queen RATA Y YO

 

Yo soy el que está atrapado en su cabeza. A penas puedo ver la luz del día, y cuando salgo, me arrastro por las calles en busca de morfina. Placebo, engaños y catástrofes ajenas. Quisiera volver a nacer, evadirme del mundo y resurgir de entre la mugre, emperador de mi nuevo mundo. Uno pequeño, particular, latente. Ser sargento de mis propios soldados, soberano de mi vida… ser un hombre con alma. Pero eso ya no existe. Lo que fui, y lo que soy, lo que seré…

Poder escapar de entre los escombros de mi vida, no volver a verme arrinconado en una esquina, matar al goloso egoísta que me mira como si fuera una canica de piel y hueso. Jugueteando conmigo, moviendo la habitación como si fuera una caja de zapatos; y yo, chocando en cada esquina. Siendo un objeto inanimado a merced de la inercia inequívoca: la putrefacción cárnica. No hay manera de volver a tener alma si te ves reducido a materia inerte. Un pobre bodegón de acrílicos baratos, un cuadro colorido desgastado por el sol, abandonado en un basurero cualquiera:

Eso soy yo.

Nadie cuelga cuadros viejos copias de copias en sus paredes. Nadie hace un espacio en la mesa del salón para un jarrón roto; ni mucho menos, nadie se toma la molestia de llenar un vaso con agua fresca para una flor seca. Nadie pierde el tiempo limpiando los cristales de la ventana si está ciego, ni tampoco se preocupan en cerrar con llave la puerta de una casa que no existe. Todo el mundo es consecuente con lo que se da, todo el mundo es marioneta de su realidad, de su mundo, de su tortura. Y nadie se preocupa por limpiar el suelo de su casa, si duerme en la calle… así como nadie entenderá que se amamante a un bebé que ha nacido muerto.

Yo estuve vivo.

¡Lo juro!

El Rey Rata me sonríe, me hace un espacio en la cama, me susurra nanas y me deja dormir hasta tarde. El Rey Rata me ríe las torpezas y me abriga del frío, pero luego respira de mi aliento, inhala de mis pulmones y se entretiene con mis ojos. El Rey Rata está en la habitación esperándome, honesto y fiel a sí mismo; a él y sólo a él, allí, aguardando, a que caiga en el sueño eterno. El Rey Rata lo quiere todo para él, y todo sólo es lo poco que queda de mí. A él le pertenezco.

Me despierto con un sabor amargo en la boca, estornudo sangre, me limpio la mugre de la nariz, la saliva seca y me froto los ojos. Vomito hiel y me agito en mi asiento, doy unos pasos y me siento en la silla. Una silla que nació blanca, pero que está llena de mugre, suciedad, piel muerta, gotas de sangre y tristeza. Como una máscara rota, como un pañuelo para el sudor, manchado con marrones rostros de sangre, gritos y melancolía.

Soy un recién nacido que intenta gritar, pero que sólo encuentra el frío de la morgue. Soy la camilla metálica dónde me depositan, el líquido embalsamador de la piel, el compuesto químico que me hacen tragar para que me descomponga en el acto. Y allí, en medio de toda esa ingratitud, me levanto de mi sitio, miro hacia las esquinas y compruebo que estoy completamente solo. Perpetuando mi especie, cuidando mis genitales hasta que los tengan que apretar con el puño. De pie e inerte, en una piel que no es la mía, con sudor ajeno que brota de mis poros. Una carnicería de mi propia carne, una desidia de mi propio mundo… Soy un muerto en vida, piel y carne; mugre y desdicha.

Si al menos pudiera salir de mi cuerpo… si al menos pudiera recuperar el aliento. El golpe que me han dado me ha dejado mudo, me ha hecho enloquecer, no sé hacia dónde caminar, tampoco sé hacia dónde tengo que mirar. No puedo protegerme de los golpes. Vienen hacia mí, sin remordimientos. En el rostro, el estómago, en el único resquicio de humanidad que me quedaba… si me vieran sabrían… Si me vieran sabrían que hace mucho tiempo que dejé de ser hombre, sólo soy una bestia, una alimaña, una burla, una mueca tosca, un desperdicio. Una abominable decepción, una tristeza muda… una genuina mueca de asco. Soy el hedor, la muerte y la desesperación. Los restos de una drogadicción feroz, una triste marca de nacimiento que me hace inconfundible. Soy un enfermo que asegura estar bien, una tos mucosa, una hedionda defecación. Un miserable, un esclavo encadenado, sin dueño por el que hacer nada. Un suspiro cortado, un bostezo que nunca fue.

Y todo eso que digo soy yo, y no por voluntad propia… Si soy una bestia escondida en la piel de un hombre es por confusión. No debería estar aquí. No puedo ser así por voluntad, porque de eso ya no tengo. Ni voluntad, ni impulso… ni siquiera sangre en las venas por las que explotar, no tengo nada a lo que aferrarme. Algunas gotas se drenan por la mañana y sólo soy eso. Soy lo que queda de la inmundicia, la mugre por debajo del Rey Rata.

Cuando las ratas se quedan en un mismo lugar y no hacen nada más que lo propio de una rata. Defecan, y se comen entre ellas, chillan y mordisquean mugre… cuando sus colas se juntan y se enredan con sus heces y la sangre de las ratas muertas… de allí surjo yo, de allí nace, de entre toda esa mierda, un Dios. Un soberano inamovible. El Rey Rata alimentándose de la muerte, bebiendo la sangre, untándose las heces por el cuerpo. Él, paseando entre las almas de las ratas, viviendo en sus ojos, riendo las muertes; una a una, todas consecuentes, todas fugaces. Contando los días, sonriéndoles. Jugueteando con ellas, matando las fantasías, olvidando los nombres, acariciando los pelajes sucios y enfermos de sus ratas. Increíble y poderoso, el Rey Rata gozando del espectáculo de su nacimiento, la muerte de las ratas, el embrión de su vida, la gestación lenta e inequívoca de su existencia.

Si al menos pudiera arrancarme la mugre de cuajo. Resolverlo todo con un disparo. Matando lo que fui y lo que soy. Volviendo al origen de todo, siendo células nobles, intactas. Si pudiera disuadirme de caer en el pozo, de volverme un hombre vacío. Mamar de la vida que tuve, empapelar mi cabeza, aislarme de todo ese pesar. Ser joven otra vez. Ser real. No una triste representación del abismo humano, una marioneta, un chiste roto. Si pudieran hablar mis ojos, si pudiera gritar mi garganta… si pudiera volver a sentirme lleno. Si volver a soltar aliento, llorar de ansiedad, enemistarme con mi alma, aborrecer el mundo, ser otra vez, y no sólo ser algo más que un intento fallido.

Tengo al Rey Rata durmiendo en mi cama, nacido de la mugre de mi vida, del sudor de mi cuerpo, la grasa de mi cabello, y la sangre de las mañanas. Gestándose mientras duermo. Observándome agonizar; todavía no le he dicho que se vaya, le he dejado estar. No he odiado su nombre, y no he maldecido su existencia. Alimentándose con mi gesto sepulcral. Indicándole cómo son mis días, dejándole usar mi sangre para su alma. Volviéndome una de esas ratas que alimentan lo que es él: El Rey de las ratas.

Y cuando yo ya no esté, seré lo que queda de ellas: mugre, sangre y enfermedad. Una muestra de la piedad de Dios, una burla de lo sagrado, la abominación humana palpable. Una inexistencia soez. Un cadáver deforme, seré la consumación de mi vida. Un recuerdo desagradable. Seré lo que ya soy ahora…