Después de dos intentos fallidos, todo parecía indicar que a la tercera iba a ir la vencida. Mariano Rajoy, líder del Partido Popular desde 2004, se enfrentaba en 2011 a las elecciones definitivas. Con su capacidad de liderazgo cuestionada por los mismos populares, la debacle del PSOE hizo que la campaña fuese un juego de niños. Enarbolando la bandera del cambio, el mensaje defendido desde Génova se enfocó en las incongruencias ideológicas del partido en el gobierno, que eran muchas y fácilmente atacables.

Las encuestas no fallaron: Rubalcaba, hombre fuerte dentro de los socialistas, llevaba el irremediable lastre de la gestión político-económica de Zapatero, que se mostró incapaz de decir no a las medidas de austeridad y recorte exigidas desde la Unión Europea. El PP, con un programa publicado in-extremis, hizo valer el voto de castigo para situarse con 186 diputados y un 45% del voto emitido. “Si hubiesen puesto un tronco de madera de candidato, también habría ganado las elecciones”, explicaba con sorna un votante días después de conocerse el resultados de los comicios.

Génova, al grito de “Rubalcaba, el chollo se te acaba”, celebró un cambio de signo político que situaba a Rajoy, sexto presidente electo tras la llegada de la democracia, con la misión de completar un cambio de rumbo que, como en el Gatopardo, significase una confirmación de que todo seguía igual. La diferencia, que Rajoy no tenía que ocultar su afinidad hacia las reformas económicas exigidas desde Bruselas.

El planning para la legislatura, analizado con la perspectiva que nos brinda el paso del tiempo, parece ser el siguiente. Durante los dos primeros años se concentrarían las medidas más escabrosas. Cobijados bajo el mantra de la nefasta gestión socialista, el nuevo gobierno sacaría adelante, apoyado en su mayoría absoluta, unos presupuestos y una reforma laboral que cercenarían servicios sociales y facilidades para el trabajador. Además, un recorte de 10.000 millones de euros en sanidad y educación —anunciados, en voz baja, a través una nota de prensa— coincidían en el tiempo con el rescate público a Bankia, llevada a la quiebra a través de un falseamiento de las cuentas por Rodrigo Rato, viejo conocido en las filas populares.

Con la idea de no quemar la figura del presidente, a lo largo de los primeros compases de la legislatura se optó por exponerlo lo menos posible ante el fragor mediático. Así, la presencia de Rajoy se desdibujó entre plasmas y evasivas. Ante todo, la figura del presidente pasará a la historia como un político cobarde, dando la espalda las explicaciones directas, mostrándose esquivo frente a las preguntas y confirmando su torpeza cuando no tuvo más remedio que enfrentarse a ellas.

Para apaciguar la caída libre a la que se enfrentaba el gobierno respecto a la valoración ciudadana, desde el partido de la gaviota se afanaron por buscar escudos válidos para canalizar el descontento. Báñez, Wert o Gallardón absorbieron, con mayor o menor fortuna, el odio que se empezaba a fraguar entre la opinión pública, que se sentía traicionada debido al abismo que empezaba a surgir entre lo prometido y lo llevado a cabo.

A partir de 2014 fue el momento de cambiar de estrategia. Las cifras macroeconómicas arrojaban cierto oxígeno: mientras el paro afrontaba un ligero descenso, el crecimiento del PIB y la estabilización de la prima de riesgo dieron alas al discurso de la recuperación. El presidente comenzaba a responder preguntas y se dejaba ver por alguna que otra entrevista. El discurso, estático y centrado en los números, fue duramente criticado por la oposición, que exigía explicaciones ante la creciente brecha social del país.

Sin embargo, Bárcenas y la Púnica comenzaban a hacer daño real al partido ante la pasividad y la falta de explicaciones. En ningún momento se entendieron los casos de corrupción como algo digno de ser estudiado. Cuando el presidente compareció en el Congreso, lo hizo con una explicación vaga y exculpatoria. El paso del tiempo había difuminado de la memoria del presidente el peso de muchos de los miembros más fuertes del partido, involucrados en distintos casos de corrupción.

La cuestión catalana, que copó gran parte del debate político de los últimos meses, ha resultado ser el último ejemplo de inmovilismo y falta de diálogo. Independientemente de la postura de Mas, Rajoy nunca mostró intención real de entablar conversaciones con los soberanistas. Rajoy, convencido en cerrar los ojos ante el problema —para ver si así desaparecía de una vez—, tuvo una respuesta clara de los ciudadanos catalanes en las elecciones autonómicas. La mejor campaña para el independentismo fue, una vez más, la postura del gobierno central.

Hoy, con apenas dos meses de margen para afrontar unas nuevas elecciones generales, asistimos atónitos a una explicación alucinada del pasado. “Yo a la gente le hablo a la cara”, sostuvo Rajoy en una reciente entrevista en Antena 3. Al igual que Winston Smith en 1984, los esfuerzos del gobierno parecen enfocados en que aceptemos interiormente que 2+2 son, en realidad, 5. Quizás, con el paso de los años, se recuerde a Rajoy como el presidente que cogió al toro por los cuernos y se enfrento a los problemas de cara y sin ambages.