Fotograma de la película 'El espiritu de la colmena'

Fotograma de la película ‘El espiritu de la colmena’

Resulta revelador contemplar algunas de las imágenes que documentan la llegada del cine al mundo rural. Los más mayores, atrás, trataban de reprimir sus gritos de asombro llevándose las manos a la boca. Los niños, por el contrario, se revolvían en la parte delantera, gritando y haciendo aspavientos conforme las imágenes que bailaban ante ellos narraban historias inverosímiles. ¿Cómo se podría definir la magia del cine? Responder esta pregunta no es tan fácil como cabría esperar. Hoy, acostumbrados a lo nuevo y con muchas dificultades para sorprendernos, hemos dado por hecho algo tan complejo como el séptimo arte.

Una de las mejores formas de entender su impacto inicial es acudiendo a uno de sus más fervientes defensores. André Bazin (1918-1958), a través de una vida de entusiasmo por el celuloide, se ha convertido por méritos propios en una de las figuras más destacadas entre los analistas cinematográficos del siglo XX. El francés demuestra, ante todo, amor por el objeto que estudia. Una pasión incuestionable, fruto de una sensibilidad especial para contextualizar y deconstruir una realidad tan compleja como la que ofrece la gran pantalla. En ¿Qué es el cine? encontramos una amplia selección de algunos de sus artículos y críticas. Todas ellas en su conjunto conforman una visión bastante global de lo que supuso Bazin como intelectual.

A sus diversos relatos y ensayos, Bazin deja patentes sus preferencias estilísticas y sus referencias estéticas. Una de sus grandes obsesiones fue la búsqueda de la realidad en el cine. No es de extrañar que, dentro de sus preferencias, el neorrealismo italiano ocupase una posición privilegiada. Asimismo, también observó con devoción el devenir del cine americano: de Chaplin a Griffith pasando por Welles o Hitchcock. Además, y como no podía ser de otra forma, gran parte de la obra versa sobre el cine francés: sus genios, sus fuerzas y sus debilidades.

Bazin, que en 1951 se convertiría en cofundador de Cahiers du Cinéma, defendió en todo momento la posición del cine frente a las ‘viejas artes’. En aquella primera mitad de siglo, ciertos intelectuales veían con recelo la irrupción del cine, al que juzgaban como potencialmente peligroso. Esto se debe a que, ya desde sus inicios, el séptimo arte decidió valerse de la literatura o de la pintura para expresarse. Bazin se mostró consciente del potencial que atesoraba el nuevo arte, argumentando que, si bien las expresiones artísticas clásicas se habían convertido en fuentes de las que el cine bebía, esto no podía denigrarlas de ninguna manera: “Cuanto más importantes y decisivas son las cualidades literarias de la obra, tanto más la adaptación modifica el equilibrio y exige un mayor talento creador que reconstruya según un nuevo equilibrio, no idéntico pero equivalente al antiguo“, o “superando el impacto de la sorpresa y del descubrimiento, los films de pintura valdrán lo que valgan quienes los hagan“.

Uno de los grandes valores de la obra de Bazin es el de ver a un hombre que, asombrado por la rápida evolución del entorno cinematográfico, consigue abstraerse y tener la perspectiva suficiente como para contemplar el transcurso de la joven vida del invento de los Lumière. Precisamente una de las primeras vías que se empezó a explorar fue la del montaje. Para el crítico francés, jugar inteligentemente con los fotogramas suponía una baza muy grande a favor de la obra. Le fascinó la capacidad expresiva que se podía generar a partir de un buen montaje, y se convirtió así en uno de los objetos de estudio más recurrentes en sus análisis.

¿Qué es el cine? no tiene filtros ni prejuicios a la hora de abordar una obra, independientemente del género al que pertenezca. En las décadas de los 30 y los 40, los films comenzaban a explotar sus propias fórmulas, creando pautas y estilos que, en muchas ocasiones, llegaban a converger. El primer gran punto de inflexión se dio con el paso del cine mudo al sonoro. El sector más reaccionario de la crítica exponía sus preocupaciones a la introducción del sonido. En palabras del propio Bazin, “les parecía que el cine había llegado a ser un arte supremamente adaptado a la <<exquisita tortura>> del silencio y que por tanto el realismo sonoro no podía traer más que caos“. Su logro, que visto con los años pierde algo de fuerza, fue el de defender las innovaciones técnicas que iban apareciendo. De todo se puede aprender, todo puede servir para mejorar.

Lo único que deja el lector medianamente insatisfecho es el hecho de que Bazin, debido a causas evidentes, no pueda acceder a las últimas novedades del celuloide. ¿Qué opinaría de los avances técnicos, de los blockbusters o de las nuevas técnicas narrativas con las que hoy en día podemos disfrutar? Lo más seguro es que nos encontrásemos a un hombre fascinado al ver como su pequeña criatura se ha convertido en algo tan grande y sagrado como el cine de hoy en día. Con todo lo que ello implica.

 

¿Qué es el cine? (Rialp), de André Bazin