Una melodía de 20 segundos de trompetas y cuerdas. Un breve texto introductorio. Y de repente, uno de los temas de película más conocidos de la historia junto con un montaje de unas letras amarillas sobre el negro cielo estrellado. Lo que parece una porción del espacio tranquilo es interrumpido por la emergencia de dos naves, una monstruosamente más grande que la otra. Y de repente nos transportamos dentro y vemos a dos de los personajes secundarios más carismáticos y adorables de la historia del cine, dos androides que son una pieza clave en esta película, pero que a la vez ejercen como no protagonistas de una manera excepcional.

Unos tíos con casco apuntan con unas pistolas futuristas a una puerta mientras la música nos mete tensión. ¿Qué está pasando? Un grupo de soldados vestidos de blanco derrotan sin esfuerzo a los tipos con casco, pero lo mejor está por venir. Un enigmático ser de dos metros de altura, con evidentes problemas de respiración, entra altivo en la escena del enfrentamiento y observa los resultados del mismo.

La escena inicial de Star Wars (1977) es tan buena que ni en las miles de imitaciones que ha tenido la película y la saga en general se ha podido replicar en una mínima parte. La tensión que irradia la persecución del enorme Destructor Imperial a la Tantive IV es tremenda, todo combinado con la perfecta banda sonora de John Williams. Pero cuando Darth Vader aparece y dice su primera línea amenazando a un rebelde al que luego estrangula sin miramientos es cuando uno se da cuenta de que esto es muy muy grande.

Star Wars llegó en 1977 para reventar el cine en todos los sentidos. Reventó la taquilla (es la tercera película más taquillera de la historia ajustados sus ingresos a la inflación), la forma de hacer películas, el género y, en general, todo lo que eran los cimientos del séptimo arte. Star Wars se alejaba del modelo de ciencia ficción seria y psicológica de otras grandes obras maestras como 2001: Una Odisea en el Espacio o Solaris y la mezclaba con el cine de aventuras, el western e incluso el cine de samuráis para darnos una de las películas más inolvidables de los 70 y, en general, de toda la historia.

Uno de los pilares más sólidos de Star Wars es su efecto sorpresa. Funciona muy bien como una película de aventuras independiente de cualquier formato de saga, pero a su vez asienta la creación de un vasto universo en el que se incluían alusiones políticas a un viejo parlamento corrupto y desechado, la historia de una guerra mítica y antigua donde los generales jedis lucharon antes de ser exterminados, la naturaleza de la Fuerza, un guerrero de leyenda llamado Anakin Skywalker y, en general, una serie de conceptos que aunque quedan en el aire (y que el propio Lucas se ocupó de expandir, para bien y parar mal, en las secuelas y precuelas), sirven para dar unos cimientos a una película que nació para brillar por sí sola, pero también para darnos dos de las secuelas de mayor calidad que ha habido.

En cierto modo, una de las causas del éxito tanto a nivel comercial como crítico de Star Wars es el hecho de que pese a ser una película 100% George Lucas (como son las precuelas, que sí, son bastante peores), estar hecha como película independiente y sin depender de la continuidad e influencia de un universo de películas más vasto hizo que Lucas pudiese dar rueda suelta a todas sus ideas e imaginaciones sin estar acotado por exigencias de taquilla, guion o expectativas.

La muestra de esto es la relación entre los dos villanos principales. Por única vez en la saga, un personaje que no es el Emperador se llega a situar por encima del mito en el que se convirtió Darth Vader: Moff Tarkin. Mientras Vader se presenta como una especie de guerrero religioso, con poderes y, en cierto modo, haciendo que estos estén cohibidos (sea por iniciativa propia o del Emperador), Moff Tarkin funciona perfecto como contraparte al mismo: es un temido alto rango del Imperio, y su habilidad no reside tanto en el poder físico de Vader como en el don de la palabra y en la maldad pura que posee. Tarkin es un villano como el que la saga nunca volvería a tener.

Se puede decir que otro de los grandes puntos fuertes de la película es el gran elenco de personajes. Todos los principales tienen carisma y comparten protagonismo, dando lugar a un grupo de gente que, aunque ficticia, hace que el espectador se involucre con los mismos. La chulería de Han Solo, la inexperiencia de Luke, la mala baba de Leia, la sabiduría de Obi Wan… Y no solo los protagonistas, los extras que salen durante segundos en pantalla también han quedado en la memoria del cine de ciencia ficción.

Así, Lucas juntaba en un solo film un montón de ingredientes que solo podían hacer que la película fuese un éxito. Pese a contar con una trama simple, el joven George Lucas supo darle vueltas al guion haciendo que una peli de aventuras se convirtiese en icono (hazaña que repetiría con las secuelas y en En Busca del Arca Perdida) y creo escuela no solo el aspecto argumental (la forma de introducción de todas las tramas, subtramas y personajes es sencillamente sublime) sino también en el aspecto técnico: Star Wars ha conseguido envejecer técnica y argumentalmente de mejor manera que muchas películas de su época e incluso que muchas películas posteriores.

En Star Wars Lucas acertaba con todo, conseguía crear una película casi perfecta, abrir el camino hacia una saga que se le acabaría yendo de las manos (pero que mantendría el nivel en la trilogía original) y crear escuela en el cine. Puede que consideres que El Imperio Contraataca es superior (como yo hago) o que seas de esa gente rara que cree que las precuelas son mejores, pero hay una cosa de la que no se puede dudar: 40 años después, el legado de Star Wars es tan fuerte que es imposible ver la grandiosa escena de la batalla espacial en la Estrella de la Muerte sin vivir cada minuto de la misma, hacerse preguntas sobre Darth Vader o reírse tiernamente ante las interacciones entre R2D2 y C3PO. Y eso incluso habiendo visto cada película muchísimas veces.