El cantante tiene la mirada clavada en algún punto de la alfombra que sostiene su estática figura. Tras realizar una toma de prueba para calentar la voz y definir la actitud que la canción requiere, el cantante se ha percatado de que hay una palabra en la letra, justo antes de entrar en el estribillo, que no se ajusta a la personalidad del tema. A veces ocurre. Tras meses de composición y de estrujarse los sesos, uno no se da cuenta de ciertos detalles hasta que se planta frente al micrófono y pulsa el botón de rec. No es una cuestión de métrica, ni de forma, sino de sonoridad. Las palabras tienen su propia música, independientemente de la melodía que se les atribuya. El cantante ha tenido que escucharse a sí mismo, arropado por los instrumentos que se grabaron en los días previos (batería, bajo, guitarras, teclados…), para caer en la cuenta de que el sonido de una palabra desentona lo suficiente como para romper el equilibrio que una buena canción debe poseer. Por eso hace un alto en el camino. El cantante detiene la grabación y se abandona a sí mismo en busca de la palabra exacta.

En este instante, el cantante no es consciente de los sinuosos dibujos que se retuercen sobre la lana sintética que pisa; ni de las numerosas guitarras, dispuestas ordenadamente sobre sus soportes, repartidas por toda la habitación insonorizada; ni de la tenue luz rojiza que dota al ambiente de un aire onírico y de calma perfecta. El silencio de ultratumba, la temperatura seca y los materiales esponjosos que conforman las paredes de este tipo de habitáculos, llevan a recordar las habitaciones acolchados donde encierran a los locos. Y una invitación a la locura es lo que el cantante necesita para llevar a cabo su trabajo. Por eso la situación no puede ser más apropiada si entendemos la locura como una ruptura con lo cotidiano, con lo preestablecido; con el abandono de los lugares comunes y de los comportamientos esperados. Pocas cosas que realmente hayan merecido la pena y que hayan sobrevivido al tiempo fueron perpetradas por mentalidades ordenadas y cuerdas. Por eso el cantante se siente como en casa. Como en ese pequeño espacio que vio nacer sus canciones. Esa pequeña habitación escasamente amueblaba, apenas una cama de 90 y un modesto escritorio, donde el cantante pasó meses encerrado, a modo de retiro espiritual, y dio forma a sus pensamientos e inquietudes otorgándoles rango de canción. Su obra. Su fauna de canciones. Su particular aullido al mundo.

El cantante sigue en la misma postura, petrificado. Sus parpados han descendido lo suficiente como para ocultar su mirada, pero con los dedos pellizca suavemente su barba recordándonos que de alguna manera sigue presente. Adivinar el recorrido que toman sus pensamientos sería inútil, pero no intentarlo resulta imposible. Al otro lado del doble cristal, el productor aguarda en la exigua sala de control, adornada por un sinfín de pequeñas bombillas de luces verdes, rojas y azules que emanan de los aparatos que se apilan en torno al tablero de mandos. El productor conoce lo suficiente al cantante como para brindarle este momento de soledad. Tras cuatro largas semanas de grabación, el productor ha hecho las veces de compañero de viaje, pero también de hermano, de padre, de amigo y enemigo, de verdugo y de psicólogo. Llegado el momento de tomar decisiones, no dudó en adoptar el papel que de él requería la situación: cuando tuvo que ser duro, fue duro; pero cuando tuvo que ser permisivo, también lo fue. Fue Virgilio acompañando a Dante por los intrincados caminos de la creación musical, recorriendo juntos la tragicomedia que se desarrolla en cada una de las canciones. No dudó en conferir al cantante la autoridad que sobre sus canciones debía tener, pero tampoco dudó en mutilar ciertos patrones y vicios que el cantante no pudo reconocer en sí mismo. “Cuando andes buscando una idea nueva”, decía continuamente el productor al cantante, “nunca propongas lo primero que te venga a la cabeza, porque probablemente esa idea ya la habrá tenido alguien antes que tú. Sáltatela y sigue buscando”. La confianza mutua fue puesta a prueba en no pocas ocasiones, pero finalmente salió airosa en pos de un objetivo común: las canciones… el disco… la música. Por eso, el productor espera paciente a que el cantante regrese de su momentáneo letargo.

El cantante acaricia con el pensamiento diferentes posibilidades. Son muchas las palabras que podrían encajar en el hueco por rellenar, pero solamente una lo hará a la perfección. No quiere dejar nada al azar. El rigor de la técnica adquirida tras años de dedicación y la anarquía sensorial e intelectual definen el talento del cantante. Ese talento que concede al cantante la autoridad para hablar por él mismo y por todos los que decidieron seguirle en su empresa, en cada concierto, en cada escenario. Pero, ¿qué es el talento? ¿Quién es él? ¿Quiénes son las personas que acuden a oírle cantar? Cuestiones que el cantante no necesita resolver para cumplir con su cometido. Él no lo sabe, pero en un intento por plasmar su propia personalidad en sus canciones, ha conseguido que estas canciones guarden un cierto parecido con las personas que las escuchan. De algo así debe de tratar el éxito. En un intento por decir las cosas como nadie las dijo antes, acabó poniendo voz a los pensamientos de esa miríada de seguidores que ahora esperan con expectación su nueva obra. “La originalidad no consiste en no parecerse a nadie, sino en parecerse a todo el mundo”, dijo Picasso.

Así que el cantante se toma su tiempo. No hay prisa si es su música la que está en juego. El disco está casi acabado y no es momento de disminuir el nivel de exigencia que ha gobernado todo el proceso de grabación. Baraja distintas opciones y finalmente deja que sea su instinto el que lo guíe hasta la única resolución posible. Deja caer la mano que acaricia su barbilla y alza la mirada:

— Ya lo tengo —dice el cantante dirigiéndose al productor que espera en la habitación contigua.

— Ok. Pues vamos desde el principio.

El cantante carraspea y adopta la postura adecuada apuntando con sus labios hacia el micrófono que tiene enfrente. Desde el otro lado le llega la señal y coge aire:

¡GRABANDO!