La época final de Pink Floyd empezaba con el huracán que supuso The Wall, tanto en la música de la época como en la propia banda. Pink Floyd no volverían a ser lo mismo tras el lanzamiento de su última gran obra, entrando de cabeza en la cima del rock y en el saco de bandas imprescindibles. Aunque esto también tiene sus puntos negativos: la producción de la banda desde los años 80 no alcanzó ni de lejos las cotas a la que sus grandes discos llegaron. Los 80, época mortal para los viejos dinosaurios del rock, lo fueron también para unos Pink Floyd más centrados en los líos legales y en los personales que ser lo que habían sido antes. La marcha de Roger Waters en 1983 no hizo más que agravar esto.

Sin embargo, sería un error caer en la crítica fácil de estos álbumes. Algunos temas ya clásicos de la banda, como High Hopes o Learning to Fly, siguen en la memoria colectiva de la gente, tanto fans como no fans. Aunque estén lejos de la época dorada del grupo (y quizás excesivamente reivindicadas por las emisoras de rock clásico a costa de su primera época), no se puede negar que tras The Wall, Pink Floyd, ya fuese con Roger Waters o con David Gilmour cargando con una banda herida de muerte, logró facturar un puñado de grandes temas.

 

The Wall (1979) por Marcos Alcaraz

La desidia de Gilmour y la megalomanía de Roger Waters habían provocado que poco a poco éste último se fuera haciendo con el dominio de Pink Floyd rozando el mandato dictatorial. Es tal el control de Waters sobre el grupo, y la permisividad total del resto ante este hecho, que se hace con las riendas absolutas de la banda y lo que en un inicio iba a ser un álbum en solitario de Waters se edita como disco de Pink Floyd.

Inspirado por las obras conceptuales de The Who Tommy (1969) y Quadrophenia (1975), Roger Waters se lanza a crear un álbum conceptual doble que relate la historia de Pink, una estrella del rock ficticia atormentada por su pasado. Evidentemente,  es el mismo Waters que traslada a Pink la depresión provocada por la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, su crecimiento en una familia disfuncional, sus fracasos sentimentales o sus tics propios de un megalómano. El álbum además fue acompañado de una película musical dirigida por Alan Parker (El Expreso de Medianoche, Fama, El Corazón del Ángel) que relataba con imágenes y la propia música del álbum la historia que este contaba.

Con todo, el álbum es una completa obra maestra y una de las cimas de la historia del rock. Desde los guitarrazos que dan inicio en In The Flesh? hasta el final vodevilesco de The Trial/Outside The Wall, el álbum es una sucesión de temas inigualables, de increíble estado de forma compositivo de un Waters que a raíz  de expulsar sus demonios interiores realiza un trabajo inigualable. The Wall fue un absoluto pelotazo, siendo uno de los largos más vendidos de la historia (33 millones de discos despachados), ayudado tanto por la popularidad de la película, como  evidentemente por su calidad… y por la condición de hit de varias de sus canciones, como la misma Another Brick On The Wall part 2, tal vez el tema más popular del grupo gracias a una pegadiza línea de guitarra de tono funk, un irresistible estribillo espoleado por un coro de niños y una introducción de cierto toque operístico que funciona a las mil maravillas (y que, extrañamente, siempre suele funcionar en la radiofórmula). No nos confundamos: Another Brick es un tema inolvidable, historia propia de la música, uno de los hits más pegadizos e inolvidables que hayan sonado en una radio. Y pensar que Waters se negó por un principio a que un coro de niños resaltase el estribillo, como así proponía el productor Bob Ezrin, que ya había probado algo semejante en School’s Out de Alice Cooper.

Pero no es el único tema que resaltó del álbum: la preciosa balada Mother, que recuerda en esencia a Wish You Were Here; Comfortably Numb, con uno de los mejores solos de David Gilmour y tal vez también de la propia música (para muchos la mejor pieza del grupo), o la misma Hey You, un medio tiempo muy intenso que se encuentra entre las mejores composiciones de la banda… Canciones sin vocación de hit aparente pero que arrasaron en las listas de ventas. Tampoco estaría de más citar grandes temas como las hard rockeras Young Lust o Run Like Hell, únicas dos canciones del álbum donde Gilmour es el principal compositor y que Waters recogió para este trabajo a regañadientes (y lo que se agradece, pues rebajan el componente épico e intenso del álbum, que podía hacerse cuesta arriba sin joyas como estas), la instrumental Is There Anybody Out There, la segunda parte de In The Flesh, con una variación en la parte central de corte operístico, el final de One Of My Turns, la bella e íntima Goodbye Blue Sky… ¡Cuánto tema imprescindible en un solo álbum!

En definitiva, The Wall es el último gran largo de la banda que cerraría con letras de oro una época mayúscula, una década maravillosa donde todo resultaría imprescindible para cualquier melómano o simple seguidor de la música rock. Eso sí, por el contrario, abriría una época donde las maneras dictatoriales y egocéntricas de Waters terminarían por destruir el grupo.

YouTube Preview Image

 

The Final Cut (1983) por Marcos Alcaraz

La situación se pone tensa en Pink Floyd. Roger Waters sigue controlando con mano de hierro el grupo y se propone para un nuevo trabajo reutilizar ideas desechadas de The Wall, que en un principio iban a aparecer como integrantes de la banda sonora del film de Alan Parker. Por si fuera poco, Richard Wright había abandonado el grupo a poco de finalizar las sesiones de The Wall. ¿Y por qué? Porque el pobrecillo, tan callado y humilde, se había convertido en el saco de boxeo de Waters, quien ya le había apartado de Pink Floyd por una miseria en la gira de The Wall. Por cierto: esa gira fue una auténtica pérdida de dinero… menos para Wright, al ser músico empleado. El karma, tal vez. Entonces cuando David Gilmour despierta de su letargo y se queja de la calidad de las canciones, para él no lo suficientemente buenas para Pink Floyd, e intentó que se retrasara la salida del álbum para componer varias canciones que pudieran mejorar el resultado final. Waters se negó: The Final Cut era su obra, y de nadie más.

La tiranía de Waters llega aquí a su máxima expresión. Después de humillar continuamente a Rick Wright en la grabación de The Wall, poniendo en duda su calidad como músico (cuando podía ser el mejor músico de la banda), en The Final Cut le tocó a Nick Mason ser el puching ball de un tirano que creía poder utilizar al resto de componentes a su gusto. En Two Suns In The Sunset, Waters cargó contra Mason porque era incapaz de hacer un 5/4, por lo que delante de todo el mundo le sustituyó por un batería de estudio. Gilmour, que ya tocaba su parte en solitario para no encontrarse con quien llamaba “el dictador”,  se negó a tocar su solo de guitarra en protesta, pero a Waters le importó poco: le sustituyó por un solo de saxofón.

El resultado es un álbum desangelado, sin un ápice de la inspiración de The Wall y encima recargado de dramatismo. Un trabajo oscuro, indigesto en varios momentos, que excedía su parte más intimista sin entregar a cambio segmentos musicales de altura que diesen un poco de heterogeneidad al conjunto. Tan solo en su parte final, con el single Not Now John y la ya citada Two Suns in The Sunset, se remontaba un poco el vuelo.

El choque entre Gilmour y Waters se acabaría haciendo insostenible. Waters tenía total intención de dar por cerrada la historia del grupo (no en vano este The Final Cut iba a ser el coda de la banda) y empezar una carrera en solitario donde nadie le torpedease. Gilmour, harto de la situación, también estaba más centrado en empezar por su propia cuenta. Fue imposible una gira de presentación del álbum ante la negativa de los dos componentes de girar juntos. Pink Floyd se acercaba irremediablemente a su final.

YouTube Preview Image

 

A Momentary Lapse Of Reason (1987) por Marcos Alcaraz

La enemistad entre los componentes del grupo llegó a cotas realmente desagradables. Gilmour y Mason se embarcan en un duelo judicial por el nombre de Pink Floyd contra su anterior aliado (y ahora némesis) Roger Waters. Ya se lo habían dicho a este en 1983: “Si te vas del grupo, nosotros seguiremos”. Waters perdió todas las batallas judiciales respecto al grupo, debilitada su posición al haberlo abandonado en 1983. Y Gilmour, para dar por cerrada tanto revuelo, decidió que su nuevo álbum en solitario iba a salir bajo el nombre de la banda madre.

Utilizando muchos músicos de estudio, Gilmour y un Nick Mason que no rechistaba siempre que le dejasen seguir tocando sacan este Momentary Lapse Of Reason que, si bien The Final Cut sonaba a álbum en solitario de Waters, Momentary Lapse Of Reason suena a álbum en solitario de David Gilmour. Un álbum completamente plano de ideas, de música funcional y de irritante sonido ochentero. Tan solo el single Learning To Fly, con un magnífico estribillo, o Sorrow, que cerraba el álbum, podían estar al nivel de lo que consideraríamos un álbum de Pink Floyd. Eso sí, el negocio salió perfecto, pues el álbum fue un gran éxito aprovechando el poder del nombre de una marca gigantesca. Pero las disputas, los enfrentamientos, los distintos baches y el hecho de que las musas no duren para siempre, provocaron que la magia de Pink Floyd se esfumara para no volver.

Es curioso de este álbum que la mujer de Rick Wright se pusiera en contacto con Gilmour para que su marido volviese al grupo. Gilmour aceptó, pero como por motivos legales no podía ser aceptado como un miembro de la banda, se le contrató como músico de estudio. La historia de Rick Wright en Pink Floyd es digna de una película de los hermanos Coen.

YouTube Preview Image

 

The Division Bell (1994) por Óscar Pandiello

Wight, Mason y Gilmour decidieron, ya entrada la década de los 90, volver a juntarse para gramar material nuevo. La ausencia de Waters, abiertamente enfrentado al  resto de miembros del grupo, volvió a ser decisiva tras el fracaso de A Momentary Lapse of Reason. El proceso, que sufrió de distintos altercados —derechos de composición, líos conyugales, etc.—, acabó ofreciendo un disco menos olvidable que los dos trabajos anteriores, aunque sin acercarse lo más mínimo a las grandes obras de la banda en los 60 y 70.

Cluster One ofrece un inicio espacial, con un teclado absorbente y la guitarra de Gilmour aportando pinceladas de color al asunto. En el segundo corte, Do What You Want From Me, nos encontramos un bajo más funky y, al igual que en el resto del álbum, una obsesión por la épica que funciona casi mejor que en cualquier otra canción del disco. Poles Apart recuerda por momentos a los Pink Floyd más jóvenes, con pasajes circenses sonando a modo de pesadilla. Sin embargo, el tema se queda a un medio camino entre aquella primera etapa y su época de los 70, un claro ejemplo de que, a pesar de la mejora respecto a los trabajos de los 80, The Division Bell no llega a cuajar a la perfección como obra en conjunto.

El peso de Wright a la hora de componer nuevo material se ve reflejado en la mayoría de los tramos del disco, con abundantes armonías espaciales de teclado que acompañan el liderazgo de Gilmour a la voz y a la guitarra. El saxo y los coros femeninos también se pueden encontrar repartidos a lo largo de varios momentos clave. Sin embargo, el núcleo central del disco echa un poco de menos la magia compositiva de Waters.

Al final, The Division Bell acaba languideciendo debido a su falta de objetivo. Cuenta sin embargo con pasajes bastante buenos que recuerdan a varias de sus etapas —un conglomerado de composiciones cercanas al progresivo, lo espacial y la grandilocuencia— y que cierra con la notable High Hopes, un ejercicio mucho mejor cristalizado de épica para un final nostálgico y poderoso. Una suerte de epílogo a su carrera —que no sería tal tras el lanzamiento de The Endless River el pasado año—en la que rememoran la mejor época de sus vidas: cuando eran jóvenes y la magia resultaba algo cotidiano.

“The grass was greener/ The light was brighter/ The taste was sweeter/ The nights of wonder”

YouTube Preview Image

 

The Endless River (2014) por Darío Blanco

En 2005 sucedía lo imposible: Pink Floyd se reunían para un único miniconcierto con motivo de la celebración del Live 8 en Londres, ¡y con Roger Waters! Tras la marcha de Roger Waters los álbumes de Pink Floyd sufrieron la falta de solidez y coherencia que le daba el mismo Waters (aunque The Final Cut, obra de Waters, tampoco estaba a la altura), y los directos, aunque siempre se mantuvieron en alto nivel, pasaron a ser más propios de una banda de estadio veterana que de los largos conciertos temáticos de las giras previas a A Momentary Lapse of Reason.

La actuación fue un éxito y se llegaron a ofrecer sumas millonarias por la reunión completa en forma de gira de la banda, pero ninguno de los miembros estaba realmente interesados en ella. Sin embargo, GIlmour decidió resucitar al grupo en 2012 en secreto, sin Roger Waters, para rendir homenaje a Richard Wright, que había muerto en 2008. Así se gestó The Endless River, un disco que camina entre el álbum de reunión, el disco de material inédito y el disco de estudio de una banda veterana.

Usando parte de las fructíferas sesiones de The Division Bell, Gilmour y Mason, únicos miembros que quedaban del grupo, amasaron un disco que podría considerarse más bien un álbum solista del primero en homenaje al que fue el teclista de la banda. Así, el disco discurre durante más de 50 minutos de manera instrumental y sin pausas, hasta el tema final, Louder Than Words, el único eminentemente pop del disco, el resto de las 17 pistas son instrumentales que oscilan entre los Pink Floyd más ambientales y los más centrados en sus dos previos discos. Así, aunque el disco será meramente testimonial, no se puede negar que la escucha es agradable, pese al hecho de que estar firmado como Pink Floyd sea una estrategia comercial.

YouTube Preview Image