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Jugadores del Real Madrid en la debacle sufrida el pasado sábado contra el Barcelona / www.sportmole.co.uk

Carlo Ancelotti pasó dos años en el Real Madrid como el escritor Joseph Conrad pasó seis meses en el congo belga: la experiencia marcaría para siempre sus obras más conocidas, en caso del italiano poner cordura en tierra de locos, es decir, madridista. Y en caso del escritor polaco, escribir su obra magna El Corazón de las Tinieblas como distinguida referencia para reproducir un descenso a los infiernos. En ella un marinero llamado Charlie Meadow contaba su viaje por el Congo colonizado buscando al recolector de marfil que le había contratado, el Coronel Kurtz, del que solo escucha loas y admiraciones de sus serviles siervos, que le tienen endiosado hasta el paroxismo. Cuando finalmente consigue conocerle, descubre que Kurtz sólo es un megalómano de ambición desmesurada que ha perdido el poco juicio con el que llegó a tierras africanas. Ancelotti descendió el río madridista siguiendo las pautas de un presidente al que la adoración de sus palmeros han alejado de la realidad y cuya dirección es más que discutible. Tanto Meadow como el entrenador italiano regresaron a sus casas dando las gracias por mantener la cordura tras tamaña experiencia.

Luce el Madrid con orgullo y distinción su distintivo de Mejor Club del Siglo XX, pero corre el peligro de quedarse ahí. El equipo es un reflejo de otro tiempo más brillante,  el descendiente de una idea faraónica que ya demostró todas sus limitaciones. Como los romanos que se prometían tiempos mejores después de que Alarico I saquease la capital del Imperio, incapaces de ver los signos de agotamiento, recreándose en un estilo de vida caduco que cada vez vive más del pasado. Solo Ancelotti, experto en mantener la cordura en tierra de trastornados, pudo apaciguar un calvario que lleva prolongándose más de una década.

Florentino Pérez sorprendió a los seguidores con un verano atípico, ajeno a todos los anteriores. Ante el miedo de que sus tropas se descontrolaran como ya hicieron antaño, decidió echar al coronel que había apaciguado los ánimos del ejército y que les había preparado para el combate con una destreza que no se recordaba desde los tiempos del tranquilo Del Bosque, con quien había ciertas similitudes. De forma drástica, decidió traer a Benítez, un entrenador de corte recio pero de menor distinción. El resultado, a día de hoy, roza lo catastrófico: el equipo, que más o menos funcionaba con soltura, ahora ni se reconoce a sí mismo. El tan mencionado equilibrio que se le atribuía al nuevo entrenador es menor que el mantenido con Ancelotti; la defensa, a priori la mayor virtud táctica de Benítez, es más endeble que antes, y contando con una infantería prodigiosa, es incapaz de mantener un ataque continuo contra el enemigo. Hay partidos en los que incluso les es difícil mantener un único ataque.

Se rumoreaba el descalabro cuando al equipo blanco le costaba controlar los partidos importantes: las pasó canutas contra el Celta, ganó de milagro ante el PSG pese a ser avasallado por este, empató contra el Atlético de Madrid, el único rival no catalán que puede disputarle la liga además de ser el principal competidor en su ciudad. Hasta ahora, las virtudes de Keylor Navas (un portero que estaba vendido en agosto) y una pizca de suerte habían evitado el crepúsculo. Además, cuenta el Madrid con la plantilla más distinguida y de mayor calidad desde que los galácticos sólo eran conocidos por su fútbol. Pero fue llegar el Barcelona, incapaz de sentir misericordia y menos aún contra su mayor enemigo, y todo aquello desapareció de facto. El correctivo al que sometió el equipo culé dolió a propios y extraños, y dio siempre la sensación de poder haber sido mayor. El Madrid paseaba por el campo groggy, como el luchador de boxeo a punto de claudicar para siempre, sin saber bien a qué sujetarse: si a los designios de un entrenador que no parecía estar en el campo, o al orgullo torero que desaparecía paulatinamente conforme avanzaba el partido.

Recogió Florentino Pérez en el año 200 a un Real Madrid campeón de Europa, con un equipo hecho, respetado tanto en España como fuera de sus fronteras. Su idea, como Augusto, fue convertir la República en Imperio haciendo de un club de fútbol una maquinaria de ingresos colosal. Han pasado quince años y la maquinaria se ve tan grande como inservible, de control imposible. El principal rival del club, el Barcelona, ha pasado de estar medio muerto a engrosar su palmarés con cuatro copas de Europa, siete ligas y tres copas del rey, amén de ganarles en trece encuentros, tres de ellos de abultada goleada contando este último. El Atlético de Madrid, pupas vitalicio en su llegada a la presidencia, ahora moja la oreja al autodenominado principal equipo de la capital española. A la vitrina de trofeos le cuesta dejar atrás las telarañas y tan solo las dos copas ganadas con Ancelotti han aportado luz a lo que se estaba convirtiendo en una gruta fría y oscura, repleta de triunfos de otro tiempo que sólo sirven de excusa hasta que se vean sobrepasados por el resto. Por el camino, un cúmulo de decisiones erróneas: la marcha de Del Bosque, la venta de Redondo, Makelelé o Di María; entrenadores de calidad más que discutible, la llegada del huracán Mourinho… y ahora intercambiar a un entrenador serio, querido, que había aportado las mayores victorias al club en más de un lustro, por otro que no consigue empatizar ni con vestuario ni con afición. Ni siquiera con el ejército de palmeros que nublan la vista del seguidor, intentando hacerle ver que aquel presidente que debería ser discutido de forma razonable, es en realidad un emperador admirable al que aferrarse, pues algún día marchará con el ejército más caro y distinguido del mundo y aniquilará a todos sus rivales.

Algún día. Y siguen pasando los años, y ese emperador sigue sin hacerse ver. Como con el coronel Kurtz, llegará el día en que sus subordinados descubran que seguían los designios de un demente con delirios de grandeza. Será ese momento donde el Madrid matará a su rey y comience su revolución. Pero más vale darse prisa, porque no ha habido Imperio capaz de resucitar cuando a sus ruinas ya les cubría el polvo.