Cocina. Un Gilipollas aparece por la izquierda. No lleva nada de cintura para abajo más que su ropa interior. Abre la nevera y mira al público. La cierra y se dirige hacia el proscenio.

GILIPOLLAS.-  No tenía pensado hacer ningún monólogo. Hoy, precisamente hoy. Esta mañana. Veréis. Sencillamente, me he levantado, he visto que llevaba la misma ropa que anoche… Menos lo que no llevo. Es evidente. No voy por ahí en ropa interior por la calle. De momento. Y es que el terrible dolor de cabeza me ha avisado de que tenía resaca. Qué putada, ¿eh? Pues ahí no acaba la cosa. Porque he venido a la cocina pensando en hacerme un maldito café y me encuentro con todos vosotros. ¿Os importa entonces que me haga un café? Imagino que no ya que se supone que aquí hay una estúpida cuarta pared, ¿no? Y no me veis ni podéis influir en ninguna decisión que pueda tomar. Porque no estáis. Y como no estáis, puedo hacer lo que hago todas las mañanas que tengo resaca. Monólogos en la cocina, no te jode. Porque eso es lo que hago. ¡Hay que joderse! (Gilipollas comienza a preparar café). Podría ahora mismo subirme a esa mesa y mear todo el suelo y no podríais decirme nada. A veces, las reglas del teatro son más estúpidas que las de la vida misma. Tanto, que intentar hablar con Jesucristo en el pasillo de los productos sin gluten del supermercado parece una idea de cuerdos. (Se sienta en una silla y enciende un cigarrillo). Pero ver que anoche me acosté con la misma ropa con la que salí, o el dolor de cabeza o encontraros a todos vosotros no ha sido lo peor que ha pasado en las últimas ocho horas. Vivimos en tiempos terribles en los que salir a la calle, estar cara a cara con la realidad, implica una posibilidad de que Dios mismo decida escupirte en la nuca. ¿Sabéis lo que es eso? (Suena el café terminando de hacerse en la cafetera) ¿Que te escupan en la nuca? Es una putada enorme. ¿Qué? ¿No lo sabéis? No fuisteis a mi instituto, claro. Pues resulta que anoche, Dios, en un derroche de amabilidad y altruismo, decidió que escupirme en la nuca varias veces era una idea cojonuda. (El café comienza a salirse de la cafetera). Joder, joder. (Se levanta y se dirige a limpiar el estropicio con el cigarrillo en la boca. Se plantea apagarlo, pero lo mantiene). ¡Joder! Pero esa es otra historia para un momento más oportuno. Como podéis ver, estoy un tanto ocupado. (Silencio. Gilipollas saca una taza y se sirve un café. Se vuelve). Ya veo que era mucho pedir que os fuerais. No hay problema, no hay problema. Siempre he pensado que las resacas se sudan mejor pasándola con gente que también la tiene. ¿Nadie aquí está de resaca? ¿No? Bueno, al menos estáis vivos. Algo es algo. En peores plazas habré toreado. En fin, anoche llego a un bar. Uno normal, sin más. Yo qué sé. Y allí me encuentro con… (Indeciso) con… No sé muy bien cómo llamarlo, la verdad. Digamos que me encuentro con la chica que me gusta. Y digo la chica que me gusta porque me despierta aquella estúpida sensación que se tiene en el colegio, de crío, cuando te cruzas por el pasillo con la niña de clase que te mola mogollón. Entro al bar y me hago el loco pero, ya sabéis, amigos de amigos y el encuentro es inevitable. Pido una copa. Whisky soda, siempre. Y no es que me considere intolerable al alcohol, en absoluto, pero entre los nervios, intentar mantener la compostura malamente, el cigarro para la ansiedad  (se levanta y señala a un espectador aleatorio de la primera fila del público) –porque sí, ¡porque tú me provocas ganas de fumar constantemente!-  y el primer trago, hacen que empiece a vomitar como un hijo de puta. (Comienza a tener arcadas) Ahí mismo, delante de ella y de todas sus amigas. ¿Acaso os parece normal? ¿Qué cojones pasa conmigo? (Las arcadas van en aumento) Y aún encima, por si fuera poco, mientras estoy encarado con mi cena devuelta al asfalto, escucho de fondo un doloroso “Dios mío, pero si ni siquiera está borracho, ¿cómo puede ser tan pringado?” Y claro, yo en ese momento, pues… pues… (Vomita largamente) Si no os importa, ahora sí que estoy bastante ocupado. (Sigue vomitando) ¿Alguien puede poner algo de música para amenizar aunque sea un poquito el momento, por favor? (Suena una canción de convivencia religiosa escrita por una señora del Opus Dei) Bueno, algo es algo, gracias. (Sigue vomitando) ¡Largaos de mi cocina!