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Todos nos hemos planteado alguna vez si el lugar que ocupamos en este mundo es para nosotros, si realmente estamos fallando en algo o, simplemente, hagamos lo que hagamos, todas nuestras intenciones irán dirigidas hacia el más absoluto fracaso. A muchos nos gusta llamarnos perdedores, no nos preocupa porque hay algo atractivo en ello. La figura del fracasado siempre estará envuelta de cierta mística, un gusto esotérico que nos hace ver en ella algo más que un simple imán para la desgracia. Porque lo cierto es que tiene gancho, un cierto flow.

Otros que se sintieron atraídos por la pericia del perdedor son los hermanos Coen, cinéfilos de sangre que, gracias a los personajes tan redondos que presentan en cada una de sus películas, jamás podrán negar su gusto por la desgracia. Porque dirigir a tus personajes hacia la muerte en vida de manera inexorable resulta terriblemente liberador. Es muy divertido, y ellos lo saben. También lo demuestran a la hora de imbuir a la mayor parte de su obra un patetismo que ya lo podríamos considerar un género en si mismo.

Inside Llewin Davis

Todo personaje con cierto carisma, especialmente si estamos hablando de un antihéroe –por introducirnos en cuestiones narratológicas–, véase también pobre diablo, perdedor, pelao, nos hará ver lo bello que hay dentro de la más absoluta desdicha. Llewyn sabe de eso, ha visto cómo este mundo de tarados echaba por el retrete lo único que le movía para seguir viviendo: interpretar música folk, ya que por mucha frescura que destilasen sus acordes, no era una propuesta ganadora, una máquina de hacer billetes. “No le veo mucho dinero a eso”, le confesó el productor Grossman al enseñarle el cantautor una parte del nuevo material que aparecería en su disco Inside Llewyn Davis. “Deberías volver con tu nuevo compañero”, le dijo aquél, inconsciente de que el destino le había llevado a tirarse al vacío desde el puente Jefferson. “Es un buen consejo”, admitió aquel bardo de mirada cansada, hastiado de lo que todavía le quedaba por llegar.

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Hay personas que, sin ninguna razón aparente, están destinadas a sufrir desgracias. No a otra cosa, solo morder el polvo, y con algo así, a los Coen se les dispara la líbido. Porque no es cuestión de regodearse en el infortunio ajeno –bueno, un poco sí–, pero también hay algo de esperanzador. A todos nos reconforta ser testigos de la flaqueza humana hecha carne en un tipo arrogantemente entrañable. Un capullo, para qué nos vamos a engañar, mendigando día tras día un sofá blandengue en el que poder dormir; pero de mundo interior profundo, cargado del lirismo que acompaña a toda tragedia. Quizá sea esa la razón por la que Llewyn se ve desprovisto del honor necesario para aceptar su destino, en pro del bien común, se entiende, colgar sus bártulos y mandarlo todo a tomar por culo. Aunque en estas disyuntivas, por mucho que decidas escoger tu propia suerte, ya hay alguien o algo ahí fuera que la tiene preparada para ti.

El Gran Lebowsky

Una de las situaciones que debe vivir todo campeón es la llamada de una aventura que le obligue a salir de aquel lugar en el que se siente seguro y protegido. Comenzará así a enfrentarse a una realidad en la que él no es el productor de los hechos, y como el Nota no es productor de nada, pues qué mejor personaje para articular un camino que ni siquiera él está dispuesto a emprender. Pero no se trata de lo que él quiere: si eres un grandísimo perdedor –por mucha clase que tengas– no estás en posición de exigir nada, de modo que Lebowsky, el tirado, no tiene más remedio que aceptar su destino y aprovechar lo que el mundo le estaba ofreciendo.

Que te propongan hacer de mensajero para participar en el rescate de una mujer florero, joven y atractiva, que se lucra de la lascivia de un pobre hombre minusválido que además es multimillonario no es una de las cosas que uno se espera que le ocurran una mañana cualquiera. Mucho menos después de haber sido amenazado por una especie de mafiosos extraños que terminan por orinar en tu alfombra. “Una alfombra que además daba ambiente. ¿No es así, Nota?¿Me equivoco?” Pues sí, lo cierto es que daba ambiente; pero nunca es fácil aceptar una realidad tan cruda como la de que el sistema meritocrático se esté cagando encima de ti, y además, con toda la razón del mundo.

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Puede ser ese el umbral que Jeffrey Lebowsky jamás debería haber cruzado, pero en el momento en que te presentas en la casa de tu tocayo rico, persona a la que realmente van dirigidas las extorsiones que estás sufriendo, te das cuenta de que te estás alejando de tu zona de confórt. Todavía más cuando aquel ruín héroe de guerra decide confiarte la suerte de su esposa por el simple hecho de no ensuciarse las manos. ¿Qué se supone que debes hacer? ¿Acaso te queda otra opción? Es precisamente en ese punto en el que el Nota debería haber recibido algún tipo de ayuda sobrenatural, basada en la mayor de sus virtudes, que le proporcionase algún tipo de ventaja con la que llevar a cabo su misión. Pero claro, lo único que se lleva es una maldita alfombra que nadie le había permitido coger.

Un Tipo Serio

En esta comedia menor de los Coen se nos presenta a un personaje cargado de desgracias que, tras ver cómo su mundo se desmorona de la noche a la mañana, se ve obligado a lidiar con una serie de despropósitos que solo le podrían ocurrir al hombre moderno. Es tan perdedor –¿he dicho ya que es judío?– que, en plena crisis matrimonial, aquel hombre que se está beneficiando de los favores de su mujer le convence de que lo mejor es que se mude a un motel. Ese mismo tipo que se compadece de su desgracia como si estuviese tratando con una persona de sífilis avanzada, con abrazos incómodos y reflexiones engreídas sacadas de un libro de autoayuda.

Está claro que es perfectamente consciente de sus miserias, ¿cómo si no ibas a aceptar que el único representante de tu fe disponible para ofrecerte consejo sea un rabino imberbe cuya sabiduría podría cuestionarse en el momento de cruzarse con esa mirada perdida de roedor huidizo? Porque hay que saber leer entre líneas si te recibe un pazguato de tal calibre mientras el resto de tus hermanos son acogidos por una persona experimentada que representa el verdadero pozo de sabiduría que buscan los judíos. Incluso a su hijo menor, fumador empedernido de drogas psicoactivas que muestra un desdén absoluto por la fe, es digno de aprehender unas cuantas reflexiones trasnochadas sobre algo que ni siquiera alcanza a comprender

Solo los Coen dominan ese patetismo de un héroe que experimenta unas dosis de dolor inhumanas que a cualquier otra persona le hubiesen servido de argumento para conformar ese arrojo capaz de llevarlo hasta la redención. Pero no estamos hablando aquí del antihéroe moderno, un tipo desprovisto de cualidades de grandeza como el honor, la belleza o la integridad; estamos ante un ejemplar un poco más tradicional: el clásico perdedor. Aquel hombre del que se espera un carácter resolutivo e intrépido pero que se ve hundido en el agravio comparativo al mostrarse ineficaz y profundamente desgraciado.