El niño mimado de la prensa española y del círculo de empresarios, el señorito Albert Rivera, deambula por platós de televisión y conexiones en directo repletas de reporteros y presentadores que antes de hacer dudar mínimamente al líder naranja o de dejarle mal tienen en mente trazarle una alfombra roja, contratarle a unos cuantos masajistas (pero suavecito, que si no hace daño) y darle unas pequeñas caricias en la cara mientras el político catalán sonríe y recita su discurso conservadorperorenovador.

Una imagen enternecedora, ciertamente, pero que influye más en la conciencia de lo españoles de lo que me gustaría. Albert Rivera es ciertamente la nueva sensación de la política española, los medios le adoran, las empresas le adoran, los políticos conservadores y socialdemócratas le dan la mano y le sonríen mientras intentan buscar su aprobación para pactar en el inminente estado de gobierno de coalición en el que nos situaremos tras las elecciones de Diciembre. Albert Rivera tiene la imagen de Transición amable de Adolfo Suárez, la fachada socialdemócrata blandengue de Felipe González y el conservadurismo duro de José María Aznar.

La aparición de Rivera en esa fantochada llamada El Hormiguero es un poco el reflejo de cómo las élites mediáticas están haciéndole el juego a este politicucho. Pablo Motos, representante ideal de ese tipo de presentador ególatra y maleducado, mostró un respeto inaudito por Albert. Bromeó, charlaron distendidamente y casi se pelotearon. Tras la tensa entrevista con Ana Pastor el fin de semana, ahí estaba Pablo Motos para volver a Rivera al trono mediático.

El ascenso imparable de Ciudadanos estos últimos meses era la reacción lógica del establishment junto a la centralización de Podemos. Una estrategia doble para parar el ascenso de un partido que nacía antisistema y morirá aceptando los postulados más conservadores de la transición que ha demostrado ser más que efectivo. Ciudadanos se comía el voto descontento de las personas que tienen miedo a declararse de izquierdas mientras el propio Podemos se clavaba puñaladas a si mismo renunciando a sus valores, permitiendo que  la desaparición de Izquierda Unida esté cada día más lejos de efecto rebote.

Con esta tendencia al alza, Rivera se dedicaba a sonreír y mostrarse guapo, sin decir poco más que un discurso de derecha moderada para convencer a unos pocos indecisos y esperando a ver los resultados de Mayo, que se antojaron bastante débiles. La representación de Ciudadanos en los parlamentos era testimonial, y solo en Madrid Ciudadanos había conseguido la llave para tirarla por el retrete posteriormente cuando decidió pactar con el continuismo pepero de Cifuentes (recuerden que esta señora era delegada del gobierno durante las represiones policiales del 22M cuando les hablen de reformismo).

Sin embargo, los resultados no convencían a nadie, y las izquierdas se hacían con un buen puñado de alcaldías y de presidencias. Era necesario que este camino de giro hacia el conservadurismo fuese más fuerte, y ahí estaba Albert Rivera por segunda vez para liderarlo. Las elecciones catalanas estaban ahí, y durante el verano los medios le hicieron el trabajo sucio: mientras le peloteaban por encabezar una nueva tendencia política sin haber tenido méritos reales, se vomitaban frases de odio sobre Manuela Carmena, Ada Colau y los principales agentes del cambio en las elecciones municipales y autonómicas de Mayo. El camino hacia el Parlament estaba despejado.

Rivera no tuvo que hacer mucho para triunfar en las catalanas: el camino estaba despejado. Con un PSOE y un PP demacrados y una izquierda que no quiso pronunciarse sobre el soberanismo catalán, Rivera solo tuvo que sonreír y defender la unidad de España para conseguir ser segunda fuerza en el parlament. A partir de ahí todo iría en ascenso, su popularidad se disparaba y Ciudadanos pasaban a ser el nuevo fenómeno Podemos, pero esta vez con un componente elitista del que no se han podido despegar.

Así, un triunfal Rivera se podía permitir debatir cara a cara con Iglesias sin quedar mal y teniendo al público de su lado, salir en la tele triunfal repitiendo las consignas que los mal llamados partidos de centro han llevado toda la vida y, en general, calmando un poco la convulsa vida política española. El ascenso de Podemos y de Ciudadanos en el último año han acabado con las movilizaciones sociales y han movido a la política otra vez al terreno de las élites y de los medios de comunicación. No es casualidad tampoco.

Sin embargo, a Albert Rivera le falta mucho para ser el nuevo Suárez. En las últimas semanas hemos asistido a un fenómeno más que curioso: da la sensación de que cada vez que Rivera abre la boca, mete la pata. Ya sea hablando sobre el sueldo del presidente del gobierno, anteponiendo sus delirios de macho alfa a la lucha feminista o despreciando a las víctimas del franquismo. Rivera ha dejado claro con sus últimas acciones que el puesto en el que está le queda muy grande, que no es más que lo que está acoplado a los hilos del marionetista.

En realidad, Albert Rivera como político es mediocre y su discurso esconde una ranciedad característica de los tiempos del PP de Aznar. Rivera tiene buena imagen, pero por dentro está hueco: su habla es mala, su actitud ante situaciones de peligro es temeraria y confusa y no sabe moverse más allá de los espacios cómodos en los que los medios de comunicación y las grandes empresas le han puesto. Es una suerte de UPyD con mayor calado, ya que suma las ventajas de juventud y buen talante, pero al igual que UPyD, su vida está sujeta a la aparición de un nuevo actor por el que los poderes conservadores decidan que es necesario sustituir. Y entonces se acabará la vida política de Albertito.