El mundo del rugby también tiene sus campos de batalla, sus perlas de arte moderno, engendrados por aquellos arquitectos que ven en este deporte un creciente interés económico y social. Escenarios en los cuales se masca un cóctel de sentimientos agridulces, frutos de la pasión que recoge esta disciplina. Es en estas catedrales rugbísticas donde se rinde culto al oval, donde decenas de miles de aficionados alientan a su equipo pero respetan al pateador rival. Es en estos campos donde los ensayos en el último minuto son celebrados con sonrisas y lágrimas y donde los gritos parecen transformarse en muecas feas por culpa de un incómodo bucal que dificulta la respiración. Aquí es donde se representa al rugby en su máxima expresión, siendo una de ellas el tan esperado Mundial.

En comparación con el torneo del 6 Naciones, cuyos orígenes datan del año 1883- cuando sólo participaban en él las naciones de las islas británicas- el Mundial es una competición recién nacida, gestada en 1987 en honor a la figura de William Webb Ellis, clérigo anglicano que inventó el rugby allá por 1823. El número de países participantes ha ido variando con cada edición, siendo ésta última -la octava- la que más naciones ha acogido (20). Sin embargo, los objetivos a lograr por cada selección son bien distintos, de ahí que los equipos se agrupen en dos clasificaciones separadas y conocidas como Tier 1 y 2. Los del primer grupo, los países con más disciplina e históricamente más empapados de la cultura y tradición que desprende el juego, buscan levantar el trofeo que lleva los apellidos del padre fundador: El trofeo “Webb Ellis”. Por otro lado, los últimos pertenecen a un grupo algo más hedonista, vividores del momento y con propósitos bien distintos al de sus “mayores”. Aunque hay un elemento en el cual no existen las diferencias: todos se permiten soñar despiertos.

                                                                                   El trofeo Webb EllisMundial de Rugby

La sede de este año era en Inglaterra, con la excepción de algún que otro partido grande disputándose en el Millenium Stadium de Cardiff, por lo que casi todas las expectativas estaban puestas en las naciones grandes del hemisferio norte, pero sobre todo en la anfitriona inglesa, en Gales, en Irlanda, Francia y Escocia. Estas cinco selecciones entraban a escena representando el rugby europeo y además lo hacían jugando en su territorio, algo que sin duda parecía darles a priori cierta ventaja psicológica y moral. Irlanda se posicionaba como una de las favoritas al ser campeona del Seis Naciones dos años seguidos e Inglaterra sabía que, aunque se preveía una fase de grupos complicada junto a la todopoderosa Australia y a la combativa Gales, no podía desaprovechar su oportunidad de brillar como local. Francia quería acabar con las críticas de la prensa debido a su juego conservador y poco efectivo, mientras que una Gales plagada de lesiones y una Escocia en ascenso buscaban dar la sorpresa. Mientras tanto, los gigantes del hemisferio sur -Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica y Argentina- atravesaban el gran charco para imponer su jerarquía.

La debacle para los europeos no pudo ser peor. Inglaterra quedó eliminada tras perder contra Gales y Australia en su fase de grupos, mientras que el resto se despidieron del torneo en cuartos de final, viendo con impotencia como los 4 años de espera brindaban tan sólo unas pocas semanas de alegría. El billete de ida y sin retorno hacia lo que parecía ser el Mundial más disputado de la historia había expirado con mayor rapidez de la deseada. Gales vio como la imponente Sudáfrica -bicampeona del mundo- se recomponía de una sorprendente e histórica derrota con Japón en su primer partido para acabar derrotando a los dragones rojos por un mínimo margen de 23 puntos a 19. Entre tanto, Francia sufrió una sonrojante paliza ante los All Blacks,que manejaron el partido a su antojo, con offloads, una velocidad de delantera y tres cuartos superior a la francesa, y decenas de filigranas dignas de un partido de exhibición. La pachanga terminaría 62-13 y con Les Bleus humillados.

Inglaterra                  Chris Robshaw, capitán de la selección inglesa, se dirige hacia los vestuarios tras la derrota ante Australia que certificaba la eliminación de su país

Pero la decepción no se palpó realmente hasta los choques del día siguiente. Irlanda, quién ahora recibía los apoyos de Gales y -sorprendentemente- de Inglaterra al ser una de las llamadas “Home Nations” caía ante una selección argentina que demostraba ser una de las revelaciones del Mundial. El rugby de los albicelestes está al alza, y la marea verde en las gradas no fue suficiente para apaciguar a una manada hambrienta de Pumas los cuales, visiblemente emocionados por la ocasión y con el señor Diego Armando agitando su “mano de Dios” desde la grada, prometieron “jurar con gloria morir”, como bien recalca la letra de su himno nacional. Y nunca mejor dicho. Los hombres de verde habían sufrido varias bajas importantes, incluida la de su veterano capitán Paul O’ Connell, y regresaron a casa con las manos vacías y un 43-20 incrustado en sus memorias. Los irlandeses se habían quedado a un paso de hacer historia y pasar por primera vez a una semifinal,pero el mismo escalón engañoso de siempre requiere un gran salto para superarse, y los hombres del entrenador Joe Schmidt no cogieron el suficiente impulso. Ahora al “XV del Trébol” no le queda otra que buscar su oportunidad -la excepción que confirma la regla- y procurar que la tan famosa suerte irlandesa no acabe por convertirse en maldición.

Pero no por ello menos importante fue el partido de Escocia contra Australia, salpicado con polémica por un desacertado penalti pitado en contra del equipo británico en el último suspiro del partido. Escocia había dado razón a más de uno para creer pero acabaron pagando la pobre decisión del colegiado sudafricano Craig Joubert. Bernard Foley, apertura del equipo oceánico, pudo con la presión del momento y anotó los tres puntos que mandarían a su equipo a la siguiente ronda. La desesperación posterior la plasmaba el capitán y medio melé escocés Greig Laidlaw al reconocer en una entrevista transcurridos ya los 80 minutos que no encontraba las palabras para definir lo que le estaba rondando la cabeza en aquél momento. Sin embargo, su cara lo explicaba perfectamente.

Irlanda Argentina                                         El zaguero irlandés Rob Kearney busca zafarse de una férrea defensa argentina

El fin de semana siguiente vería como los All Blacks sufrían más de la cuenta para acabar echando de la competición a una Sudáfrica peleona y sólida -como es habitual- en delantera. Éstos últimos no consiguieron superar al conjunto kiwi, que logró mejorar el aspecto disciplinario en la segunda parte para acabar remontando el resultado hasta cerrarlo con un ajustado 20-18. En el otro encuentro, Australia y Argentina se veían las caras en lo que sería un toma y daca constante. Los Pumas aguantaron poco sin conceder puntos, pues una intercepción del segunda línea Rob Simmons a los 70 segundos del encuentro ponía a los Wallabies por delante, los cuales no llegaron a perder el liderato en ningún momento, aunque sí lo vieron peligrar, ya que que varios golpes de castigo en contra vieron como los argentinos arañaban poco a poco su ventaja. Sólo una genial acción individual del ala australiano Drew Mitchell, zafándose de contrarios en carrera y asistiendo a Adam Ashley Cooper en banda para ensayar su hat-trick, solucionaría el partido y mandaría a sus compañeros a una final anticipada. El marcador final sería de 29-15, dejando a Argentina con una bala en la recámara: el bronce ante Sudáfrica en un choque gris que se acabaría llevando el conjunto africano por 24 puntos a 13. Argentina no lograba repetir por tanto la gesta del año 2007, culminada por aquél entonces con un merecido tercer puesto ante unos franceses anfitriones que no tuvieron más remedio que quitarse el sombrero, sobrecogidos por el poderío del contrario.

La finalísima del viernes pasado entre Nueva Zelanda y Australia sólo vino a cimentar lo que muchos ya daban por hecho. Los All Blacks se metieron en el partido desde el primero minuto, y la tercera línea australiana formada por Pocock, Hooper y Scott Fardy -la cual presentaba un quebradero de cabeza para el entrenador kiwi Steve Hansen- poco pudo hacer ante un equipo que asistió de luto al funeral de su rival. El MVP Dan Carter fue decisivo dándole a su equipo 19 puntos, con la primera mitad terminando con un marcador favorable de 21-3. Los wallabies aprovecharon una tarjeta amarilla en el segundo tiempo que vió al zaguero neozelandés Ben Smith irse al banquillo diez minutos para puntuar algo más gracias a dos ensayos de David Pocock y Turid Kuridrani, pero no fue suficiente para aplacar el huracán de bestias negras que pasó por Twickenham. En el marcador electrónico del estadio inglés se leía un 34-17 que reflejaba el poderío, una vez más, de Nueva Zelanda, única selección en ganar en dos Mundiales consecutivos.
Nueva Zelanda                                               Richie McCaw levanta su segundo Mundial junto a sus compañeros.

La caída de todos los europeos en cuartos de final dejó abierto un debate que lleva ya tiempo en el ojo del huracán: la manera de jugar del hemisferio norte y su irremediable comparación con aquella del sur. Es curioso que, aunque el rugby fuese inventado en Europa, el único equipo que ha ganado una edición del Mundial fue la Inglaterra de Lawrence Dallaglio, Martin Johnson y Danny Grewcock, quienes lograron imponerse en la final de 2003 a un fuerte equipo australiano gracias a un drop goal en la prórroga del infalible Johnny Wilkinson. Pero desde entonces el panorama que caracteriza a este deporte ha estado gobernado por un tipo de rugby distinto. Mientras que las ligas europeas construyen equipos basados en la fortaleza de los jugadores y su capacidad estratégica, el hemisferio sur trabaja la capacidad de mover el oval con la mano de manera rápida y de un ala a otra, de un juego más expansivo y de una defensa basada en la maestría del ataque. La diferencia es clara. Un equipo del hemisferio norte patearía para quitarle terreno ganado al rival antes que intentar salir de su zona de presión intentando usar la mano y la velocidad de sus tres cuartos. Por resaltar un poco más las diferencias está el ejemplo de los centros. Los de equipos como Nueva Zelanda o Australia, antes que ir al choque con el que tienen enfrente buscan otras opciones a su alrededor, crear juego para facilitar las cosas al compañero, apoyarle rápidamente para que éste amplíe sus opciones de pase y así poder cruzar la línea de ensayo. En definitiva, buscan participar en la jugada todo lo posible y evitar ir al suelo. Los centros europeos no, y muchas veces llevan motes aludiendo a su peso y su manera de derribar, pero después de este Mundial queda claro que no sirve de mucho que te conozcan como “El Búfalo” si el oponente de tu misma posición en el campo es apodado como “El Mago”. Es por ello que cuando jugadores tan talentosos como el irlandés Brian O’ Driscoll irrumpen en el escenario europeo son adorados por todo el hemisferio.

Puede no parecer así en comparación con el deporte rey, pero en el rugby la calidad también prima sobre la cantidad. Andy Bull, periodista de The Guardian redactaba un artículo introspectivo en el que retrataba su último viaje a Nueva Zelanda. Allí, Bull quedaba asombrado por el concepto tan distinto de juego que tenían los más jóvenes que, ya fuese en una escuela de Auckland o en el lugar más recóndito de la isla, tenían una mentalidad múcho más enfocada en pulir las habilidades con la mano y en saber mover el oval con cierto dinamismo. Puede que ahí radique la diferencia, en la raíz de todo, en hacer que las canteras de uno y otro lugar se alimenten de la misma forma de entender este deporte. Shane Horgan, compatriota de O’ Driscoll tanto en el equipo de Leinster como en la selección, explicó el otro día la importancia de estos pequeños detalles. Hablando para el programa de radio “Second Captains” del diario The Irish Times, dijo: “Me acuerdo de perder por paliza contra Nueva Zelanda unas cuatro o cinco veces y pensar viendo las repeticiones en vídeo que no habían hecho nada fuera de lo normal. Nada extraordinario. Sí, fallaron un par de placajes pero lo importante es que no se les caía ni una bola.” Si los europeos queremos igualar a nuestros rivales en juego, debe existir una mejor comunicación entre los seleccionadores de cada país con los entrenadores de sus clubes para establecer tanto a nivel nacional como internacional un plan en el que se puedan desarrollar estas capacidades en las nuevas promesas del hemisferio norte. Así, quién sabe si dentro de unos años naciones como Irlanda, Gales o Francia podrán brindar a sus seguidores sufridos triunfos dentro de tierras europeas y fuera de ellas, de ser capaces de reconquistar el orgullo saqueado por los rivales. Pero lo cierto es que, pase lo que pase, los grandes templos del rugby seguirán en pie, preparados para teñirse de sangre y de emociones fuertes una vez más.

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