El deporte es un juego de memoria, vividor del presente pero anclado en el pasado con una férrea convicción de que éste siempre trajo mejores días. Y como todo juego, no se vería completado sin unas fichas que mover, aunque no todas tienen un valor idéntico. Pongamos como ejemplo el ajedrez, de tradición milenaria. Los peones no valen lo mismo que las figuras del Rey y la Reina, razón por la cual han de cuidarse hasta el final, puesto que más vale protegerlos para ganar la partida. Es evidente, por tanto, que dichas piezas son necesarias y que hay que jugar en su favor si se quiere seguir vislumbrando el triunfo. Pues bien, el mundo deportivo- al igual que el relacionado con el de las artes- se rige por unas reglas no escritas casi idénticas, donde en la ecuación es necesario ese factor X que caracteriza a aquellos que tienen algo especial. Son las fichas importantes del tablero, las llamadas estrellas- encumbradas en estos tiempos modernos con el prefijo super debido a meros engaños del mundo del marketing- que consolidan un firmamento de figuras alejadas de los problemas del mortal común, hombres y mujeres que tienen ese “algo” que no se puede describir pero sí percibir a kilómetros.

Pero claro, el deporte es un juego de memoria. Es por esto que no escapa de la triste realidad el hecho de que el aura de muchos de estos individuos se encuentra apoyado en un discurso triunfalista frágil, que se derrumba con facilidad sorprendente cuando no salen las cosas como uno quiere. Y es que la relación de estos seres con el deporte- ya sea en el boxeo como en el fútbol o la natación- no conforma precisamente una sinergia armoniosa. Para un profesional consiste en dar el todo por el todo, en la consistencia y el esfuerzo y si existe un atisbo de reciprocidad, es solo mientras uno está en la cúspide. A partir de ahí la bajada es rápida, para algunos incluso eterna a la vez. Todo esto, como ya se ha mencionado antes, está fuertemente ligado a la retentiva de las personas que conforman el juego, haciendo honor a la frase de “durará tanto como lo cuides”. O al menos tanto como te cuiden los empresarios, managers, representantes, periodistas y, como no, aficionados. Estos últimos serán de los más importantes en decidir el destino de la persona: apoyarla en momentos difíciles o abandonarla en el olvido.

También existen las estrellas fugaces en el deporte, las que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Si bien es verdad que no duran para siempre, atraen mucha atención durante su breve recorrido. Obviamente cuando uno habla de brevedad en el deporte no se refiere a un periodo de meses sino de años, salvo casos extraordinarios. No debemos olvidar tampoco el hecho de que estas estrellas empiezan desde cero, que sólo cuando vuelven tambaleándose al punto dónde empezaron es cuando vemos cómo son realmente algunos. Cuando se acaba la función, el telón se baja y las máscaras se quitan. Pero mientras dura el acto todo parece fluir. Rápidamente las miradas se centran y las bocas hablan acerca de este nuevo talento que ha irrumpido con fuerza. Algunas opinan con criterio y otras sueltan una cháchara pseudointelectual que termina por irritar a los verdaderos amantes del deporte en cuestión. Las bocas que difaman no les suelen dar muchos quebraderos de cabeza, puesto que ya están acostumbrados a la presión. Lenguas malas deberían ser lenguas muertas. O al menos eso es lo que dicen en las mil entrevistas que les hacen en la prensa, radio, televisión e incluso en cafeterías y restaurantes. Es en este momento cuando surgen los linces del negocio, los que saben de la tirada de su estrella y buscan aprovecharse de su imágen lo máximo posible. El circulo vicioso lo cierran patrocinadores seguidos de Community Managers que rápidamente logran habilitar cuentas de Twitter, Instagram y Facebook con cientos de miles de seguidores por todo el mundo. Pero hay casos, en los que la fama y ser el punto de atención, puede pasar a convertirse en una responsabilidad demasiado grande para llevar a hombros. La mentalidad es un aspecto vital del deporte que ha de cuidarse y que también da sus frutos, tanto para bien como para mal. Y es en esos momentos de bajón dónde el estrellato se convierte en un terreno pantanoso del cual más de uno no logra salir. Las críticas aumentan y las formas casi parecen cambiar.

Naz                                                                                                                                                            ” El Príncipe” que llegó a ser rey, Naseem Hamed

El británico-yemení Naseem Hamed es uno de esos casos. ¿Acaso hay algún fan de boxeo que no haya visto en Youtube los vídeos de ese brillante púgil que se denominaba a sí mismo “El Príncipe”? En una época en la que Internet empezaba a ocupar cada vez más hogares, pero cuando aún no había redes sociales, sus habilidades en el cuadrilátero cautivaron a los amantes de un deporte que veía cómo su época dorada ya quedaba atrás. Sólo con ver sus excéntricas entradas al ring- montado en una alfombra al más puro estilo Aladino o al ritmo de música rave y hip hop de los 90′- uno sabía qué tipo de show estaba a punto de presenciar. No importaba quién fuera el rival, las provocaciones y la guardia baja eran marca de la casa de un joven que conquistó tres títulos distintos dentro del peso pluma, entre otros. Ganó 31 de los 37 combates que disputó por K.O, perdiendo sólo uno de ellos. Aunque parece ser que eso fue suficiente. En 2001 le arrebataría uno de sus cinturones de campeón el mexicano Marco Antonio Barrera. Su floja actuación durante el combate quizá pudo deberse a su preparación, a diversos incidentes en su vida privada o quizá a que, por primera vez en su carrera, se encontró con otra estrella digna de bailar con él durante 12 asaltos. Al poco tiempo, Hamed desaparecería de escena inesperadamente y volvería de manera similar un año después, dispuesto a pelear una vez más. Londres fue el último lugar en el que revolucionó al público antes de retirarse a la temprana edad de 28 años. Vistió de corto y enfundó los guantes durante poco más de una década. ¿Y qué le ha devuelto el deporte a Naseem? Nada más que una entrevista para Sky Sports en 2015 y una placa con su nombre en el Salón de la Fama del boxeo. Hasta entonces, absolutamente nada. “El Príncipe” pasó su vida en el anonimato más profundo, una estrella olvidada en un deporte cuasiolvidado. Aunque de vez en cuando sí aparece en algún tabloide inglés de poca monta, dónde los textos que envuelven su foto critican su peso, olvidándose de alabar su trayectoria.

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Luego están las estrellas que, a ojos de la opinión pública, parecen apagarse con el paso del tiempo. Solo cuando anuncian su retirada o un simple cambio de aires es cuando se les atribuye los méritos que se les debe. Raúl González Blanco hace recordar casos como éste, aún siendo símbolo de una generación irrepetible e imagen de una entidad internacional tan grande como la del Real Madrid. Lejos ya de su mejor versión, fue criticado hasta la saciedad por una hinchada que parecía no reconocer a su ídolo. La prensa no fue indiferente a todo esto, alimentando el Alzheimer colectivo merengue con portadas que ponían en duda su profesionalidad. “Raúl vete ya” fue sólo una de éstas. Y es que hay veces que el fan necesita perder la memoria para volver a recuperarla con el tiempo. Entonces la relación vuelve más fuerte que nunca. Tras la marcha del eterno capitán al Schalke alemán y su posterior paso por los Emiratos Árabes, Raúl volvía a vestir de blanco años después, en el trofeo Santiago Bernabéu. Su celebración tras el gol con su equipo de toda la vida hablaba por sí sola: ojos cerrados y sonrisa de niño. Visiblemente emocionado, parecía olvidar el trato recibido. Se marchaba como un estandarte clavado y mugriento sobre el césped del campo de sus amores, pero volvía como una leyenda eterna.

GRA269. MADRID, 22/08/2013.- El jugador del Real Madrid Raúl González celebra tras marcar ante el Al Sadd, durante el partido correspondiente a la XXXV edición del Trofeo Santiago Bernabéu que se disputa esta noche en Madrid y que le sirve de homenaje. EFE/Alberto Martín

No hay nada como volver a casa. Raúl celebra su gol en el trofeo Santiago Bernabéu

Por último tenemos a las estrellas que nos dejan demasiado pronto pero que aún siguen brillando. Jonah Lomu es el caso más reciente. Jugador de rugby conocido por sus 15 ensayos en dos mundiales para Nueva Zelanda, era conocido por su fiereza dentro del campo y su amabilidad fuera de él. Una grave enfermedad renal lastró su carrera deportiva, pero eso no impidió que marcase 37 ensayos en 63 partidos con su país. Formó parte de la expedición neozelandesa que viajó a Sudáfrica en el histórico Mundial de 1995 y que vería al país anfitrión levantar el trofeo otorgado por su nuevo presidente, un tal Nelson Mandela. Lomu era venerado por gente dentro del mundo del deporte y fuera de él. Por desgracia, su riñón le traicionó hace tan sólo unos días, a la prematura edad de 40 años, pero seguirá viviendo en la mente de muchos que todavía recuerdan el poder de esa tanqueta humana, de 120kg y casi dos metros de altura, que recorría el campo de una punta a otra con una velocidad sorprendente.

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Algunas vendrán para quedarse, otras volverán con el tiempo y otras muchas desaparecerán con la misma rapidez con la que llegaron, y la huella que dejen dependerá de su capacidad para ser precisamente eso, estrellas. Porque el deporte, al fin y al cabo, es un juego de memoria.