“Es la hora de decir, desde Pekín y para que se escuche en todo el mundo, que no es aceptable hablar de derechos humanos sin hablar de derechos de las mujeres. Los derechos de las mujeres son derechos humanos”. Estas palabras las pronunció Hillary Clinton en el año 1995. Fue en la IV Conferencia sobre Mujeres de Naciones Unidas.

El discurso de la entonces Primera Dama de los Estados Unidos tuvo repercusión en todo el planeta y dio lugar a reacciones de todo tipo entre los mandatarios internacionales. Lo cierto es que, además de marcar un hito, la intervención de Hillary Clinton en Pekín constituye un gesto de gran compromiso con la Igualdad de género.

Más recientemente, hace apenas un mes y ya como precandidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos para los comicios del año 2016, la exsecretaria de Estado fue entrevistada por la actriz y guionista Lena Dunham.

La creadora de la serie Girls hizo a Clinton la pregunta a la que nunca escapan sus invitados: “¿Se considera usted feminista?”. “Sí, absolutamente”. Así de contundente respondió la precandidata, que apostilló: “Una feminista es, por definición, alguien que cree en la igualdad de derechos. Significa que creemos que las mujeres tienen exactamente los mismos derechos que los hombres política, cultural, social y económicamente”.

Clinton, durante su entrevista con Lena Dunham.

Dos décadas separan ambas declaraciones, pero el fondo de ambas es el mismo: cuando se trata de los derechos de las mujeres, Hillary lo tiene claro. Sin embargo, no todo son luces y aspectos positivos en la relación entre la exsecretaria de Estado y el movimiento feminista.

No cabe duda de que romper el techo de cristal es importante. Y Hillary, que ya ha roto uno al convertirse en la primera mujer senadora por Nueva York, podría volver a hacerlo en los próximos meses si alcanza la nominación como candidata a la presidencia de su país y, llegado el caso, otro aún más alto al convertirse en la primera mujer Presidenta de EEUU. Pero no se trata solo de llegar sino de cómo hacerlo y qué políticas desarrollar desde el poder para hace que las mujeres consigamos, como dice Amelia Valcárcel, ser la mitad de todo.

Así, personajes como Margaret Thatcher, Angela Merkel o la ultraconservadora Sarah Pallin, que, por cierto, se autoproclamó heredera de Hillary Clinton, poco o nada han hecho por los avances en materia de Igualdad pese a alcanzar cotas de poder hasta ese momento inéditas para el género femenino. Si bien sería injusto comparar a Hillary Clinton con cualquiera de las anteriores, en especial con Pallin, es cierto que la exsenadora demócrata ha hecho propios algunos comportamientos que se asemejan a los de ellas.

Desde que dejó de ser Primera Dama para pasar a estar en la primera línea política, Hillary, que pronunció su discurso de 1995 en la ONU con un traje rosa palo de falda y chaqueta y que, en aquel momento, lucía melena por encima del hombro, ha cambiado algunos rasgos de su apariencia física.

De unos años a esta parte, vemos a una Clinton con pelo corto y casi siempre vestida con trajes de pantalón en tonos oscuros, que en nuestro imaginario patriarcal se asocian más con lo masculino. Cierto es que, como cualquier persona, es libre de cambiar su aspecto como desee. Y no lo es menos que, si fuera un hombre, quizá este escrutinio no se estaría realizando. Sin embargo, la evolución de su apariencia me lleva a plantearme lo siguiente: ¿Busca Hillary Clinton adoptar un aspecto más apropiado para conseguir triunfar en un mundo que, hasta ahora, ha pertenecido casi en exclusiva a los hombres?

Por otro lado, multitud de jóvenes feministas norteamericanas rechazan la candidatura de Hillary Clinton a la nominación del Partido Demócrata. Lo hacen basándose principalmente en dos argumentos. En primer lugar, las millennials critican la tibieza e inconsistencia de sus postulados en algunos aspectos como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo. A pesar de que se ha manifestado en favor del derecho a decidir de las mujeres, las jóvenes activistas creen que su postura, centrada en la prevención del aborto y la planificación familiar, no denota un compromiso suficiente.

Respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo, que se legalizó en Estados Unidos este mismo año, la postura de Clinton sí ha sido más cambiante. El pasado mes de junio, la precandidata se manifestó a través de su cuenta de Twitter “Orgullosa de celebrar una histórica victoria del matrimonio igualitario y el coraje y la determinación de los LGTB estadounidenses que la hicieron posible”.

Sin embargo, en el año 2004 y siendo senadora por Nueva York, Hillary había expresado su convicción de que el matrimonio era una “unión sagrada entre un hombre y una mujer”. Asimismo, una década antes y como inquilinos de la Casa Blanca, los Clinton firmaron el documento de Defensa del Acto del Matrimonio, que ensalza los valores del matrimonio tradicional patriarcal. El segundo pilar sobre el que estas feministas new age asientan sus críticas hacia Hillary es el carácter a su juicio “trasnochado” de sus postulados en materia de Igualdad. Para ellas, el feminismo llega más allá del empoderamiento de las mujeres para alcanzar una dimensión que afecta a la justicia económica y social, anclada en la enorme desigualdad del país.

Hillary Clinton, en un momento de su intevención en la IV Conferencia sobre Mujeres de Naciones Unidas.

Desde el punto de vista de las millenials, Clinton se queda en la lucha por el empoderamiento femenino, en especial de un tipo concreto de mujer, blanca y de clase media. “No la veo capaz de promover el tipo de cambio que quiero ver. Aún así, creo que sabe cómo gestionar las políticas y estaría a la altura en el cargo de Presidenta”, afirmó al National Journal sobre la precandidata la activista Alexandra Svokos, de 23 años. La joven norteamericana explicó además que “me alegro mucho de tengamos una mujer candidata, pero me resulta muy complicado emocionarme ante algo que debería haber ocurrido hace décadas”.

Personalmente, interpreto el significado de esta afirmación como que, en el fondo, la brecha que separa a Hillary de las jóvenes feministas no es tanto ideológica como generacional. Esto me lleva a cuestionarme lo siguiente: ¿Qué habría pasado si la ahora precandidata lo hubiera sido en 1991?

Quizá la Hillary de entonces, de 44 años y con más de 20 de militancia activa a sus espaldas, sí hubiera encarnado por completo las reivindicaciones más vanguardistas del feminismo del momento. Clinton ya tenía muy claro, tal y como demostraría al mundo poco tiempo después en la conferencia de la ONU, que es inconcebible avanzar sin respetar plenamente los derechos de las mujeres.

La gran pregunta es, por tanto, por qué la gran campaña no fue Hillary 1992 sino que es Hillary 2016. ¡Bingo! Es probable que la respuesta esté, entre otros motivos, en que era Hillary. Sí, una mujer. No parece descabellado pensar que si, en vez de Hillary hubiera sido Hillarion (o Michael, o incluso Bill), se habría ahorrado más de dos décadas hasta hacerse con la nominación demócrata. Siempre nos quedará esa duda.

Con todo, es conveniente no perder la perspectiva: el del Despacho Oval sería el techo de cristal más alto y grueso jamás roto por una mujer. Una mujer que, además, se reconoce feminista. Si Hillary llega a la Casa Blanca (y no como consorte), las mujeres de todo el planeta avanzaríamos hacia nuestro objetivo de lograr la mitad de todo. No desaprovechemos esta oportunidad. No nos lo podemos permitir, ni siquiera las millenials.