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Un rostro alienígena y alucinógeno en un basto campo abandonado me sonreía con cierta sorna. Me reí de imprevisto, preso de una histeria demencial, partiéndome en quince partes diferentes, en truenos mudos, aristas imposibles. Le di los buenos días, que ni malos, que ni días, que hoy no existía; y no tuve más remedio que aceptar que hoy no existía. Que cómo me siento, que estoy en armonía: que casi veo a los animales naufragando entre las tierras emancipadas de la ciudad: indiferente, voluptuoso, inmenso y aterrado… que es la primera gracia dura que me pego, que yo te invito, que no estoy muy seguro de esto: y para que no rechazara la pastilla la rompió por la mitad con los dientes y me la metió en la boca. Quedé inmóvil y dijo que bebiera algo, que sino el hocico me iba a saber a mierda. Luego dijo que ladre, y yo no soy masón de nadie, no tengo por qué ladrar al ritmo que le de la gana a nadie: yo no canto melodiosas melodías, cantos de medio día, ensueños de carretera baldía; esa cara alucinógena no existe en el campo basto y sarnoso. Todo esto no debió significar nada, tampoco era tan importante y ahora tengo hambre y unas ganas irremediables de huir.

Arroz de melancolía, pipas de la buena suerte, y tréboles de urticaria paseando por los alrededores de un día tranquilo: el césped del campo se extendía como sumido en un manto espeso de verde: líquido de savia, fotosíntesis defectuosa, leche de sol, azúcar en polvo de amapolas de opio. El dulzón del aire de campo corrompido, la tiza irrisoria del campo marcado: la cocaína de lo superfluo: nadie esnifa nada directamente del campo de juego. El mundo giraba como un trampolín de aforismos engañosos, las formas se volvían cimas contorneándose como mujeres negras de buen culo, el aire resoplaba como los caballos de carrera y de la nada sentí la necesidad de correr: iba a correrme medio maratón de insolación atemporal. Nalgas de indolencia, rostros afectados por la luz solar: los alienígenas de la ciudad sólo saben cruzar por los pasos de cebra.

Cogí la mochila negra que pesaba como una gran oruga puntiaguda y que excretaba sudorosa baba salada. No me importó que estuviera allí, y a decir verdad, no me importaba nada que no fuera correr: todos habían tenido ventaja; pero estaban terriblemente confundidos. Yo no quería llegar a la meta, sólo quería correr, y además sabía algo que ellos no: la meta sólo era la muerte.

Correr una carrera tiene sentido si sabes que llegar a la meta es morir; pero ellos no, tenían que competir entre ellos como conejos negros sin orejas, puercospines amorfos y jirafas jorobadas: todos ellos tenían que ser el primero de su promoción y no se daban cuenta de que el café olía mal; no se daban cuenta de que el mundo tenía el hedor de lo carcomido; la orina de los perros no era ficticia: No se han preguntado cuántas veces un perro se ha meado en las puertas de sus portales: No se preguntaban nada, ni siquiera el porqué de que yo corriera así. Como un loco. Ni siquiera por qué llovían caracoles muertos.

Vi rostros ajenos, y luego una multitud de fantasmas tullidos, vi animales fluorescentes, avispas intransigentes, las patas de los camellos marcando los semillas estrechas de las muchachas. Antorchas de deseo en los labios de los chicos, las risas de siempre: colosales vientres hambrientos, bazofia en paquetes de tabaco: cigarrillos mutilados, calcinados, entrecortados: y un cigarrillo mojado. Brazos perpendiculares, fascismos eructando, niños taciturnos y bestias de zoológico con corbata de oficina. Los vi a todos y no me importaron absolutamente nada: seguí en mi huida y el terreno se hizo viscoso y nauseabundo: tripas de elefantes, tripas de orangutanes, bisagras de puertas rotas: alguien quiere que escape y yo no olvido un rostro alienígena cuándo lo veo: no olvido el fulgor maldito de sus ojos, ni la pastilla azul, ni sus labios negros, ni su frente inmensa: ni el símbolo del ***. Ese símbolo te volvía loco: podía volver tu boca pacífica en una boca epiléptica.

¡Yo no olvido nada y por eso huyo! Mis pies se volvían lanzas, mi cuerpo humo: yo no existo aquí, estoy tumbado en el suelo con un ataque epiléptico, humedad bucal, orines de perro: cuándo uno se cae en medio de la nada, los perros vienen a marcar su territorio, los buitres anidan cerca: la comida cosmopolita de la mendicidad. Las fechorías más grotescas del mundo resignadas al perdón más falaz: ¡Yo no quería sonreírte!, ¡ni tampoco quería tu corazón, ni el sudor de tu cuerpo, ni tus sonrisas, ni desearte los buenos días, ni conocerte: yo lo único que quería era estropearte las esperanzas, hacerte volar sin consumir metanfetamina!

El azul del cielo se torna en un majestuoso y fútil eclipse marino: solar en el campo de la nada: corro y corro, y a nadie parece importarle que un tipo como yo corra. Los sujetos no cuentan, ni siquiera sus fechorías: ¡Quince fechorías imperdonables! Y de lo único de lo que soy culpable es de no pedir perdón. Las risas forzadas del viento que se parecen a las de un tartamudo deficiente. Ni siquiera sabe tartamudear: exploto en chorros de leche materna. Soy el fértil, la placenta, los ovarios confundidos de mi madre: Esta vida no era para mí, ayer he roto la ventana con el puño cerrado, ayer he roto tantas cosas, ayer me encontré con ese tipo que tenía una cara extraña: ese extranjero no era normal. Sus caramelos no eran dulces, si no bebías nada todo esto sabría mal: sería el maltrato a una lengua virgen: Ni siquiera sé cómo sabe la derrota. No sé nada más que perderme: y huyo de aquí, cavo hoyos infernales, manantiales de mantequilla, abismos de placenta: sucia burocracia encubierta.

Antes de salir a correr por allí uno tiene que ir al baño, verse en el espejo: aterrarse porque las pupilas están condenadamente centradas y dilatadas. Estoy ciego. El negro de los centros, los centros sin medida: la desmesura, el ataque de histeria, y desenfundar un plástico dentado y peinar sus cabellos. Mirarse otra vez en el espejo: ¡Qué buen hijo eres! Hermoso, hijo mío, muchacho de mi corazón: ¡Cómo te añoro, criatura mía! ¡Nunca dejarás de ser mi hijo! –¡Pero, maldita, no me digas eso!, ¡no me atormentes más con esa miserable condición!, ¡yo no quise ser tu hijo!–

Vórtices de carne en lata: latas de alcantarilla, huchas de sinagogas, dulces caramelos de sal, bebidas con sabor a nada. El mundo da vueltas entre espejos rotos y mujeres infames. El mundo es un aborto muy mal llevado, el cielo se oscurece y el tiempo se detiene como un ictus: es la enfermedad del mundo: el tiempo nunca ha existido, estoy en la ciudad. Estoy en la capilla capital, en el culmen de la sociedad, acaso la más aclamada civilización emancipándose de los animales salvajes. ¡Quién de vosotros ha visto a algún animal que no sea el prójimo! ¡Dudo de que existan las jirafas, hasta dudo de los elefantes! Sólo conozco al animal más traidor de todos y lo veo reflejado en el cristal de los lavabos.

Voy a los urinarios, termino de desangrarme cínicamente. Me detengo en el acto, y yo no pienso pegar la mano en el botón del drenado. Ni mis pies son dignos de eso, ni los codos, ni las rodillas, ni las palmas de las manos… ¡nada! Sólo algo igual de sucio que un botón de baño público. Mi frente contra él, el dolor del hueso pellejudo que choca contra un metal blando. Tenso mi cuello, siento las inmediatas gotas de saliva pasando por mi garganta, la veo de cerca, de lejos, por los lados, saliendo, el reflujo en el estómago. Lo veo todo desde el techo, sujeto como un murciélago que ve el interior de sus ojos: El culmen de la sociedad, los prójimo del abismo, las caídas sin cuerdas de seguridad, los animales invisibles, las drogas más duras del mundo, el aire que te congela sin piedad, la gente indiferente, los baños públicos, los campos de maíz, los de juego, los del final; veo al extraño con los ojos negros, sus pupilas son como las mías, no me reconozco. Que por qué cogí su porquería, que por qué dejé que la partiera con los dientes, que por qué nadie se ríe con sorna, que por qué el mundo está tan vacío.

Esto es demasiado para mí. Miro a mi alrededor, resoplo cansado, le dedico un pensamiento a lo más hermoso de la humanidad, me pregunto cómo será mi funeral. Siento cómo se derriten mis pupilas, mis piernas tiemblan y me desplomo.