genio

Cuando Paint it black comenzaba a coger forma en la mente de Richards no debía parecerse más a otra cosa que al licor café, bebida que, de haber probado, le habría inspirado unas cuantas canciones memorables en torno a la epistemología del alcohol y el tabaco. Aunque, sin duda, debe ser un concepto que nunca ha dejado de tener presente.

“That´s all I got”, confiesa Keith Richards al mostrar un blues desaliñado, Crosseyed Heart, que daría comienzo a su último disco. Un canto quejumbroso de dedos cansados con el que siempre se sintió identificado tanto en su etapa como artista en solitario como en los desarrapados versos que todavía sigue escribiendo en las historia de los Rolling Stones. Es una pieza del todo verdadera, brillante en su espontaneidad. Esto es lo que tengo. “Pues para dentro”, debió pensar al escucharla mientras consumía su enésimo cigarro.

No eran muchos los que apostaban por un nuevo trabajo de Richards a estas alturas de la película, pero ahí está. Y no de cualquier manera porque presenta una ristra de recursos comunes que nunca pasarán de moda. Un derroche de talento con el que arroja luz a la gran mayoría de sus composiciones. Como pueden ser Amnesia o Heartstopped, ejemplos manifiestos de la vena más rockera del guitarrista británico. Por no hablar de Trouble, un single que demuestra el indispensable papel de Richards en temas como Doom and Gloom. Aderezado con la pluma de Mick Jagger, pero vertebrado por eses riffs sucios que tanto han caracterizado la poética de los Stones. Porque esa es otra, dentro de Crosseyed Heart se encuentran un buen puñado de canciones que bien podrían haberse quedado en el trastero para conformar un último y pundonoroso trabajo de sus Satánicas Majestades.

También hay lugar para el intimismo en pistas más pausadas y cargadas de lirismo. Con ese viejo arte de entretejer las notas para texturizar baladas de enjundia. Porque más de una es digna de un Exile on Main Street o Beggars Banquet. Especialmente Robbed Blind, probablemente la mayor joya del disco, en la que la voz de Richards, tan grave en estos momentos de poco fuelle vocal, penetra en tu encéfalo como solo podrían hacerlo artistas de la talla de Leonard Cohen. Tempo pausado y armonía invasiva. Con arreglos tan sentidos como sofisticados para darle ese toque inconfundible que Richards siempre busca. Aunque, si bien cuenta con un grandísimo comienzo, Crosseyed Heart acaba por desinflarse pasado el ecuador de su recorrido. Una lista demasiado larga, producto de los años y las noches de insomnio, termina con la intensidad de sus primeros compases, pero con cierta gloria en temas como Blues in the Morning o la desgarradora Something for Nothing; algo que, en todo caso, no terminaría vilipendiando un regreso más que sorprendente.

 

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