¡El Señor será nuestro Dios! Tendrá sus delicias en morar con nosotros, como en su propio pueblo, y nos otorgará su bendición en todos nuestros caminos de tal forma que haga de nosotros alabanza y gloria que pregonarán los hombres de asentamientos venideros cuando digan: «el Señor lo hace, como hizo lo de Nueva Inglaterra». De este modo, los puritanos del siglo XVII que ampliaban su comunidad por el nuevo continente, asentaron un precedente con el objetivo de forjar un reencuentro entre la humanidad y Dios. Convencidos de que los ojos del Creador estaban fijados en su sociedad, el ejemplo que habían de dar debía ser el adecuado por lo que el cumplimiento de los deberes morales era de lo más estricto. Los incidentes ocurridos con la caza de brujas de Salem son un claro ejemplo del autoritarismo y de esa intolerancia hacia los librepensadores.  Por ejemplo, es precisamente la figura de Jonh Proctor, personaje clave en la obra Las brujas de Salem –o El crisol-  del dramaturgo norteamericano Arthur Miller, la que representa la defensa de la fe  sin considerar imprescindible la observancia incesante del pueblo -como la asistencia semanal a la iglesia, entre otros-.

¿Qué ocurrió sin embargo en Salem, Massachussets, a finales del XVII como para haber dejado tal borrón en la historia? La represión en Nueva Inglaterra alcanzó un grado tal que la intención de establecer un orden social basado en las costumbres religiosas se había distorsionado. Esta nueva comunidad, además de su visión teocéntrica del mundo, basaba su actividad en una repartición de los bienes terrenales entre los miembros de dicho colectivo con el fin de prosperar en grupo. Esta actitud grupal se fue viendo eclipsada por los sentimientos individualistas que tanto caracterizan al pueblo norteamericano, de tal forma que la caza de brujas se convirtió en una manifestación del pánico que se apoderó de las clases sociales  cuando la balanza se inclinó un poco más a favor de la libertad individual, en lugar de la colectiva que defendían los puritanos. En definitiva, llegó un momento en que la represión que pretendía preservar el orden social en Nueva Inglaterra era más consistente de lo que era razonable a la vista de los peligros reales que justificaban el establecimiento de esta nueva orden. El resultado fue un corredero de sangre, una autodestrucción constante del pueblo y una incesante marea de acusaciones entre unos y otros, aprovechando la borrachera del fanatismo religioso. Que realmente se practicase o no brujería es una incógnita, aunque hay que reconocer que el culto a Satán, así como la praxis de magia negra, es tan antigua como la existencia de Dios mismo.

Aun así, la intención de Miller en Las brujas de Salem no es únicamente exponer la historia de las colonias inglesas en el Nuevo Mundo, sino que a través de estos acontecimientos denuncia la caza de brujas en la que él mismo se vio envuelto; la caza anticomunista de la Guerra Fría. La condena por parte del HUAC (Comité de Actividades Antiestadounidenses), e incluso a veces por mera sospecha, era suficiente para acabar con carreras muy sólidas en el mundo del espectáculo. Sus investigaciones no buscaban sólo una declaración de culpabilidad, ya que supuestamente el sospechoso ya era culpable por el hecho de tener que comparecer ante el comité. Como ocurrió en Salem con las presuntas brujas, muchos implicados en esta cacería se veían obligados a confesar una mentira o, al menos, una simpatía pasada con la ideología comunista. El resultado no fue otro que el de cientos de encarcelamientos, millares de emigraciones y una oleada de autocensura por parte de los autores para no verse implicados en esta persecución política.

Aprovechando la obra dramática del dramaturgo norteamericano, así como sus intenciones de demanda social y política, podemos decir que hemos recibido una herencia de la caza de brujas. Nuestra generación se ha convertido irremediablemente en las Putas de Salem. A efectos prácticos, podríamos decir que pagamos para que nos persigan. En la actualidad, son incontables los jóvenes –y no tan jóvenes- que se sienten más perseguidos que protegidos en presencia de cualquier tipo de autoridad que, supuestamente, está destinada para la protección de derechos y libertades del ciudadano. Estamos en constante huida, nos persiguen por escupir en la calle, por abrir una lata de cerveza e incluso por exteriorizar demasiado en alto la felicidad típica de la edad. En lugar de presuponer la inocencia de los acusados, se nos considera culpables hasta que demostremos lo contrario. ¿Nos hemos vuelto locos? Vivimos en una caza constante. La escena de una única persona discutiendo con cinco secretas sobre si una botella está vacía o abierta se ha hecho común hasta rabiar. Una caza de brujas se caracteriza por la histeria que suele llevar a situaciones extremas de intolerancia, y vivimos envueltos en una de ellas. Pero ya no se trata de estar en busca y captura por prácticas de hechicería ni de ideologías políticas, sino por el simple hecho de existir. No somos las brujas, somos sus herederas, las Putas de Salem, porque seguimos cabizbajos ante la caza de personas que se toman la molestia de respirar.