he vuelto de viaje

«He vuelto a mirar

y me ha dolido.

Me ha hecho daño entenderla,

hubiera preferido arrancarme los ojos.

Hubiera preferido no recordar nada de esto.

Fingir que sólo es inercia y nada más que eso.

Pero, claro, eso es mucho pedir.

La gente no regala nada a nadie.

Las madres

tampoco»

Hace una semana que he vuelto de viaje. Sin mucho ánimo he desempaquetado la maleta y he contemplado la habitación. El abandono del hogar. Todo en sí es un desánimo crudo. He visto que no había cambiado nada: todo seguía en su maldito y exacto lugar, una tumba sin exhumar, un abismo sin muertos nuevos, una habitación imperturbable… aún cuando estoy dentro. ¡Eso no tiene perdón! Quisiera quemarlo todo. Arrebatarle a esas cuatro paredes todo lo que significan. Odio todo lo que ha pasado allí, odio todos los muros, los sueños rotos, los anhelos, el amor… ¡Lo odio todo! ¡Y odio aún más toda mi adolescencia!

Odio absolutamente toda mi sangre

Todo mis significado

Toda mi herencia

mi alma

no vale

nada

¡Nada!

Toda mi herencia

no tiene significado

Se desperdicia entre bocanadas

A cada paso se derrama toda mi sangre

Esa habitación no me representa, no es mía. Ni siquiera yo le pertenezco. Me siento obsoleto y gastado, una marioneta carcomida e inservible. No suelo preocuparme mucho por nada, pero mamá ha insistido en prepararme sándwiches para el viaje porque iba a tener hambre. Lo ha dicho muchas veces; oh, hijito querido, criatura de mi alma… ¡vas a pasar hambre! ¡Oh, mi vida, mi niño, no descuides tu salud! Se ha esmerado en prepararlos. Incluso, dijeron que no había nada decente en la nevera (aunque estaba llena), y decidieron salir al supermercado del centro de la ciudad para comprar embutidos. Ese gesto me conmovió. ¿Cómo decirles que allá a dónde voy nadie tiene hambre? ¿Cómo explicarles que en comer es en lo último que pienso en estos momentos?

No compraron cualquier cosa, intentaron ofrecerme una gracia. Cuando regresaron les vi entrar melancólicos y cabizbajos. Yo estaba sucio, y con los ojos en blanco, sentado en el sofá podrido, contemplando la casa con desesperación. ¿Para qué, señor, para qué tanto hogar? Absorbiendo el color de la pintura desteñida de las paredes, la suciedad del suelo y los pliegues calientes del asiento. Olía el hedor de la cocina, los baños sucios, la mugre en mi cabeza. Las alimañas revoloteando por todos los oscuros pasillos de la celda. Mis uñas puercas y mi aliento hambriento, como si hubiera estado meses encerrado en algún lugar. Un perro maldito y vicioso regodeado en su miseria. Un rehén de su propia cabeza, prisionero de su misma condición: un animal herido y sumiso, sometido a la inclemencia de su destino. La más banal y despreciable fatalidad.

–Papá, mamá; creo que me estoy muriendo.

–Lo sabemos, hijo nuestro…

Papá me ha dicho que por qué no me había mudado de ropa y hecho la maleta. Le he mirado con indiferencia y le he respondido que lo había olvidado. Que tampoco era importante, ¿quién lleva maletas a dónde voy? Tenía que comer algo antes de irme –eso lo dejaron claro– porque era un viaje muy largo. Tampoco soy un faraón, mamá. Pero, ¿a dónde voy a regresar si nadie me espera?

Mi hermana prefería no decir nada, miraba la escena desde otro sofá, con el rostro recostado sobre un brazo de terciopelo. Entraba demasiada luz por la ventana. Me irritaba la cabeza. Pero ella se mantenía allí: imperturbable y solemne, con una luminosidad aterradora. Con cierto aspecto infantil y una mirada asesina, como diciéndome que tenía que irme.«¡Qué te largues ya, Serge! ¡Lárgate!» Sonriendo desaforadamente, aspirando el aire del salón. Palpándose los pechos y jugando con sus pezones. Mirándome cachonda y mordiéndose los labios. Arqueando las cejas. Trago saliva. ¿Qué quieres de mí? –Verte agonizar.

Habían cocinado arroz por la mañana, arroz blanco y soso. Mamá se apresuró a mezclar atún con remolacha y sirvió en un plato un poco de comida y dijo que comiera. Una auténtica porquería, ¿a un preso en el corredor de la muerte le darían semejante bazofia ponzoñosa? Le dije que no tenía hambre, sonreí simpático y alejé el plato. Ella se alarmó, gesticuló disléxica y que algo tenía que comer; que de ninguna manera, Sergio, de ninguna manera te vas a ir sin comer nada, no, no, no: me opongo, ¡prefiero estar muerta antes de que un hijo mío se vaya con el estómago vacío!

Negué con la cabeza y cerré los ojos. Imaginé el funeral de Alejandra Pizarnik. Ella tumbada en el lecho de paja, con flores en la boca, consumida en cenizas al alba… Existiendo en la memoria de un muro, en la respiración de un animal que sueña. Ella y sólo ella, aprendiendo a dormir.

Mis ojos se humedecieron. Respiré hondo. Mamá sacó del cajón tres bolsas pequeñas de plástico y empezó a guardar los sándwiches. Me dijo que si me gustaba el queso y le dije que sí, me dijo que si me gustaba el jabalí, y asentí con la cabeza durante un buen rato. Luego preguntó que si me gustaba morir y me mordí los labios, hinchando mis mejillas, afilando mis pómulos… Oh sí, madre, me encanta morir.

El único gesto que podía manifestar para demostrar que quería agradarme fue poner dos lonchas de queso en vez de una. ¡Mi alma por dos lonchas de queso! ¡Mi sangre por un poco de amor! ¡Mi cordura por un poco del Infierno!

Luego añadió embutido y colocó las rebanada del pan. La metió en la bolsa y sacó un hilo de metal bañado en plástico blanco para atar la bolsa. La miré y dijo que haría más, para el camino, porque iba a ser un viaje muy largo, porque iba a tener hambre al llegar allá, porque podía guardar algunos para mañana. Porque siempre hay que estar preparados. Porque somos guerreros en medio de la nada. Agradecí.

–Sí, mamá, gracias.

Algunos libros, ropa limpia y ropa sucia, un cuaderno de notas y dos bolígrafos. Fuimos en coche hasta el cementerio y papá sacó treinta euros de su bolsillo y me los dio. ¿Para qué, papá? ¿Te das cuenta de lo estúpido que se te ve haciendo eso? Le dije que era demasiado y negó con la cabeza, dijo que en todo caso, guardase el resto para alguna emergencia. ¿Qué emergencia se pueden pagar con treinta euros? Cogí la maleta, el dinero y salí del automóvil.

Mamá me envió una foto de ella al lado de la entrada. Sonreía con la mano levantada, tocando el nombre del cementerio. Llevaba un chaleco muy tierno que usaba para abrigarse en invierno. Sonreía satisfecha, con cierta expresión de amor, sus labios hacia arriba, los ojos puros y las cejas despejadas… la misma mueca de felicidad que tenía cuando nos vimos a inicios de semana. Pero detrás de esa imagen había algo oscuro que escondía con habilidad. Pobre madre destrozada, adolorida y resignada. Su rostro fingía. Sus labios mentían. Su alma escondía un gran secreto. Pero yo no dije nada.

Epílogo:

Hace un momento he vuelto a ver la foto que mamá me había enviado hace un año por mensaje. Por casualidad he logrado entender lo que significaba. Me he reído entre lágrimas. Cómo es el mundo. Hace un año tanto sentimiento; ahora, tanto vacío. Mentiría si dijera que me duele. Mentiría si diría que la extraño. Todo es tóxico. Un odio incapaz de entenderse. Un odio imposible de olvidar. Es algo de lo que, por desgracia, me siento orgulloso. Tan complicado es el cosmos, tan lejano queda el hogar… Tan cercano el suicidio.

Ella sentía, y sí que sentía. ¿Qué lleva a un hijo a odiar a su propia madre? ¿Qué lleva a un conquistador arrancarse los ojos y follarse el cuerpo de su matriarca? ¿Qué lleva a un motociclista a disparar a su old-lady en la cabeza después de que recordaran la vida que compartieron? Yo lo sé.

Pero no lo voy contar.

No os haré ese daño.

Nota:

Su cuerpo al lado del número de la casa (siempre odié esa casa), como esos turistas afortunados que van a las capitales a hacerse fotos al lado de las esculturas emblemáticas de la ciudad (una cultura que nunca he entendido). Para ella yo yo era eso (creo), alguien emblemático por el que sentir admiración, cariño (qué estúpidas son algunas madres)… Aunque ella estuviera sumida en la más absoluta equivocación, erradicando la lógica de su cabeza: matando espejismos salvadores. ¡MADRE, POR QUÉ ME HAS ABANDONADO!