stallionLeer a Henry Miller por primera vez, hecho correctamente, es una experiencia que te cambia la vida, de la misma manera que hacer cualquier cosa por primera vez puede cambiarte la vida, si se hace correctamente. Por correctamente quiero decir dejarte llevar por la experiencia, hasta el punto de perder cualquier sentido del espacio y del tiempo, de ti mismo y la gente que rodea. Escuchar un concierto, comerte un buen menú, disfrutar del sexo tanto como del desamor, montar en metro, ir trabajar y por supuesto leer un libro; estas y todas las demás actividades que uno pueda pensar son la opción de un cambio vital -si se hacen correctamente. De hecho, el tiempo desdoblándose en cada instante presente -o su ilusión, evitando la metafísica- es el germen de un potencial de cambio que lo permea todo: la energía es la capacidad del cambio, y por alguna razón, toda la materia, viva o muerta, la posee, incluidos los libros de Henry Miller.

Rememoro aquí algo que me intriga por su profundo misterio, ¿cuál es la correcta medición de energía de un libro o cualquier pieza de información? Mi siempre amiga la ciencia diría: “la cantidad de energía que posee un libro viene determinada por su posición espacial, su velocidad si la hubiera, su cantidad y propiedades de la materia que lo compone, etc etc. Pero cuando una persona con la capacidad de entender los signos marcados en él, y la determinación de comprender su significado global, abre un libro y comienza con su tarea, la cantidad de energía que se desprende parece variar de forma esotérica, y la magia del conocimiento hace de su cerebro una infusión de ideas coherentemente ordenadas. Tómese por ejemplo los diagramas de la bomba H y todos los manuales técnicos necesarios para su descifre, y la técnica que abre su cabeza para recibir todo ello, transformándolo de manchas en el papel a ondas cerebrales, reacciones electroquímicas y consciencia; esta mujer ha concebido en su interior la energía necesaria para destruir el planeta, aunque no está claro que vaya a hacerlo. Soy de la opinión de que el conocimiento por si mismo está vacío de cualquier propiedad física, pero lo que ocurre por el mero ejercicio de nuestra mente es que nos volvemos conscientes del potencial completo del Yo, que debería -o no- ser liberado a través de la acción y convertido en cambio, sea interno para la modificación del propio Yo, externo para el Mundo, o ambas.

Sean los libros de Henry Miller llenos de energía inconmensurable o potencial de acción, apuntar al cambio con ellos es una tarea sencilla, ya que desde luego están llenos de consciencia. La primera vez que leí La crucifixión rosada tenía dieciséis años y mi organismo entero ansiaba cambio, regeneración, sediento de experiencia y pensamiento. A esa edad todo lo que le rodea a uno es a la vez luz y sombra, podemos percibir claramente la deliciosa apariencia de lo material tanto como de lo inmaterial, verificar su auténtica existencia con los sentidos y el espíritu, y al mismo tiempo percibir las infinitas capas de lo desconocido que se suceden más allá. Uno no necesita leer a Henry a esa edad porque la mayor parte del tiempo ya se siente como Henry mismo, pero yo lo leí, y desde ese momento supe que tenía un amigo, más que eso, un padre espiritual, un modelo defectuoso que hacia de las taras humanas un atractivo, una completa perdida de vergüenza. Me enseñó grandes cosas que yo ya había imaginado pero que había tomado por imposibles, y todas en su conjunto representaban el ideal de devorar el mundo entero y todos los seres que lo habitaban, hasta que todo lo que queda es la enorme boca de uno mismo devorándose en fantabulosa implosión.

¿Cómo podía un hombre mantener indefinidamente ese hambre de placer y dolor, solitud y compañía, amor y odio, ironía y honestidad, verdad y mentira, sin ser aplastado por la magnitud de la empresa, ubicándose al mismo tiempo en el Paraíso y en el Infierno sin ceder a la esquizofrenia? Me enseñó que era posible, y fueron grandes noticias: una adolescencia interminable de resplandores y rincones oscuros, cuevas y montañas en el alma; una existencia mágica evitando el color homogéneo de la adultez, pura falta de percepción de profundidad y forma en un campo simétrico de nada.

Después de aquello crecí un poco, y todas aquellas chispas eléctricas y movimiento perpetuo, seguidas de la refrescante neblina formada por las olas de la experiencia contra nuestros cuerpos de roca, o al revés, nuestros cuerpos fluidos desintegrando la piedra de la experiencia vital para llevarla con nosotros; las brisas de fósforo y azufre que sopla en las grandes ciudades, o las auroras de azul cobalto sobre colinas de verde cúprico golpeándonos en la cara como sementales a pleno galope; los labios y los senos, las narices y los labios, los ojos y los dientes y las orejas, las vaginas y los penes y los cuellos; los schnaps y la cervezas, quesos y panes, pepinillos y salchichas, cigarrillos y charlas después de la comida; lo único y lo general, la inducción y la deducción, lo dinámico y lo estático, música y silencio; todos y todas eran lo mismo, el color homogéneo no de la adultez, sino de la experiencia misma.

Nos damos cuenta cuando morimos, ese punto en el que el organismo -antes creciendo y devorándolo todo- para su desarrollo y comienza su decaimiento, incrementando sin pausa el ratio de células muertas frente a células vivas, primero 2:1, luego 3:1, 4:1, 5:1 y así hasta que ya solo somos un puñado de células de milésima generación demasiado cansadas como para mantener la máquina viva. Cuando pasamos de 1:1 a 2:1, probablemente en el abrazo del sueño y la noche, descubrimos que el juego de sombras chinas no era más que el exceso de energías de nuestros cuerpos siendo quemado en los hornos de la imaginación convirtiéndose en fumarolas de alucinación y delirio.

[Continuará…]