Si hasta creo que le caigo bien. No parece mal tipo. El mundo da mil vueltas. Creo que me he excedido con él, tendría que pedir perdón. ¡Mil perdones, Señor Profesor, mil perdones bazofia inmunda! ¡Mil perdones, alma mía! ¡Hermosa Criatura! ¡Mil perdones, Señorito Mío, mil perdones! Volando voy, volando caigo. Vuela vuela, Ave María, vuela vuela alma mía. Oh alma rota, oh infierno caucásico; oh infierno melancólico. ¡Oh¡, ¡oh!, ¡oh…! Mi alma por dormir en el regazo de mamá. Me sonrío. Qué mundo este, tan equilibrado, tan nauseabundo: qué mundo de mierda este, tan simpático tan honesto tan divertido. Bestias y bestias, flores, coles, animales enamorados. Amor en polvo, infernales paraísos. Demoniacos ángeles festivos. El mundo gira sobre un eje que no existe. ¿Dónde estás Dios Padre? ¿Dónde estás, alma mía?

Chapter 8

Un tipo expone un trabajo de clase. Y yo, tan tranquilo… ¿Por qué seré tan violento? ¿Por qué toda esta salvajidad? ¿Por qué las hostias y las hostias? ¿Por qué los taxistas son personas amables? ¿Por qué en el colegio no me enseñaron a odiar? ¡He aprendido yo solo! ¡Mamá mírame odiar! ¡Sé hacerlo mucho mejor que tú! Y en la inconsciencia del momento, una arritmia cardiovascular. Recuerdo cierta expresión salvaje, la comparo, mi alma lo veo y mis ojos se aterran. En clase, entre compañeros, a una chica que amo le digo con el último impulso de mi estómago le digo a una amiga: –el mariquita –Sí, Sergei, el mariquita –Es… –¿Vas colocado? –Sísí…– Se ríe. –Dime cielo, dime– Sonríe cariñosamente –El mariquita… –le digo– el mariquita… ¡EL MARIQUITA TIENE A UN DEMONIO EN EL CUERPO…! Lo he visto con mis propios ojos, mientras se reía poseso, histérico rojo salvaje… en el parque, en la facultad. Azazel ha pegado un salto, que dice que es otro del gremio pero más perverso… alma mía, el mariquita no es trigo limpio.

La chica empieza a orinarse de la risa. Me sonrío sin entender muy bien qué ocurre. Muevo los brazos. El profesor me mira a los ojos. Va a decir algo. –Qué demonios le ocurre a usted– Me río enseñando los dientes. –¿A mí? Gilipichis, nada nada, ¿por qué…? –Y esa sonrisa tan estúpida de su cara qué. –¿Qué sonrisa si hoy ha sido el peor día de mi vida? –No me venga ahora con estupideces, señorito. –Se lo juro, Señor Profesor, hoy ha sido el peor de mi vida, mi amor. Hoy ha sido el peor de mi vida, sí señor. ¡Oh, hoy ha sido el pero día de mi vida, Santo Pastor! –Qué formas son esas. –Las formas se deforman. –¿Qué demonios cree que hace? –Amar la vida, odiar la muerte. –USTED ES UN COMPLETO IMBÉCIL. LÁRGUESE DE MI CLASE. –Voy, voy, voy. Volando voy, Ave María putísima eres de gracia, colocado voy, solemne lloro. Volando volando volando… –Usted me da asco. ¡Lárguese ya!– Entre ademanes femeninos, meneando la cabeza y agitando las manos: ¡Oh, oh, oh Dios Padre, Oh Universo Infantil, dónde queda el cielo, dónde queda el mar…, acaso Jesucristo Super Star…, por qué por qué por qué, irme; irme de aquí, dolido y abatido, el mejor día de mi vida, sí señor! ¡El mejor de mi vida, mi amor!

El tipo señala la puerta con el dedo. –L A R G O

–Corto.

Y cambio.

–Voy a llamar a seguridad.

–¡Y yo llamaré a Dios Padre para que me auxilie!

–No le aguanto ni una más.

–Qué ridículo usted, llamando a otros hombres para que le salven.

¿No será usted maricón?

Yo al menos llamo a Dios Padre para que me auxilie.

A Dios Padre de todos los hombres habidos y por haber…

–¡LÁRGUESE, ESCORIA!

–Dios Padre, por qué me has abandonado…

Dios Padre, por qué ya no me quieres.

¿Me he portado mal?

Chapter 9

Tambaleándome cojo el transporte público. Quince, diez, siete, cinco paradas hasta casa. A saber, a quién le importa. Y sus ojos vidriosos, que no le hace falta un beso dice…. ¡Jodida mentirosa infeliz! ¡A todo el mundo le hace falta un beso! Llego a casa. Chocándome con los escaparates de las tiendas. Rozando a la gente con la chaqueta de un hombre muerto. Estas Navidades las pasaré solo. Sin papá y sin mamá. Sin cena familiar…, tampoco veré al Niño Jesús, como mucho a Azazel. Al menos me he divertido. Abro la puerta del portal. Me río relajado. Qué mundo, qué gente: qué todo. Al menos no me he suicidado. Entro en el ascensor. Miro mi rostro en el espejo. –Chico, tu cara me suena de algo. –Claro que sí, subnormal –Chico, por qué estás tan triste. –No lo sé… –Chico, te hace falta divertirte. –No lo sé, no lo sé… –Chico, por qué no coges esa navaja y le rajas la cara a todos los vecinos… –Nono, not today bitch… –Chico, que te lo pide el cuerpo. Que te lo dice Azazel. –No, hombre no, hoy no que estoy cansado. –Chico, no seas maricón. –Vale vale, pero al meno dame un beso primero. –No chico, no… ¡OBEDECE!

–No estoy de humor

–¡QUÉ OBEDEZCAS, SUBNORMAL!

–Maldita sea, tú otra vez.

Parece que uno no puede tener una conversación tranquila y relajada consigo mismo. Siempre tienes que aparecer a joderme la marrana.

–¡Escoria, escoria, escoria!

–Azazel, hoy no.

–Te voy a matar.

Rechisto los dientes. Estiro el cuello. Miro directamente a los ojos del demonio. Veo mi piel y mis párpados. Pero esos ojos que me miran… Sonrío. Hago sonar mi lengua entre mis dientes. Respiro hondo, afilo la mirada y le doy un cabezazo al espejo.

El golpe me empuja hacia atrás. Caigo de espaldas a la puerta mecánica. El ascensor se balancea. Me toco la frente. Algo viscoso. Me río aturdido. –Y dónde está tu Gólem ahora, eh, perro judío. –Cállate, maricón. Ahora me largo para siempre y nunca más me vuelves a ver.

Río histérico. Entre babas y esputo espumoso. Chorreando sangre y saliva. Agito mi lengua delineando la comisura de mis labios. ¡HIJO DE LA GRANDÍSIMA PUTA! ¡LÁRGATE Y NO VUELVAS MÁS! –No juegues conmigo, chico… –Bah. Silencio. La puerta del ascensor se abre. Resoplo. Intento ponerme de pie, pero no lo consigo. Busco las llaves, y gateo hasta la puerta de casa.