Y quien se adueña de una ciudad libre y no la aniquila, prepárese a ser aniquilado por ella, pues ésta tendrá siempre como enseña de rebeldía su libertad y sus antiguas leyes (…) Por eso, el camino más seguro para dominarlas es exterminarlas o habitar en ellas.

Nicolás Maquiavelo

 

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La historia de Anna es demasiado real como para no ser cierta.

El consejero del presidente, Serguei Yastrzhembsky, acompaña a Anna hasta la fila de camiones que hace las veces de cordón de seguridad. Las Fuerzas Especiales Rusas, formadas en su mayoría por tiradores de élite, se despliegan tras la barrera improvisada cubriendo cualquier vía de entrada o de salida. Al otro lado, el Teatro Dubrovka de Moscú. El calendario marca la fecha del 25 de octubre de 2002.

 

Anna se siente invadida por un miedo atroz pero necesario. Quien ha vivido en primera persona los estragos de la guerra sabe que el miedo no es solamente una reacción instintiva a una posible situación de peligro. El miedo te mantiene alerta, permite reaccionar con mayor rapidez ante cualquier amenaza si uno sabe canalizarlo y, lo más importante, el miedo te recuerda que aún sigues con vida. En otras palabras, el miedo es un lujo que los muertos no pueden permitirse.

Antes de darle permiso para seguir adelante, Yastrzhembsky le da algunas instrucciones: “Dígale a los secuestradores que tendrán que dejar salir a los niños si quieren que escuchemos sus exigencias”.

 

Dos días antes, cuando Anna Politkóvskaya se encontraba en Santa Mónica (California) en una de sus habituales giras de conferencias, un grupo de chechenos armados irrumpía en el teatro mientras el público asistía al espectáculo musical Nord-Ost. Poco después, Anna recibía una llamada de la Nóvaya Gazeta, periódico en el que ella misma trabajaba: los secuestradores solicitaban su presencia para mediar en las negociaciones. Más de ochocientas personas se encontraban retenidas en el interior del teatro y los terroristas amenazaban con hacer volar el edificio.

Para Anna no fue ninguna sorpresa que los asaltantes la eligieran a ella. Desde que comenzara la segunda guerra de Chechenia en 1999, la periodista moscovita se había dedicado de lleno a investigar y denunciar los crímenes que allí se cometían por parte del ejército ruso. Su afán por sacar a la luz los abusos que los militares llevaban a cabo en nombre de la lucha antiterrorista la llevaron en decenas de ocasiones a visitar hospitales y campos de refugiados para entrevistar a las víctimas. Allí pudo constatar cómo la violencia injustificada se había establecido como una forma legítima de saciar la sed de sangre de aquellos combatientes que habían perdido cualquier atisbo de humanidad, impulsados por sentimientos racistas ante una guerra que carecía de sentido alguno. Los numerosos artículos que Anna publicó tras recopilar un sinfín de testimonios, provocó que la tacharan de traidora de la patria rusa. La redacción de su periódico recibía continuamente cartas con críticas y amenazas que la consideraban amiga y aliada de los terroristas. Anna siempre se hacía la misma pregunta: ¿De qué soy culpable? Simplemente informo de lo que he visto, de nada más que la verdad.

 

“¡Soy Politkóvskaya! ¡Soy Politkóvskaya!”, grita Anna mientras se adentra por los pasillos del teatro. Así lo había acordado con los terroristas. Gritaría su nombre para que no dispararan. En aquel momento nada ni nadie la protegen. Cuenta con la palabra de un grupo de asaltantes armados hasta los dientes de que no correrá peligro dentro del teatro pero, ¿cómo fiarse de ellos? Esto también se aprende en la guerra. La amistad, la confianza, la lealtad… son activos muy preciados en las zonas de conflicto que brillan por su ausencia. Cuando es la vida lo que está en juego, cualquiera puede convertirse en traidor, en asesino. ¿Me van a fusilar aquí mismo? ¿Para eso me han hecho venir?, piensa Politkóvskaya. El silencio tampoco es una buena señal, y, mientras Anna avanza, la quietud que la envuelve hace augurar lo peor. No hay un silencio más perfecto que el que se posa en el área de combate antes de producirse un ataque. Anna lo sabe de sobra. También sabe que la bala más peligrosa es la que no se oye silbar.

Finalmente, empiezan a salir los encapuchados de sus escondites. Anna ya no puede reprimir el temblor que hace flaquear sus piernas. La conducen hasta una sala de servicio y allí aparece por fin el responsable del asalto. Éste se quita la máscara y se presenta: “Me llamo Bakar. Abubakar”. Viste ropa de camuflaje y no se separa de su arma que en estos momentos reposa sobre sus rodillas. Dice tener veintinueve años. No mucho mayor que mi hijo Ilya, piensa Anna, el mismo con el que había hablado hacía dos días desde EEUU y que le había suplicado que no se presentara en Moscú.

Empiezan las negociaciones. No van a dejar salir a nadie del teatro, ni siquiera a los niños. En Chechenia, los rusos no muestran piedad por los niños, ¿por qué iban a hacerlo ellos ahora? No saldrá nadie hasta que el Presidente anuncie la retirada de sus tropas del norte del Cáucaso. Sólo entonces liberarán a los rehenes. “¿Y vosotros?”, pregunta Anna. “Nosotros nos quedamos aquí para luchar. Y morimos en combate. Los suyos asaltarán el teatro”. Anna pregunta si puede traer alimentos para los niños. Tras una airada discusión, Bakar le da permiso para traer zumos. Como es una tarea demasiada pesada para una sola persona le permiten realizar varios viajes. En uno de los trayectos, las fuerzas de seguridad interrumpen a Anna y le impiden volver a entrar. Cae la noche y comienza a llover.

 

Unas horas más tarde comenzó el asalto al teatro. Para ello, las Fuerzas de Seguridad Rusas bombearon un gas tóxico por los sistemas de ventilación del teatro e irrumpieron en el edificio. Murieron 129 rehenes. Todos los secuestradores fueron abatidos.

Las investigaciones que Politkóvskaya llevó a cabo tras este trágico acontecimiento se centraron en el dudoso “éxito” del rescate. Al parecer, la composición del gas utilizado se mantuvo en secreto, lo que impidió que los médicos pudieran hacer nada por las vidas de los rehenes intoxicados que iban llegando a los hospitales. No se pudo demostrar que los terroristas dispararan contra los civiles retenidos. La mayoría murió por culpa del gas o por el tiroteo que se produjo tras la irrupción de las fuerzas del orden. Aún así, Rusia lo celebró como un verdadero triunfo. Anna nunca lo vio de esa manera. Para ella, siempre hubo un único responsable sobre el que pesaban las muertes que se produjeron en el teatro. Y no sólo allí. La orden de gasear el edificio provenía de la misma mano ejecutora que mantenía viva la absurda guerra que se estaba librando en el Cáucaso Norte. El único y verdadero culpable tenía nombre y apellidos: Vladímir Vladímirovich Putin.

 

Los esfuerzos de Anna por destapar las verdaderas causas y motivaciones de la guerra chechena siempre la llevaban al mismo punto. Fue Putin quien utilizó la guerra para llegar al poder, y era él mismo el que mantenía a su ejército en un territorio totalmente arrasado donde miles de vidas inocentes sufrían los continuos crímenes de un ejército despiadado. Los saqueos, el pillaje, las violaciones y las ejecuciones sumarias se llevaban a cabo sin que nadie pagara por sus actos. En los discursos que el Presidente empleaba para hablar de la lucha antiterrorista, se reflejaba un claro tono de odio y racismo que convertía a cualquier checheno en terrorista potencial. El lavado de cerebro que se extendió por la población rusa sobre la que aún reinaba cierta nostalgia postsoviética de tiempos mejores, sólo podía provenir de los métodos propios de un ex agente del KGB como Putin.

Anna Politkóvskaya nuca cesó en su empeño por destapar la verdad convirtiéndose en una activista incansable por los derechos humanos, y nunca disminuyó su tono crítico a pesar de las amenazas y los consejos de sus más allegados. Se sentía avergonzada de la pasividad con la que sus compatriotas aceptaban los designios de un presidente que sometía a pueblos indefensos en pos de engrandecer la propia patria. Ella nunca pretendió justificar el terrorismo en ninguna de sus formas, pero tenía claro que los atentados perpetrados por los grupos independentistas chechenos eran la consecuencia directa de un terror mayor implantado y promovido por Putin. La indignación terminó por eclipsar la prudencia de Anna a la hora de informar sobre la corrupción y los dudosos métodos que se llevaban a cabo en el entorno del presidente. Esta temeraria actitud le puso en peligro en no pocas ocasiones. Fue detenida, secuestrada, envenenada, insultada y, a pesar de todo, ella siguió adelante.

 

Ya han pasado trece años del asalto al Teatro Dubrovka y seis del final de la Guerra Chechena. Rusia recuperó finalmente el control de Chechenia y hoy podemos ver cómo sus aspiraciones territoriales siguen en activo tras la anexión de Crimea y por su ambiguo papel en el este de Ucrania. Es en estos momentos cuando uno echa de menos la voz crítica de gente comprometida como Anna Politkóvskaya, necesaria para entender mejor las acciones llevadas a cabo por gobiernos que cuentan con la legitimidad que su propio peso en la comunidad internacional le permiten. Tristemente no podremos conocer la opinión de Politkóvskaya sobre estos acontecimientos. El 7 de octubre de 2006 Anna fue asesinada cuando salía del ascensor de su casa. Aquel día, el presidente Vladímir Putin se encontraba celebrando su cumpleaños. El criminal que se presentó ante Anna actuó como un asesino a sueldo. Dos disparos en el pecho… Uno en la cabeza… Una voz que se apaga… Happy Birthday, Mr. President.