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Empecé a fumar antes que a besarme con chicas. Conocí antes el sabor del humo del tabaco –y del ron blanco, de la cerveza, de la marihuana y del vermouth- que el de unos labios. Supongo que este hecho ha marcado el dañino desarrollo y enfoque de mi vida y actitudes en cuanto a los vicios.

Mi primer cigarrillo sucedió –porque a mi el tabaco me sucedió- el 12 de junio del año que iba a cumplir 14, junto a mi primo, la misma tarde que le reprendí y amenacé tras verle con un paquete de tabaco escondido dentro de los calzoncillos. No había transcurrido ni media hora desde la bronca cuando nos vimos escondidos en el parque donde solíamos jugar al fútbol con los chicos de su pueblo, sentados en la acera, cubiertos por una bolsa de basura aspirando el humo de cuatro cigarros que compartimos entre los dos. A partir de ese día, los cigarros -como algunos años antes la masturbación- comenzaron a ser un pequeño oasis en el que me regodeaba de placer, desde el que me burlaba de los adultos sin que ellos lo supieran. Me levantaba por la mañana y, agitado por dentro, nervioso, esperaba a que llegara la hora de mi cita con el tabaco; la hora en la que salía de casa, sacando el paquete –el más barato de la máquina del bar en la que tanto miedo me daba comprar- de los bolsillos y rincones más insospechados de mi habitación –tenía la absurda paranoia de que el tabaco, incluso sin encender, olería y cubriría toda mi habitación del olor que me delataría ante mis padres-, para doblar la esquina de mi bloque y poder encender el primer y, entonces, más placentero cigarrillo del día.

El tabaco era para mí el perfecto sustituto de las chicas y además un reclamo de atención importante de cara a mis compañeros de instituto que, por lo general, eran más altos, espabilados, y además estaban medianamente entrenados en el torpe arte de conquistar muchachas en la adolescencia. Por ello, cogí la fea costumbre de aumentar el número de veces diarias que me permitía encontrarme con mi vicio favorito de entonces hasta un total de cinco cigarrillos diarios –la economía no me daba para más y aún no había descubierto que de vez en cuando es lícito pedir uno prestado-, hasta que cometí el primer desliz.

Primero tengo que aclarar que la barba también me sucedió de manera muy prematura: por aquel entonces llevaba dos años afeitándome, prácticamente; y ese mismo curso había decidido comenzar a dejarme las patillas largas, en un alarde de adultez poco curtida; o, en otras palabras, parecía ‘un niño con barba’. El desliz: un día fui a mis clases particulares de inglés y decidí sacar tan sólo un cigarrillo de casa –tenía miedo de que el paquete se marcara en el bolsillo del pantalón y que lo vieran mis padres-; y, a la vuelta, descubrí que me habían pillado: entré en mi casa y mi padre, decepcionado –pero no tanto: creo que, a pesar de que me lavara las manos y me atiborrara a chicles antes de entrar en casa, olía más a tabaco que el bigote de un madridista- me mostró mi paquete, que precisamente ese día era de la marca Marlboro –“encima fumas del caro”- y rompió delante de mi cara cada uno de aquellos cigarros de mis amores. Y no contento con ello, en su punto más alto de furia y decepción, me llevó de una oreja al baño donde me afeitó las patillas al estilo más ridículamente militar porque “parecía un golfo”. A partir de ese momento no se despegó de mí ni un instante: tuve que soportar la vergüenza de que me llevara al instituto en su coche; sentimiento que, aún así, era un sentimiento ínfimo comparado con el que me producía no poder apenas fumar, tener que desterrar por fuerza mi venerado tabaco durante los dos ó tres primeros meses, en los que la vigilancia fue intensiva; los meses en los que, obviamente, tuve que comenzar a besarme con chicas.

Dicen que el tabaco exagera mi carácter, que complementa bien con mi voz grave y mi barba. Efectivamente, algunos aspectos exagera: si estoy nervioso, me pone aún más nervioso; si estoy sucio, me ensucia aún más y, si pierdo pelo, me hace perder el doble. El tabaco me provoca no poder apreciar olores y sabores en su plena esencia, me hace que entre tarde a todos los sitios, hace que una pendiente normal me resulte escalada de competición. Cuando no tengo, exagera mi poca vergüenza haciéndome pedir cigarrillos prestados y, cuando tengo poco, provoca en mí una falta de generosidad poco habitual porque no quiero compartirlo. Efectivamente, los cigarrillos se llevan bien con mi barba y voz grave; elementos que, ya de por sí son complementos que distraen de mi esencia. El tabaco no exagera mi carácter: es parte del disfraz que lo entierra. El tabaco desvirtúa mi salud, presumiendo de virtudes transitorias, formando parte de la lista de los fuegos fatuos en los que traduzco mi esencia de cara al público, siendo el petardo final de la traca de artificio que desenvaino tanto para hacer huir a los perros, como para atraer a curiosos, perdidos, y nuevos en la ciudad.